PÓLVORA FRESCA
[ Julio Doello | 27/11/200 ]

Todos sabemos que los niños asesinos de hoy, los “fieritas” de la gorra ladeada y los tatuajes tumberos son generalmente la tercera o cuarta generación de una familia que desconoce el trabajo como fuente genuina de sus ingresos.

La aplicación del neoliberalismo a la turca de los 90, bajo la bandera pirateada al peronismo, dejó fuera del sistema laboral a innúmeras familias. Por lo tanto ese adolescente delincuente de hoy vio despedir a su abuelo de la fábrica, fue testigo de la desesperación y la caída en la indignidad y quizás en el alcohol de ese hombre que hasta hacía poco tiempo lucía con orgullo su overol limpio, y sólo reconoció en su padre el oficio de changarín ocasional o cartonero. Desde muy niño, tuvo que salir a mendigar o a atropellar autos en los semáforos para limpiarles compulsivamente los parabrisas con la esperanza de obtener una moneda. En el ambiente hostil de la pobreza tuvo que hacerse violento para sobrevivir.

Desde la infaltable televisión, en el rancho de chapas, veía como pasaba el paraíso de los que celebraban la Navidad con manjares esparcidos sobre la mesa, a niños saludables que celebraban Halloween y también las propagandas de zapatillas de última generación capaces de hacer levitar a quien contara con el dinero para comprárselas, y la comprensión de su destino lo sumió primero en la depresión y luego en una rabia sorda que sólo pudo tapar con la primera bolsa de pegamento que se atrevió a aspirar, quizás a los diez años.

Después, cuando pudo obtener de cualquier manera algún dinero probó porros, paco y, cuando la cara y cruz de la fortuna lo favoreció, hasta pudo probar merca. Ya limado por la droga, se hizo toro en su primer robo a un quiosquero que intentó resistirse y al que le propinó un navajazo en la cara para que se acordara para siempre que no había que ser ortiva. Tuvo mala suerte, porque el policía de la cuadra, el mismo que cobraba coima de los tranzas que vendían libremente falopa en el barrio, oyó los gritos del quiosquero, lo alcanzó cuando doblaba la esquina y le pegó una paliza monumental que lo mandó a un hospital. Terminó en una granja abierta en la cual aprovechó el tiempo muerto para tatuarse una espada envuelta por una serpiente en su brazo derecho, prometiendo “muerte a la gorra”, y después se escapó. Ese niño hoy está suelto, sigue cometiendo delitos y está dispuesto a matar. Hasta aquí la tragedia social de muchos delincuentes marginales en la Argentina.

Los políticos mejor intencionados reconocen que hace falta un plan y que los resultados sólo se verán a largo plazo. Lo grave es que muchos de esos políticos abrazaron fervorosamente la causa del “peronismo de mercado” de los noventa y hoy adhieren con el mismo fervor al “peronismo neosetentista” que conduce los destinos del país. Muchos de los rostros que hoy pueblan el universo kirchnerista, incluso el mismo Néstor, apoyaron a Menem e hicieron fortuna durante los años de la pizza con champán.

Mientras tanto, la gente común que aún come y se mantiene dentro de la ley se manifestó ayer en Wilde, indignada por el último asesinato, el de la catequista Renata Toscano. Scioli, en un súbito ataque ruckauafiano ha dicho que el Estado no puede ser tibio ni dubitativo a la hora de reprender la delincuencia y reconoció la ferocidad de los delitos que se cometen y su vínculo con la droga. Inusitadamente, los “fieritas” que miraban la televisión no sufrieron ningún escalofrío cuando escucharon las palabras del gobernador y algunos de ellos hasta se llevaron obscenamente una mano a la bragueta y siguieron aceitando sus armas.

No logro comprender cómo se conjugan estas afirmaciones con las encendidas peroratas a las cuales nos tiene acostumbrados Aníbal Fernández a favor de la despenalización del consumo. De todos modos, en medio de este universo kafkiano que ha logrado construir el kirchnerismo, pirateando una vez más las banderas del peronismo, todos los planes, aun los de la oposición, son de largo plazo para recuperar a esos niños: educación, inclusión social, etc.

El problema es que mi “fierita” está suelto y va a matar, ahora, a corto plazo, quizás en el mismo momento en que borroneo estas líneas.

Panóptico: perfiles criminales en los “fieritas”; una policía que alza los brazos (con algunos sectores corruptos, fuertemente sospechados de alianzas espurias con la delincuencia; y otros sectores honestos, que saben que extraer un arma y dispararle al delincuente puede significarle su procesamiento e inmediata baja); y un gobierno adormecido en las pesadillas de los setenta y ocupado en urdir negociados (zurdismo de mercado).

Sigo esperando a algún político que diga la verdad. Que diga, por ejemplo: “Ciudadano, ‘Fierita’ viene por usted; nadie puede hacer nada. Consiga pólvora fresca”.