NÉSTOR INCUMPLE, CRISTINA FLASHEA
[ Julio Doello | 1/11/2009 ]
“Perón cumple, Evita dignifica”: ésta era una proclama del justicialismo de mitad del siglo pasado. Y mal que les pese a quienes odian el “régimen peronista”, este eslogan hallaba sólidos fundamentos en la realidad “real” de esos tiempos en los cuales se había optado de verdad por los pobres. No viene al caso discutir las circunstancias históricas políticas y económicas en que estos hechos sucedieron, ni los psicologismos especulativos que tratan de interpretar la mente de los protagonistas de este fenómeno. La verdad es que en esos tiempos a los pobres, al margen de habérseles concedido la oportunidad de comer y de traspasar los muros pétreos de las escalas sociales establecidas, se les había insuflado una dignidad de clase, que implicaba valores bajo los cuales vivían sus vidas y educaban a sus hijos. “Pobre, pero honrado”, se autodefinía mi tío Alberico, empleado de un frigorífico, mientras revolvía la bombilla en su mate calabaza y dejaba que un estimulante costillar chillara despacio en la parrilla. Sobre la pared colgaba un retrato del General montado en su caballo pinto. Ese “pobre, pero honrado” definía una conducta clara del Estado y del Gobierno: se honraba a los que menos tenían, dándoles oportunidades concretas de superación, haciéndoles sentir que había chance de salir de la situación de pobreza que padecían merced al trabajo digno, que abundaba o se inventaba por doquier, con buenas y malas artes. Se expresaba y se defendía que los “grasitas” y los “descamisados” debían tener oportunidad de dejar de serlo y se mantenía una mano dura contra la delincuencia a la cual no sólo se la combatía sino que se la estigmatizaba socialmente desde el centro mismo del poder. Un buen padre suburbano de entonces sólo le exigía al candidato a desposar a su hija que fuera “trabajador y honrado”. Tener un hijo ladrón o vago ensuciaba de manera irredimible el apellido del orgulloso proletario que elevaba su ranchito ladrillo a ladrillo. Dicen algunos cultores de los mitos populares que Juan Duarte, hermano de Evita, se suicidó a instancias de Perón, quien luego del escándalo de corrupción que envolvió a su cuñado le puso en las manos una pistola con una sola bala, para darle la oportunidad de lavar su honor. Si este mito tuviera bases históricas sólidas, ¿se imagina el lector cuál hubiera sido el destino del funcionario público Emilio Pérsico si hubiera trabajado a las órdenes de Perón al tiempo en que su hijo fue sorprendido con seis plantas de marihuana en una camioneta del Ministerio de Desarrollo Social de la Nación? Si esta Presidenta fashion que nos gobierna cree que merced a los mohines y la impostación, anunciando un subsidio de ciento ochenta pesos por mes por hijo, que se pagará con los fondos que se les manotea a los jubilados, “dignifica” a los pobres y se siente Evita, padece de un grave error conceptual: no entiende el magma esencial del sentimiento peronista. Perón era un cultor del orden, y jamás hubiera avalado que un Luis D’Elía tomara por asalto una comisaría, premiándolo con un cargo público. Evita, quien se metía en medio de una huelga ferroviaria, y sentada sobre un barril increpaba a los huelguistas, prometiéndole soluciones pero dándoles 24 horas para que cesaran en su actitud, so pena de mandarlos correr por los bomberos, no hubiera soportado un solo piquete que irrumpiera vandálicamente en una ruta del país impidiendo el tránsito, cualquiera fuera su signo ideológico. Es que Perón y Evita obtuvieron siempre el apoyo de los más humildes espontáneamente y merced a una lucha lúcida y concreta contra la pobreza, pero jamás los utilizaron. Es por eso que había gente dispuesta a dar sus vidas por ellos, como lo demuestran los camiones cargados de obreros que fueron masacrados por las bombas de los golpistas de entonces, porque no estaban defendiendo prebendas, sino la dignidad como personas que les había otorgado el “régimen”. Por eso hubo mártires de la Resistencia Peronista masacrados por la Revolución Libertadora. ¿Algún desprevenido imagina acaso una “resistencia kirchnerista” si el gobierno cayera? Mientras el pobre Néstor Kirchner utiliza métodos gallinaceos para asegurarse un nuevo turno en el poder, amordazando a la prensa con una ley sacada entre gallos y media noche, Perón leía a Virgilio y dejaba como legado histórico una conferencia luego transformada en libro que se llamó “La comunidad organizada”. Perón era consciente de su finitud, tenía preocupaciones intelectuales y sentía un compromiso real con la posteridad. Néstor es un usurero rapaz y sagaz que hace gala de una playitud cultural escalofriante y sólo aspira a un retiro plácido alejado de las largas garras de la justicia. Mientras se siga con la idea de la desocupación subsidiada, se facilite la distribución de droga barata en las ominosas villas que crecen día a día, se siga favoreciendo legalmente a los delincuentes y estigmatizando por burgueses a las víctimas de los delitos, los argentinos estaremos viviendo los ramalazos de un peronismo virtual pergeñado por los Kirchner. Mientras se siga persiguiendo exclusivamente a los asesinos del Proceso Militar y se premie a los setentistas “idealistas” ya sesentones (muchos de ellos con su propia historia salpicada de sangre) con cargos públicos o protagonismo político, se estará asistiendo a la apropiación abusiva de la bandera justicialista por parte de un gang de poseídos. Bajo los aleros de los edificios, bajo los toldos precarios que arman en las plazas o en la entrada de los teatros abandonados siguen durmiendo los pobres sin esperanza, junto a niños que buscan en las bolsas de pegamento una ilusión de saciedad, porque tienen hambre, no tienen ninguna confianza en su destino y sienten que su vida no vale nada. Imposible imaginar este escenario en 1950, en los tiempos del peronismo de verdad, el del “Perón cumple, Evita dignifica”. Porque ese peronismo le devolvió valor a la vida de los desahuciados, porque “donde había una necesidad, había un derecho” y el tan cuestionado asistencialismo alcanzaba hasta al más marginado de los argentinos. Néstor y Cristina traicionan nuestra genética ideológica cuando se autoproclaman peronistas, mientras se dedican a acumular fortuna y dejan que un grupo de nostálgicos con las sienes plateadas (que coreaban en los setenta “Perón Evita, la patria socialista”) restauren su frustrada adolescencia y obtengan una revancha simbólica.