ENTRE EL VETO Y LAS CACEROLAS
[ Marcelo Gioffré | 7/12/2009 ]
Se cuenta que en el atareado anochecer del jueves, cuando el diputado y Príncipe consorte Néstor Kirchner advirtió, humillado y ofendido, que la oposición lo tumbaba democráticamente en el Congreso, tuvo la idea súbita y peregrina de lanzar a sus esbirros cadeneros a irrumpir en la sesión preparatoria, de modo de aplazar toda decisión hasta marzo. Algún comedido le sugirió que reflexionara: su mujer paró una reunión importante, atendió el teléfono y abortó la propuesta golpista. En 2003 Néstor Kirchner dio un golpe de Estado contra el Poder Judicial, al empujar al exilio privado a la mayoría menemista de la Corte. En vez de tanques usó una serie de juicios políticos ignominiosos, a los que –valga decirlo- el grueso del público en ese momento apoyó. Tan burdo fue todo ese proceso, tan poco apegado a las reglas jurídicas, tan escandaloso, que un tribunal internacional de justicia al que acudió el ex juez Antonio Boggiano (Profesor de Derecho Internacional Privado y miembro del Opus Dei) estaría estudiando la posibilidad de declarar nula la cesantía. Sólo mitigado y ocultado por el hecho de que los desplazados eran personajes poco atractivos o directamente impresentables, y que el menemismo tenía mala prensa, ese golpe institucional al Poder Judicial quedó como una mancha indeleble en los yacimientos de nuestra historia desquiciada, como esas filigranas que se ven a contraluz. Luego, el kirchnerismo perfeccionó ese atropello al nombrar jueces federales porosos y al modificar el Consejo de la Magistratura, órgano que designa y remueve jueces y que fue, a partir de su cambio, manejado férreamente a control remoto desde el Poder Ejecutivo. En la tarde del jueves agitado, Néstor Kirchner –según se cuenta- estaba dispuesto a dar un paso más: ir por el Congreso, fuyimorizar a la Argentina. Prevaleció provisoriamente una mínima cordura. Pero el solo hecho de que el hombre más poderoso del país, el que hace y deshace a su gusto, haya tenido esa tentación neroniana, de que haya sentido la pulsión de simular la caída del tablero cuando la partida empezaba a mostrarse adversa, enciende una alarma. ¿Es que alguien no lo cree capaz? ¿No rompió acaso, con el plantel fervoroso de D’Elía, una manifestación pacífica en Plaza de Mayo, durante el conflicto con el campo? Este hombre aparentemente está dispuesto a todo. ¿O piensan que alegremente soportará que su gobierno binario y conyugal quede expuesto a la pesquisa judicial? ¿O creen que no recuerda todo el tiempo la imagen de Menem o de Fuyimori yendo a la cárcel una vez fuera del poder? El futuro de nuestro Congreso se balancea entre una nueva mayoría que intentará restablecer cierto orden institucional, siguiendo las preferencias que trasuntó el 28 de junio, y su clausura de prepo. Kirchner intentará cerrar de facto el Congreso mediante los recursos del veto y los decretos de necesidad y urgencia. Es verdad que el oficialismo quedará excepcionalmente desnudo, obscenamente expuesto frente a una sociedad que, ahora sí, está atenta a los desvíos autoritarios. Pero con el 20 % de fanáticos ciegos que aún le queda, con esos adláteres enardecidos y hambrientos, quemará las naves y venderá muy cara su retirada. ¿Quién no recuerda que Hitler mandó a quemar el Reichstadt para sembrar en Alemania el terror y la confusión? ¿Qué debe hacer la sociedad en general y la oposición en particular frente a semejante cuadro? Hoy el Reichstadt de Berlín ha sido reconstruido y su cúpula es vidriada, de manera tal que el pueblo puede visitarla y mirar hacia abajo, donde están los legisladores trabajando. Alegóricamente, el pueblo controla a sus representantes. El Congreso deberá hacer lo suyo, no importa que luego los proyectos sean entorpecidos o vetados. La oposición deberá organizarse para gobernar. Tiene dos años para prepararse, será su turno. Y lo más importante es no caer en la tentación de que los Kirchner terminen antes su mandato o de que tengan ocasión de victimizarse. Deben tomar la amarga cicuta del pato rengo, del poder vaciado, de la anemia política, hasta el último trago, hasta que ese 20 % de seguidores se disuelva en la nada. La cuestión no es liberarnos rápido de los Kirchner, sino liberarnos para siempre de ellos y del espíritu que ellos han encarnado. Sólo el tiempo permitirá que la oposición piense un país y que el kirchnersimo como idea pase a ser una improvisada torpeza en el tren fantasma de nuestros manuales. Podrán paralizar de facto el Congreso, maniatar todo atisbo de democracia o directamente quemar el Reichstadt: la sociedad debe estar preparada con templanza y serenidad. Recibirán un escarmiento memorable: no tanto en las calles (como acaban de sugerir con angustia Oscar Aguad y Graciela Camaño), sino en los pliegues últimos de la historia argentina. A los violentos y autoritarios los acecha el séptimo círculo del infierno. El pueblo debe tener paciencia.