TATIANA, UNA METÁFORA ADOLESCENTE
[ Julio Doello | 17/7/2008 ]
Tatiana era una morena veleidosa y ávida. Yo cursaba el quinto año del bachillerato y me gané pocas admiraciones y muchos odios el día en que cedió a mis intentos por horizontalizarla. Yo era un trigueño popular que cantaba en el coro, tenía mi columna en La Voz del Histórico, el diario del Colegio Justo José de Urquiza de Concepción del Uruguay, y era el primer actor del grupo de teatro, lo que implicaba algunos méritos que justificaban mi conquista. Pero Edgard Mayer, el rubio apolíneo que era capitán del equipo de atletismo, me privilegió con una rivalidad explícita, que no se preocupó por disimular, y se lanzó a seducir a Tatiana. La seguía despacito con su Jeep desvencijado, a la salida, mientras ella flotaba sobre las veredas desparejas. Él se bajaba en alguna esquina -bombacha bataraza, boina vasca y pañuelito al cuello- y le regalaba un ramo de flores, con cierta torpeza, con sus cachetes de gringo encendidos por el rubor. Cometí un error. Inicié una campaña de desprestigio en contra de El Edgard: lo acusé de iletrado, de niño bien hijo de chacarero próspero, y le envié la invitación a una pelea que dirimiera liderazgos. Tatiana, que tenía una historia cargada de violencia, me increpó diciéndome que no hacía falta semejante alarde, que ella me amaba y confiaba en mí, que solamente me dedicara a atenderla y me olvidara del Edgard, que ella nunca se enamoraría de un tipo que pertenecía a una familia privilegiada con una historia matizada de oscuridades. Es que Tatiana era miembro de una familia castigada por los desencuentros que siempre deambuló en busca de un poco de verdadero amor. Pero no cedí. Tenía detrás de mí a un grupo que me decía “Campeón” y me instigaba a subir al ring para que, de una vez por todas, nosotros, los de la última fila de las aulas, obtuviéramos el reconocimiento que nos era negado. Tatiana no dejó de llorar durante todo el tiempo en que subrepticiamente se publicitó la contienda, y me dijo que ella no presenciaría el combate, que se quedaría en su casa, esperando un resultado que, en cualquier caso, le sería infausto. Las diferencias entre los alumnos de mi colegio se dirimían civilizadamente. Uno hablaba con los tres profesores de gimnasia, les planteaba las diferencias irreconciliables que enfrentaban a los ocasionales contendientes y ellos instrumentaban el día y la hora en los cuales, bajo ciertas reglas, podrían satisfacerse. Se usaban guantes de doce onzas y protectores bucales para amortiguar al máximo el efecto de los golpes. La pelea callejera era cosa de gente poco honorable. La fecha de la contienda quedó firme. Mientras tanto, de un lado y del otro recibíamos aliento. Pero mis seguidores instrumentaban agresivas consignas, mientras que El Edgard levantaba las manos y pedía calma cuando los suyos intentaban un agravio. Tatiana no resistió la tentación y estuvo allí. Nos vio enfrentarnos ferozmente. Vio como la cara del Edgard se volvía morada por mis golpes, como trastabillaba a cada directo a la mandíbula que le propinaba y como se levantaba de puro orgullo. Al final del último round, en el ring improvisado del Campo de Deportes, los dos levantamos las manos. Yo apenas tenía unos magullones que desaparecerían con un poco de hielo y El Edgard sonreía con su cara trasformada en un guiñapo rojo, enmarcado por los rayos de su pelo dorado. Dos de los profesores de gimnasia que oficiaban de jueces dieron empate y el tercero, el profesor Perinoti, un tipo gris de ojos neutros, en el que yo confiaba, incomprensiblemente falló a favor del Edgard. Pero lo que más me dolió fueron las lágrimas de Tatiana y sus ojos que me miraban con ferocidad, mientras con una toalla trataba de contener la sangre que manaba de las cejas de mi enemigo. Desde entonces, entendí que con la sola superioridad física para vapulear el enemigo no alcanzaba para obtener el amor de una mujer. Para colmo, El Edgard, al final de la contienda, con sus dientes coloreados por la sangre, me tendió una mano, que no recuerdo si estreché. Cuando terminó el año, Tatiana se había enamorado de un tipo de anteojitos que hablaba de paz y de igualdad y nunca más supe de ella. El 17 de julio a las 4 y media de la madrugada, mientras en el Senado de la Nación se votaba en contra de la Resolución 125, me acordé de Tatiana. Sentí nostalgia y vergüenza de no haber sido capaz de un rapto de inteligencia que me ayudara a conservar su amor.