UN PAÍS AL MARGEN DE LA LEY
[ Marcelo Gioffré | 18/11/200 ]

La inminente renuncia de la cantora Nacha Guevara al cargo de Diputada Nacional se añade a un nutrido grupo de Intendentes, Gobernadores y Vicegobernadores que también adoptaron ese temperamento declinante. En su momento, cuando el tema se planteó ante la justicia, los tribunales habían sostenido, no sin razón, la imposibilidad de expedirse por anticipado, ya que por entonces no podían saber con precisión si esas personas serían elegidas y, en tal caso, qué harían una vez elegidos: si asumirían o no. Es más: llamado el señor Scioli a declarar ante el Juez, manifestó dudas acerca de qué haría.

Claro que la sospecha era nítida, era un secreto a voces que no asumirían, que sólo conformaban un decorado para captar votos de incautos, que sufragarían imantados por nombres convocantes como el de Scioli o Nacha, desconociendo que era una trampa. Les ofrecían descaradamente espejitos de colores. Ahora la sospecha se ha convertido en una certeza. Renuncian en cadena. Han perpetrado un gran engaño al electorado. ¿Hay alguna penalidad por ello? Quizás algún especialista podría rumiar sobre esa posibilidad. Lo que es claro es que es una burla a la democracia y que debería abrirse algún dispositivo que impida a esas personas volver a postularse, del mismo modo que se inhabilita a un funcionario incumplidor o no se atiende a quien tiene malos antecedentes. Una cosa es renunciar y otra distinta es renunciar antes de asumir en el contexto de un plantel de mentirosos organizados específicamente para perpetrar una masiva defraudación en banda.

Cuando Carlos Santiago Nino escribió, hace ya dos décadas, el libro "Un país al margen de la ley" pensó en una serie de irregularidades flagrantes, tales como la rebelión ante los impuestos, la anarquía en el tránsito, los golpes de Estado o las proscripciones electorales. De seguir vivo, estaría asombrado de que su diagnóstico quedó corto y los políticos argentinos se han encargado de perfeccionar esa ilegalidad hasta límites inimaginables. ¿Qué diría si supiera que la mayoría de los postulantes a cargos electivos eran en realidad falsos candidatos, meros mascarones que no asumirían nunca los cargos para los que se presentaban? ¿Qué diría si supiera que los servicios de seguridad del Estado o el Poder Judicial son usados para extorsionar a particulares o para tirar “carpetazos” a opositores, como en los casos de las cuentas de Olivera, la "desaparición" de Gerez o los "llamados" de De Narváez? ¿Qué diría si supiera que los policías son ladrones y algunos ladrones garantizan la seguridad en ciertas zonas que ellos dominan? ¿Qué diría si supiera que ante la imposibilidad de controlar la inflación y la pobreza se falsifican las estadísticas que las reflejan? ¿Qué diría si se enterara de que los empresarios están sujetos al control policial de la Secretaría de Comercio mucho más que a las reglas del mercado? ¿Qué diría si supiera que se manipulan las fechas electorales y se compran votos de los congresales? ¿O que se buscan gambitos conyugales para eludir la cláusula constitucional de la no reelección?

Y lo peor del caso es que todas estas atrocidades son justificadas por los políticos. ¿No se ha dicho acaso que las postulaciones “testimoniales” son una forma legítima de defender “el modelo”, llevando la política al punto más alto de la trivialidad?

Quizás el próximo paso sea la justificación discursiva del latrocinio. Entender que el cumplimiento de la ley no es un formulismo sin importancia, un lujo burgués, un prurito de académicos recalcitrantes, es una forma de despertar de nuestros ensueños dogmáticos y de nuestro fracaso interminable. Las normas están para organizar a la sociedad. Alguna vez en Alemania se discutió si no iba en contra de la dignidad humana que un peatón permaneciera inmóvil frente al semáforo en colorado, pese a observar que no venía ningún automóvil. Es que el punto clave de la ley, del valor fecundo y organizativo de la ley es cumplirla en el momento en que parece absurda, allí está la brújula del quicio institucional: cumplirla cuando no nos gusta, cuando favorece al opositor o aun cuando es inútil. Cuando todo un pueblo decide no someterse a algún sistema normativo lo que está adoptando es un sistema de mafias en tensión. Hacia esa tristeza nos precipitamos sin atenuantes. Urge hacer tronar el don de la indignación.