TURNOS GENERACIONALES*
[ Marcelo Gioffré | 29/8/2009 ]
En momentos en que reinan el desconcierto y la perplejidad, es prudente dar cuenta de la política en toda su complejidad. Cuando algunos políticos compararon a Kirchner con Nicolae Ceausescu, Josef Stalin o Vladimir Putin encendieron una alarma, pero ¿hasta qué punto no alentaron la confusión y el simplismo?
El 15 de julio último, a las 8.30, Natalia Estemirova salía de su casa en Grozny, la capital de Chechenia, cuando fue interceptada por un grupo de sicarios que la obligó a subir a un Lada blanco. Ocho horas después, apareció muerta con tres disparos en el pecho, un tiro de gracia en la cabeza y marcas de haber sido golpeada. Natalia, profesora de historia y periodista, mitad rusa y mitad chechena, era una enemiga declarada del presidente Ramzan Kadyrov, nombrado por Vladimir Putin.
Ella trabajaba en el grupo Memorial, originalmente diseñado para investigar los crímenes del estalinismo y que en nuestros días trabaja sobre los abusos perpetrados en los Urales.
Memorial venía denunciando y documentando cientos de secuestros, casos de tortura y asesinatos ejecutados por fuerzas parapoliciales. Cinco meses atrás, el abogado Stanislav Markelov había sido asesinado en el centro de Moscú por hurgar en los crímenes de Estado chechenos. El 7 de octubre de 2006, por motivos análogos, había sido ultimada, en el ascensor del edificio donde tenía su domicilio, en Moscú, la famosa periodista Anna Politkóvskaya. Alexander Litvinenko fue un ex espía ruso envenenado con polonio 210 por sus críticas al gobierno de Putin y mientras estaba abocado a investigar, justamente, el asesinato de Politkóvskaya.
A nadie escapa que la ruptura del contrato de la AFA con una empresa privada fue parte de la batalla que el kirchnerismo libra con el Grupo Clarín, al que intenta despedazar como venganza por no haberse domesticado según el cartabón gubernamental. Sabido es que el manejo discriminatorio de la publicidad oficial y la espantosa situación de parasitismo a la que algunos medios se someten son moneda corriente. El mismo uso de los medios del Estado como si fueran partidarios es otro rasgo de degradación. La persecución a periodistas como Nelson Castro no es un tema menor. Pero nada de toda esta usura moral es comparable con los crímenes contra periodistas opositores. No quiero decir que la posibilidad de matar no esté inscripta en el ADN de todo autoritarismo, pero la forma de combatir ese inquietante futuro no es diciendo que ya llegó, sino advirtiendo sobre los peligros de que irrumpa. La modernidad tardía nos pone frente a un asombro: la obsolescencia del porvenir. Es la paradoja de un "futuro-pasado", al decir de Reinhart Koselleck, que cabe exorcizar, pero nombrándolo como posibilidad y no como presente.
Albert Hirschman desarrolló para la Alemania Oriental que tan bien se describe en el film La vida de los otros una teoría según la cual, en las estructuras regidas por el totalitarismo, los sujetos optan entre la lealtad, la oposición y el éxodo. El escritor cubano Rafael Rojas extrapola la tesis al caso de los intelectuales cubanos y señala que hubo algunos que obedecieron (como Alejo Carpentier, Nicolás Guillén y José Antonio Portuondo), otros que intentaron articular una voz crítica y terminaron exiliándose (como Guillermo Cabrera Infante, Severo Sarduy, Heberto Padilla y Reinaldo Arenas) y, por fin, los que optaron por la salida y el éxodo desde un principio (como Jorge Mañach y Lydia Cabrera). Al preguntarnos sobre el comportamiento de nuestros intelectuales domésticos durante el kirchnerismo encontramos también casos de lealtad (Horacio González, Orlando Barone y Horacio Verbitsky), casos de voces claramente opositoras (Marcos Aguinis y Silvio Maresca) y casos de voces que fueron produciendo una torsión del apoyo matizado a la crítica cada vez más severa (como Beatriz Sarlo, Martín Caparrós y Julio Bárbaro). Lo que no ha habido, tampoco en este caso, es éxodo. No ha habido exilios forzados. Estos dos ejemplos probarían que no estamos en presencia, hasta ahora, de un régimen totalitario (como insinúan los comentaristas más enconados), sino de un régimen con algunos rasgos de autoritarismo.
Quienes se criaron políticamente en los años 70 (más allá de haber sido combatientes o de no haberlo sido) tienen una cosmovisión castrense de la vida: matar o morir, amigo o enemigo. Para ellos, la política es lucha, arrodillar al otro. Ignoran la noción de compartir o alternarse en el poder. Todo debe ser épico, nada puede ser matizado u opaco.
En el documental Gaviotas blindadas , uno puede ver cómo la estructura psicológica y discursiva de un setentista es, básicamente, bélica, ya sea el individuo de izquierda o de derecha, ya sea simpatizante del ERP o del gobierno de facto. Vladimir Putin fue agente de la KGB; Fidel Castro, un comandante, y Hugo Chávez, un soldado profesional.
Por simple cronología biológica, esta década fue su turno. Afortunadamente, la Argentina cuenta con una clase media poderosa y sensible a los desvíos autoritarios, que atisbó el peligro y los frenó en seco, en las calles en 2008 y en las urnas en 2009. Vislumbrar un orden poskirchnerista para la Argentina no es del todo profético. Hoy se debaten los volúmenes de representación, los liderazgos, y mientras esas polémicas van decantando, un punto está claro: la próxima década gobernará una generación que no está contaminada por el sobrepeso de un pasado lleno de querellas homéricas. Los dispositivos conceptuales de la nueva generación operan a favor del diálogo y no del sectarismo suicida, ya sea porque en 1970 (cuando fue asesinado Pedro Eugenio Aramburu) tenían menos de veinte años o porque ya no vivían en la Argentina en esa época de balazos y odios. El deseado advenimiento no abre perspectivas redentoras ni espectaculares: ¡cuánto mejor! Basta relevar las posibles candidaturas presidenciales para 2011. Probablemente será un turno taciturno: Alexis de Tocqueville supo señalar que la democracia sólida tiene un temperamento melancólico. *Artículo publicado en el diario La Nación el 28/8/2009