KUNG FU PANDO O LA TRAICIÓN NECESARIA
[ Julio Doello | 8/8/2008 ]
Lo más peligroso de las guerras civiles liberadas en la clandestinidad y por odio ideológico es que uno termina pareciéndose inevitablemente a su enemigo. Cuando las contiendas son abiertas y entre tropas regulares, como la de Malvinas, es probable que, acallado el fuego del combate, los soldados sobrevivientes de uno y otro bando terminen intercambiando souvenirs y se reconozcan mutuamente el valor y la destreza demostrada en el campo de batalla. Algunos de ellos intercambian correspondencia durante largos años y terminan hermanados por un sentimiento parecido a la amistad. Sobran ejemplos. En la guerra civil, en cambio, los odios persisten por generaciones y salpican el futuro durante un largo período. Es así que Hebe de Bonafini sostiene que cualquier uniformado es sospechoso de torturas, festeja el atentado terrorista del 11 S y pide públicamente represión y cárcel contra los chacareros que resistieron en las rutas la resolución 125, a quienes acusa además de golpistas y de ser cómplices de la desaparición y muerte de numerosos militantes políticos en los setenta. Ayer pudimos observar el fenómeno inverso. En el juicio llevado a cabo contra represores de Corrientes, su émula del bando contrario, Cecilia Pando, quien está convencida de que los militares asesinos del Proceso procedieron limpiamente y que los secuestros, torturas y desapariciones en las mazmorras clandestinas del régimen, y el secuestro de niños, son solo una campaña urdida por los sobrevivientes quienes, ahora encaramados en el poder, desarrollan un plan sistemático de venganza. Asimismo, cree que todos los desaparecidos eran peligrosos terroristas que amenazaban nuestro modo de vida occidental y cristiano blandiendo la mítica bandera roja del comunismo internacional. Es así que ayer, durante el juicio, acusó de cobardes a los jueces y llevándose la mano al cuello prometió ocuparse personalmente, a su tiempo, de Luis Duhalde, nuestro Robespierre kirchnerista, quien a cargo de la Secretaría de Derechos Humanos se dedica a rastrear y capturar a octogenarios verdugos, para guillotinarlos simbólicamente. Esta dialéctica destructiva se desarrolla sin tener en cuenta para nada la opinión ni el interés real de la sociedad, manifestados sobre todo durante el último conflicto político que el gobierno de Kirchner mantuvo con el campo, que dejó a las claras que el inconsciente colectivo aspira a desarrollar un futuro sin crispaciones, que garantice una onda larga de prosperidad y crecimiento, en la que ya nadie discute la necesidad de una equitativa redistribución de la riqueza dentro de un orden republicano y democrático y la vigencia plena de los derechos humanos fundamentales. Decía José Ingenieros, que quien vive mirando hacia el pasado termina asfixiándose entre sus escombros. Allende del mar, nuestra Madre Patria, después de una guerra civil que dejó una secuela de un millón de muertos y cuarenta años de despotismo franquista, neutralizó de otra manera el arsenal de odios que había sedimentado en el corazón de los españoles. El estadista es el que sobrelleva el peso de la historia, pero a su vez manifiesta en sus actos una audaz autonomía para trasmitir un mensaje renovador y original, con el propósito de insertar el país que gobierna en la tensión del presente, avizorando el porvenir y aun contradiciendo al pasado. Educado en las rígidas ideas del caudillo muerto, quien buscaba perpetuarse a través de él, Juan Carlos de Borbón se erigió en el mentor indiscutido de la democracia española. Apenas asumido, se sacudió los rencores históricos que le había inoculado la educación autoritaria y construyó la legitimidad democrática. Contó para ello con la complicidad invalorable de otro maestro de la negación: el socialista Felipe González. Este abogado sevillano, Jefe del PSOE, cuyo nombre de guerra durante la resistencia antifranquista era “Comandante Isidoro”, ubicado en las antípodas del pensamiento del Rey, logró imponer a su partido el abandono del dogma marxista y, lo que es más increíble aún, consiguió que aceptaran la monarquía. Mientras tanto Juan Carlos conseguía el milagro de que los monárquicos franquistas se acogieran bajo la bandera de la democracia. Estos dos hombres estaban unidos por una sola idea en común: la voluntad de aniquilar la inercia de España, insertarla en los nuevos vientos que soplaban en Europa y crear una democracia pacífica. Para llevar a cabo este cambio tuvieron que neutralizar los esfuerzos vindicativos de uno y otro bando. En este proceso que ha hecho que España sea hoy un país desarrollado, cuando en el 1974 nos dábamos codazos en la fila del atraso, ninguno de los dos bandos cedieron protagonismo a las Bonafini ni a las Pando. Es que Juan Carlos y Felipe son dos traidores al servicio de la misma causa: transformar a España en una Nación de primer orden, dejando atrás las categorías y los enconos del pasado. ¿Corresponde hacer con ellos lo que un sector hace hoy con el torturado Cobos y acusarlo de traidores? ¿Quiénes son estos tipos, Judas o patriotas? ¿Puede considerarse patriótica y democrática la actitud de un gobernante que permanezca sordo al mensaje que le envía una sociedad vulgar y pasatista que solo mide las cosas por lo que ve y lo que sucede sin atender a las consignas ideológicas fosilizadas de minorías enfrentadas por su dogmática historia personal? El Rey Juan Carlos y Felipe González creyeron que lo mejor para España era prescindirse a sí mismos y escuchar el clamor silencioso de una Nación que quería honrar la sangre de los caídos pero dejando atrás las discordias que les quitaron la vida. Kung Fu Pando y Hebe de Bonafini deben ser traicionadas por una nueva generación que las honre con un anonimato que permita que nuevos estadistas, libres de las ataduras del pasado, hagan que de una vez por todas la Argentina aparezca ante el mundo con una túnica nueva, sin los andrajos sanguinolentos con los cuales desfila en la pasarela de la posmodernidad.