LA CULTURA FORREST GUMP
[ Julio Doello | 5/9/2008 ]
La Argentina permite liderazgos políticos súbitos. Un chacarero desdentado que se levanta contra el poder, en medio de una reyerta doméstica por una cuestión de impuestos, y nos habla con palabras cargadas de simpleza, se transforma en un fenómeno que consigue conmocionarnos a tal grado que terminamos pidiéndole autógrafos en cualquier esquina, para guardar constancia de un relámpago de honestidad en medio de un cielo político ensombrecido por la prepotencia, la improvisación y la mediocridad. Algunos pretenden medrar con su conmovedora imagen, lo hacen llorar en cámaras, le implantan una teleconferencia con su añosa madre campesina que habita en algún lugar lejano de Entre Ríos y lo tientan para que ocupe algún cargo político. Es que las encuestas dicen que “mide bien” y no es cosa de andar desaprovechando oportunidades para colgarse de su imagen y caranchear en el versátil favor popular.

Del mismo modo, un mendocino grisáceo, de oscura trayectoria, que en la elección del 2003 terminó en su provincia bastante atrás de Adolfo Rodríguez Saa, desempata una votación en el Senado de la Nación, satisfaciendo a las mayorías, y de pronto se transforma en candidato a Presidente. En las largas maratones que realiza, al estilo Forrest Gump, la gente lo saluda desde el costado de los caminos, aunque él diga poco.

Asusta todo esto. La administración del Estado es una tarea que en los países serios no se confía al que ”mide mejor” en las encuestas sino a aquél que ha demostrado a través de largos estudios, una límpida trayectoria y una probada solvencia intelectual, capacidades que le dan sustancia a sus pretensiones. En una palabra, al que tiene con qué. En Inglaterra, a nadie se le ocurriría ofrecerle a Amy Winhouse, dueña de un talento vocal considerable y movilizadora de fanatismos que mueven multitudes la Secretaria de Lucha contra el Alcoholismo y la Drogadicción, porque “mide bien” en las encuestas. Aquí somos capaces de utilizar a un atribulado Palito Ortega, subirlo a una camioneta descapotable y, al son de “La Felicidad”, entronizarlo en la gobernación de un Tucumán obnubilado por el misterioso encanto que les despertaba un militar asesino.

Forrest Gump, un personaje adorable, naturalmente solidario y valiente, que cuenta con un cociente intelectual subnormal, nos relata, a través de una memorable película que interpreta Tom Hanks, su relación con grandes figuras del siglo veinte y participa por casualidad de acontecimientos históricos trascendentales sin tener muy en claro la significancia de su protagonismo. Por supuesto que ni siquiera en la ficción el autor del libro lo termina postulando para candidato a Presidente de los Estados Unidos. Ningún americano se atrevería a tanto.

En la Argentina es tal el hartazgo por las tropelías de los políticos “de carrera” que corremos el serio peligro de caer en la cultura Forrest Gump, nominando para la conducción del país a seres sin preparación pero conmovedores, lo que inevitablemente nos conducirá a nuevas frustraciones. Siendo productores casi inimitables de personajes carismáticos en diferentes áreas, es bueno plantearnos, de una vez por todas, que a veces a algunos argentinos natura les da en abundancia pero Salamanca sigue sin prestarles siquiera un atisbo de sabiduría sólida.