POSTALES DE JAPON
[ Marcelo Gioffré | 5/11/2009 ]
Siempre he pensado que no se deben sacar conclusiones apresuradas sobre un país, después de una breve estadía. De otro lado, los diarios de los viajeros ingleses que pasaban por el Río de la Plata, y recogían sus impresiones en libros, como el de John Parish Robertson, resultan no sólo espléndidos sino que cobran valor iconográfico por su imparcialidad. En esa tensión me debato al escribir este artículo, con la convicción de que relatar lo que he visto, sin caer en la tentación de formular audaces interpretaciones, puede ser útil. Lo primero que haré notar es que el despacho de los pasajeros, al ingresar a Japón, tarda en promedio la mitad del tiempo que en un país de Europa, y ello sin desmedro de las seguridades migratorias y aduaneras. Es simplemente un mayor orden y un gran entusiasmo en el trabajo. Entregan un documento de ingreso de muy superior calidad al de otros lados, de una cartulina gruesa y con barras para escanear, toman fotografías de los pasajeros y una impresión digital computarizada. Al salir del aeropuerto es muy sencillo obtener un ómnibus cómodo con el cual el pasajero es llevado hasta el hotel mismo, cuesta 35 dólares por persona y funciona con una puntualidad asombrosa. Pero, hablando de asombro, dos son las sorpresas que tuve al iniciar mi visita: manejan con el volante a la derecha (como en Inglaterra, India, Chipre y Malta) y casi no hablan en inglés. Esta segunda constatación fue muy fuerte: el prejuicio con el que se llega es que están occidentalizados y que han asimilado los elementos centrales de la cultura norteamericana. Si bien es cierto que en muchos aspectos eso es así, en materia de idiomas el déficit es clarísimo. Ni siquiera los jóvenes hablan inglés. Ni siquiera las personas que están vinculadas al turismo, como los taxistas o los mozos de los bares o restaurantes. E incluso quienes hablan lo hacen mal. Hasta quienes atienden en los hoteles internacionales y los guías turísticos tienen ciertas dificultades para expresarse. Sobresale el culto por la amabilidad. Pese a la imposibilidad de comunicarse por la barrera idiomática, hacen esfuerzos denodados para ayudar al turista en apuros. Son capaces de trasladarse varias cuadras para indicar un lugar, se ponen a buscar en Internet en sus teléfonos celulares o van convocando a otros circunstantes para sacarlo a uno del apuro. Es evidente que han entendido que la cooperación y la solidaridad no impuesta, voluntaria, paga, da réditos, y cumplen esa premisa a la perfección. Y advierta el lector que no actúan de ese modo ante una solicitud o un reclamo del turista, sino que ellos mismos se comiden a ayudar, basta que vean al turista en apuros, revisando un mapa con cierta perplejidad, o mirando la cartelera de la espesa red de subterráneos (se paga diferente tarifa según sea la estación en la que se baja, pero el promedio es dos dólares) para que se acerquen a preguntar cómo pueden colaborar. Así fue que en un subte me abordó un tokiota que conocía la Argentina, hablaba español y terminó pidiéndome que le mandara sus saludos a Teté Coustarot, a quien dijo que había conocido cuando ella vino a Japón por un concurso de belleza, hace ya muchos años. Ese respeto se advierte también en detalles como evitar el uso del teléfono celular cuando eso puede molestar al prójimo o una gran puntillosidad en las escaleras mecánicas para dejar libre el carril rápido (el derecho) para quienes están más apurados. Ni hablar del respeto por las reglas de tránsito. Aquí los taxis son al extremo caros, la bajada de bandera ronda los nueve dólares y un viaje de media hora sale aproximadamente cincuenta dólares). Un dato curioso es que siempre hacen reverencias, al paso del extranjero ellos de inmediato se inclinan con cierta solemnidad. Cabe decir también que la crisis los tiene un poco atribulados. Quizás por eso acaban de cambiar de partido político en las elecciones de agosto, pues después de cuarenta años de dominio del partido liberal, cuyo líder es Sadakazu Tanigaki, han votado al partido socialdemócrata de Yukio Hatoyama. Japón evidentemente es una prueba interesante de justicia. El distribucionismo, que en nuestros países se usa con fines clientelares, podría ser legítimo en los términos en que lo plantea el socialismo del norte europeo. Sin embargo, es aquí donde se advierte que el tema de la justicia no es tanto el distribucionismo en el presente sino la equidad intertemporal. Lo que Japón hizo durante los últimos cuarenta años fue dar a las generaciones futuras mucho de lo que sembraban en el presente. Un símbolo extremo de ese estoicismo son quizás los hoteles cápsula, lugares en donde se alquila un pequeño nicho claustrofóbico para que el pasajero duerma unas horas, cerca de su trabajo, evitándole largos viajes. El mero distribucionismo en el presente tiende a olvidar que la justicia es también pensar en nuestros hijos, en nuestros nietos e incluso en los nonatos. Dejarles un mundo para que lo construyan de cero es una injusticia, una gula, un egoísmo. Pero, después de la crisis de Lehman Brothers, empieza a notarse que muchos privilegios que fueron adquiriendo con los años, como sueldos altísimos o una jubilación muy temprana, son verdaderas trampas mortales, cadalsos para el futuro. Nacen así signos inquietantes de resquebrajamiento. Ya no pueden exportar sus productos, que han devenido demasiado caros en razón de la incidencia de salarios altos, lo que obliga a las empresas japonesas a desplazar sus plantas industriales a China, con todas las implicancias que ello tiene en términos de pérdida de impuestos, desocupación, falta de futuro para los jóvenes y desequilibrios macroeconómicos, sobre todo fiscales. Pero Japón tiene su Monte Fujy, su Palacio Imperial, sus templos sintoístas, sus pagodas, y Tokyo tiene sus grandes parques, como el que rodea al Palacio imperial, o el Parque Ueno y los árboles de cerezo. Y tienen su gran noche en Ropongi, algo así como el Soho de New York, y el barrio de Guinza, parecido a la 5ª Avenida, y el gran MOT, Museo de Arte Contemporáneo de Tokio, donde se acaba de inaugurar una retrospectiva fabulosa de Rebecca Horn, la gran artista alemana. No hablan inglés, pero imitan a los norteamericanos y cuando Estados Unidos entra en crisis ellos tiemblan. Más que niponizarse los americanos con los productos que le exportaban, se han norteamericanazo los japoneses, aunque sólo hasta cierto punto. Tienen su Blue Note casi idéntico al del Village Vanguard (aunque el espectáculo sale mucho más caro) y su ópera muy parecida a la del Lincoln Center, pero siguen sin hablar inglés y comiendo con los palitos sus sopas de fideos. El nuevo gobierno, aparentemente más de izquierda, deja de lado las privatizaciones, como la prevista del correo, pero trata de organizar las cuentas públicas con más orden, acusando a los liberales de ser dispendiosos. Esto prueba que izquierda y derecha, en un punto, son conceptos caducos. Pese a su sistema topográfico demencial, basado en cuadrículas, que lleva a que sea imposible encontrar un domicilio, Japón, aun asustado, sigue siendo el país de los grandes edificios en Osaka y de las geishas, que dicen que sí pero cobran cuatrocientos dólares por complacer; de los edificios ultramodernos de Foster y Renzo Piano y del repliegue sobre su propio idioma, de su particular sistema de pesca, que drena la sangre de los peces antes de que mueran, que se consolida y tiembla en sus propias tradiciones. Es una forma de vida, una forma de ser. Quizás no sea la mejor, pero es una forma.