HOY ME DESPIDO DE TODOS
[ Marcelo Gioffré | 15/8/2009 ]

Después de siete años cesa la emisión del programa radial El Ágora. La idea de ágora es básicamente la de un espacio público con cierta disponibilidad para dialogar, intercambiar pareceres y enriquecer, en la combustión dialéctica, en esa indispensable porosidad que debe ofrecer quien decide escuchar y reclama ser escuchado, el acervo de saberes y criterios que una comunidad debe tener a mano para encarar su destino conjunto. Toda sociedad abierta y democrática debe contar con ese reducto, simbólico y a la vez concreto, apto para polemizar y mejorar el stock de herramientas con las que se encaran las problemáticas. El programa nació justamente en 2003 porque el kirchnerismo clausuró ese espacio en tanto público. Mi idea fue privatizar ese diálogo.

Quien cree que la verdad es objetiva, y que además es el poseedor monopólico de la misma, no se rebaja a matizar su cosmovisión, pues tales incorporaciones provenientes del afuera, ajenas, exógenas, excéntricas, no harían sino ensuciar y privar de calidad a su status quimicamente puro. Corta a cuchillo la realidad, con maniqueismo, como un patovica moral, se blinda, se ensimisma, y alega presuntuosamente su superioridad para colgar el sayo de fascista a todo aquél que se aparte de sus ideas.

Al cuento de hadas, según el cual el gobierno estaba en manos de elegidos sin mácula ni posibilidad de error, debió oponerse necesariamente un cuento de hados, es decir un coro de voces disímiles, contradictorias y hasta absurdas en algún caso, que interpelaban, corregían o incluso homologaban la noción brutal del monopolio moral, voces que en definitiva reivindicaban la posibilidad de abrir el juego, de posibilitar una búsqueda más complejizada de la verdad. La sociedad no quedó totalmente anestesiada frente al chantaje, sino que se mantuvo alerta, expectante, durmiendo el sueño de la nodriza. Y este fenómeno se plasmó en El Ágora: las distintas voces eran escuchadas con respeto y tenían una chance significativa de resonar, aunque en sordina, pues los canales en modo alguno eran masivos y su visibilidad siempre fue limitada: radios de frecuencia modulada con alcance local.

Así nació nuestra ágora en 2003, como un programa casi de culto, en cuyo seno repicaban las polémicas que el Régimen desdeñaba y satanizaba en su borrachera decisionista. La experiencia pasó por distintas etapas, una primera en FM La Isla, donde permaneció durante dos años, con un público que, en aquél entonces, estaba bastante a favor de Kirchner (una suerte de izquierda caviar). Una segunda etapa en FM Identidad, una radio nueva, que se abría espacio dificultosamente, con un público muy magro pero creciente, período que fue bruscamente interrumpido por un cambio del dial que prácticamente canceló la posibilidad de ser escuchados. Una tercera etapa en la misma radio, pero signada por el cambio de frecuencia (ya que los Kirchner entregaron la frecuencia anterior al conductor y empresario Mario Pergolini, por entonces claramente embanderado con el gobierno), con largos meses en que mis únicos oyentes seguros eran el operador, el productor y un señor llamado Jorge, del barrio de Urquiza, que gustaba presentarse como “El carpintero”, cuya terca fidelidad cesó juntamente con el comienzo de la cuarta etapa. Durante largos meses trabajé con la terrible tristeza de saber que nadie me escuchaba, pero con la alegría de pensar que estaba construyendo algo para el futuro. Finalmente ese cuarto período, entre los años 2007 y 2009, estuvo marcado por un crecimiento exponencial del público.

Al cabo de siete años, sábado a sábado, creo haber cumplido mi cometido de ayudar a la democracia, a la república y sobre todo a la cultura. Creo haber colaborado a abrir una brecha donde el kirchnerismo pretendía sellar con silencio el Régimen Único, como quien fija la tapa de un sepulcro. Obstinadamente me opuse a esa iniquidad. Fue el sueño de la nodriza, ayudamos con nuestra vigilia a hacer sonar alarmas. Hicimos que muchos permanecieran con las antenas alertas. ¿Cuántos de esos votantes urbanos que dieron la espalda en 2008 en las calles y en 2009 en las urnas a los métodos crecientemente autoritarios del kirchnerismo eran nuestros oyentes? Quizás no lo sepamos jamás. Lo barruntamos, no sin cierto gozo interior. El 28 de junio pasado –¡hace sólo dos meses!- la radio me honró con la conducción del horario central del programa especial sobre las elecciones, junto a connotados periodistas, dando la pauta de que consideraban que mi labor periodística era crucial en el esquema de la emisora.

En cuanto al programa en sí, quizás fracasé en mi intento de lograr que muchas personas que adhieren al liberalismo político y económico declinen de su conservadurismo y añadan componentes progresistas a su cosmovisión: defensa de los derechos humanos, reconocimiento a las minorías, sensibilidad para captar el arte contemporáneo y las vanguardias. Alenté tenazmente esa búsqueda de un ensamble sinfónico, sin demasiado eco.

La emisora FM Identidad, que en su hora fue una trinchera de resistencia, un lugar de culto, en el último mes, de modo súbito e inesperado, se ha convertido en un lugar incómodo. ¿Tiene sentido impugnar la intolerancia desde un lugar donde no contestan los teléfonos ni los mails, obstruyen la labor periodística, donde prevalece la hostilidad, la aspereza y el mal gusto? No siento suficiente libertad, ni mucho menos comodidad. Yo no acepto restricciones a la labor y ese es mi mayor capital simbólico: ustedes lo saben. Mi nombre no lo tira nadie a los perros. Los mosquitos mueren aplaudidos; yo, no.

Continuaré con este sitio web, en el cual incrementaré mis intervenciones a fin de que puedan conocer mis opiniones sobre la realidad, con mis artículos en distintos medios gráficos, con mis libros y, quizás, en un futuro no tan lejano, con un programa en otra radio en la cual encuentre condiciones adecuadas de libertad de expresión. Un abrazo a todos y mi eterna gratitud por haberme seguido con tanto entusiasmo.