MERCENARIOS*
[ Marcelo Gioffré | 28/10/200 ]
El 27 de agosto último, a los 96 años, con su pecho entorchado por sucesivas medallas oficiales, murió Sergei Mikhalkov, poeta cortesano, famoso por sus denuncias contra los escritores disidentes Boris Pasternak y Alexander Solzhenitsyn. Su gran plasticidad le permitió componer tres himnos: en 1944 uno que reemplazaba a “La Internacional”, en el cual puso en pie de igualdad a Stalin y a Lenin; otro en 1970, ignorando a Stalin; y por fin, en 2001, a pedido de Putin, un tercero, bastante anodino y convencional, invocando la grandeza única de Rusia. Cuando leí la noticia, recordé el itinerario de algunos intelectuales orgánicos argentinos cuya inestabilidad no es menos asombrosa. Evoco un caso, cuyo nombre mi piedad silenciará. En los años 70 era peronista en la resistencia y aparecía en una escena épica en “La Hora de los hornos”, el farrogoso y mítico film de Solanas; luego, en los 90, fue funcionario cultural de Menem; en 2003 le hice una entrevista y me dijo: “Kirchner es un duro y viene a renovar la política”, y agregó: “¿Reutemann? Después de las inundaciones, olvidate”; naturalmente, fue funcionario kirchnerista durante un lustro; hace dos meses, conversando con él, recibí esta sorprendente confesión: “Reutemann es un peronismo mucho más amplio y tranquilo que el de los Kirchner”; y, por fin terminó publicando un libro que intenta cierta revisión sobre el fenómeno de los años 70. Ser acomodaticio, ¿es privativo de los poetas o escribas nimios, o se aplica también a grandes hombres? Los casos de Mikhalkov y del contorsionista doméstico permiten exhumar la figura del gran Francisco de Goya. Sirvió a Carlos IV. Cuando Fernando VII logró acceder al trono, luego del motín de Aranjuez, Goya, ya sordo, alucinado y triste, presa de esa agravada viudez que es la muerte de una amante, encaró el retrato del nuevo rey. Y cuando, en enero de 1810, José Bonaparte entró en Madrid hizo los retratos del Rey José I y de otros generales franceses, como Guyé y Querault, y hasta del policía Manuel Romero, el más odiado de los colaboracionistas españoles, y llevó aún más lejos su traición cuando seleccionó cincuenta obras que Napoleón decidió confiscar para su museo. Y no se detuvo allí su sinuoso itinerario, su coherencia en el pliegue político, pues cuando España fue recuperada y Fernando VII volvió al trono, ante la amenaza de ser juzgado, logró recuperar la confianza real y congraciarse pintando los famosos lienzos sobre el 2 y 3 de mayo, en que aludía a la resistencia heroica de los españoles y la actitud sanguinaria de los franceses, aduciendo el improbable recuerdo de hechos de los que habría sido testigo. La excusa que arguyen es siempre parecida y remite a la sutil diferencia entre un desilusionado y un ventajero: alegan que ni bien advierten las pústulas del régimen, se apartan. La explicación de por qué efectúan estas torsiones tan ostensibles es obvia: por interés, por cobardía o porque no saben cómo ganarse la vida de otro modo. El motivo de por qué el poder los usa también es notorio: son ejemplares únicos, útiles, irremplazables en algún sentido. Lo que no queda tan claro es si el público no advierte estos deslizamientos vergonzosos o si los ve y prefiere callar. En la Argentina, hay personajes que resultan una suerte de termómetro: cuando ellos se dan vuelta es una señal de que el poder de turno entró en crisis, del mismo modo que los habitantes de Konigsberg ponían los relojes en hora cuando Kant pasaba delante de sus casas. Es asombrosa la manera en que olfatean, como los perros la sangre, cuando el régimen comienza su ocaso. Ya hay varios de esos cortesanos maleables que le han dado la espalda al kirchnerismo. Si las antenas perceptivas de los invictos camaleones no falla estaríamos en las vísperas de un cambio de paradigma político. Quedará por ver cuántos de ellos logran recargarse, resignificarse, reinventarse bajo los nuevos códigos que prevalecerán la próxima década, y si el público vuelve a aceptarlos bajo el nuevo disfraz.