NEOBESTSELLERISMO
[ Marcelo Gioffré | 20/5/2009 ]

En los años 80 se sabía cuál era la frontera del best seller: cuando uno leía a Frederick Forsyth (Chacal, Odessa o Los perros de la guerra), por nombrar a uno de los más emblemáticos, buscaba un entretenimiento. Se solía emplear el verbo “atrapar” para indicar el cometido que el escritor debía cumplir respecto del lector, como si la literatura fuera una cacería policial. La fórmula consistía en un uso meramente instrumental del lenguaje y un modelo narrativo nítido (con ingredientes de sexo, negocios sucios, suspenso y, sobre todo, mucha acción). Quien acudía al best seller lo hacía a sabiendas de que había otro tipo de literatura, la profunda, que iba de Dostoievsky a Borges, o de Kafka a Julio Cortázar.

Ese best seller clásico sigue existiendo; basta pensar en John Grisham (el inventor del detective-abogado). Pero para eludir la mala fama de la que gozan estos productos y colonizar un sector del mercado más exigente, más snob, el mundo editorial ha ideado un nuevo formato: el “best seller culto”. Y las comillas resultan necesarias para insinuar que no se trata sino de una variante del tradicional best seller bajo una estética engañosamente seria. Los herederos suelen ser malos administradores de las empresas que reciben: el libro que inauguró esta peripecia fue El nombre de la rosa, una obra excepcional que inesperadamente resultó muy vendida e indujo a muchas editoriales a pensar que se podía intentar el oxímoron de hacer bestsellerismo serio. Haruki Murakami, Paul Auster, Federico Andahazi o Carlos Ruiz Zafón son hijos putativos del genial Umberto Eco, claro que sin su talento.

Producen libros con pretensiones artísticas que resultan tranquilizadores, tanto para el autor como para el lector: el primero se siente un auténtico intelectual y el segundo los “consume” con la ilusoria esperanza de estar incorporándose al mundo de la cultura. Se mantienen la relación deserotizada con el lenguaje y el suspense, aunque las temáticas no son tan oportunistas; se centran en cuestiones humanas sencillas e interesantes para cualquier persona con una instrucción estándar. No hay grandes requerimientos de concentración ni de esfuerzo. Son complacientes, no retacean la información, no recurren a la metáfora, pueden leerse a gran velocidad y no tienen mayor compromiso ni con su tiempo ni con su lugar.

Estos libros, al estar destinados a un mayor público, se venden en gran escala. Al fin y al cabo, las editoriales son empresas cuyo objetivo es ganar dinero, de modo que nada malo parecería haber en esta situación. Sin embargo, el primer problema que presentan es que obturan, por su condición engañosa, el acceso a obras de mayor espesor intelectual, pues quien los lee cree estar enriqueciendo su espíritu, cuando apenas está recibiendo un placebo. La necesidad de autoengaño del propio lector perezoso también es satisfecha.

El segundo problema es que tradicionalmente las firmas editoriales empleaban parte del dinero que ganaban con los best sellers para alentar y promover jóvenes que hacían literatura, a los que incorporaban a sus catálogos. Eran migajas generosas que caían. Con el tiempo, se descubría que uno de esos jóvenes era, por ejemplo, Manuel Puig o Roberto Bolaño. Como esa solidaridad ha sido clausurada, empiezan a sonar ciertas alarmas. La literatura se desliza a una zona inquietante que Damián Tabarovsky ha llamado “populismo de mercado”. Reina una nueva ignorancia, una suerte de coartada nacida del ensamble del libro como suero inofensivo, el libro disfrazado de texto, y muchos lectores que pueden alardear, infatuarse de su condición, sin advertir que no han hecho otra cosa que consumir un producto tan tranquilizador como un caramelo de mentol. Mientras tanto, la gran literatura va replegándose, ceñida a una circulación áulica, casi supersticiosa