LA OLA
[ Marcelo Gioffré | 7/10/2009 ]

¿Es el individualismo mejor que la organización? ¿Permite la libertad hacer aflorar potencias que la uniformidad tiende a reprimir? La masificación, ¿lleva a trastocar el valor de los miembros de una comunidad, ocultando a los talentosos y sobrevalorando a los mediocres?

Estas cruciales preguntas, sobre si se articula mejor una sociedad mediante la unidad de sus miembros, buscando la ayuda coordinada, con vestimentas, movimientos, rictus y disciplinas acordados, o bien mediante la libertad de sus integrantes, que al entrar en competencia se nutren recíprocamente, son las que plantea la película alemana La Ola, que lleva ya varias semanas en cartel.

Alemania sufrió el nazismo entre 1933 y 1945 y después de ese paso por el infierno intenta inmunizarse con distintas metodologías. Una de ellas es el arte. La película propone dos estereotipos: de un lado la anarquía y del otro el autoritarismo. Pero en rigor podríamos decir que lo que está en juego, dado que son los sistemas que tienen posibilidad de éxito electoral en los distintos países, es la dicotomía entre liberalismo y socialismo.

Es curioso cómo algunos espectadores con ideas más bien de izquierda identifican el experimento fascista del profesor con los corporativismos italiano y alemán de entreguerra, evitando aplicar el cartabón a los regímenes comunistas o populistas, como si les costara reconocer que hoy en día son esos los verdaderos peligros de fascismo en el mundo, mucho más que las dictaduras de derecha (Le Pen en Francia nunca llegó a tener expectativas concretas de gobernar).

Lo que el experimento del film permite advertir es que, cuando se exacerba el volkgeist o espíritu de nación, la unidad del cuerpo social, la uniformidad de la masa trabajadora, la solidaridad forzada y el nacionalismo se aplasta la individualidad y se cae irremediablemente en una serie de rasgos autoritarios: el culto de la personalidad hacia el líder, el fanatismo, el odio hacia el otro, la exclusión del que piensa distinto, la importancia excesiva del deporte y el aplazamiento de la cultura, la simplificación en eslóganes, logotipos y saludos marciales y, sobre todo, la alteración de los roles sociales.

Individuos muy voluntariosos pero poco dotados empiezan a sentirse útiles, adquieren un valor desmesurado y llegan a ser capaces de cualquier locura en pos de mantener ese proyecto que los reinventó y le dio un sentido a su vida. El fascismo es el paraíso de los mediocres.

El liberalismo, en cambio, deja espacio para la circulación y la competencia de ideas. Hay aire, movimiento, claroscuros. Es verdad que los menos talentosos pierden en ese juego, pero esa selección es menos peligrosa que equipar de cierto poder a individuos mediocres. La película llega incluso a demostrar que la solidaridad es más eficiente en sistemas liberales, donde a priori reina el egoísmo, que en sistemas colectivizados u organizados centralmente, donde prevalece la uniformidad de laboratorio.

Otra película de hace unos años, Ensayo de orquesta, de Federico Fellini, exhibe los excesos de la anarquía: cada músico piensa que su instrumento es el mejor y evita toda coordinación, toda orquestación. También termina mal. Karl Popper, ícono del liberalismo, dejó bien en claro el valor de las reglas que articulan una sociedad. La cuestión no es que cualquiera pueda contaminar los ríos, echar humos tóxicos, robar, cortar la ruta o incluso violar las normas de tránsito.

La seguridad jurídica exige reglas generales: entre la anarquía y el autoritarismo está la democracia liberal, que prevalece en gran parte de Europa, en los Estados Unidos, Canadá, Japón y en casi todos los países que progresan. Ni el viva la pepa de Ensayo de Orquesta ni el marcar el paso del experimento de La Ola.

Si recordamos al Kirchner enfurecido que habló de “grupos de tareas”, en medio de la crisis del campo, frente al Congreso, al que se burla de movileros, al que corta la realidad a cuchillo (como suelen hacer los racistas), al que somete a gobernadores e intendentes, al que no hace reuniones de gabinete, al que disciplina a sindicalistas y empresarios, o al que no vacila en desquitarse de un grupo periodístico que no lo acompañó en las últimas elecciones, no podemos no identificarlo con el profesor autoritario y populista de la película La Ola.

Luis D’Elía o Guillermo Moreno podrían fácilmente asimilarse a alguno de los acólitos que estaban encandilados por el profesor y dispuestos a matar o morir por él. La gran moraleja de este film es que estos experimentos se les escapan de las manos a los propios líderes, adquieren una dinámica propia y terminan en grandes fracasos nacionales.

En la Argentina, el 70 % de la población ya advirtió que Kirchner no es confiable ni justo, con lo cual difícilmente pueda avanzar con su proyecto populista-autoritario. Pero lo que está claro es que nuestra sociedad es eventualmente porosa a líderes mesiánicos de este tipo: mantengamos la guardia alta.