MACRI, LA DERECHA Y SUS MATICES
[ Marcelo Gioffré | 29/12/200 ]
Si algo ha hecho el caso Posse es poner en primer plano el problema del mapa político argentino. Periodistas tan prestigiosos como Mariano Grondona, Roberto García o Carlos Pagni han sostenido, respectivamente, que con la caída de Posse ha triunfado Gramsci, que Macri es un “maricón” o que ni siquiera “googleó” a Posse antes de nombrarlo. Dejando pasar el exabrupto intermedio que, sin embargo, es muy revelador de lo que siente “esa derecha” un poco cavernícola, me parece pertinente desbrozar los temas y trazar un croquis de lo ocurrido. Como sostenía Sartre en “El existencialismo es un humanismo”, en el caso de un carpintero que piensa primero la mesa y después la hace, la esencia (es decir la idea platónica de mesa) precede a la existencia (la mesa concreta). Sin embargo, en la disyuntiva moral que el hombre enfrenta todos los días es al revés: la existencia precede a la esencia. Se va experimentando porque no existen arquetipos. Sólo si existiera una tabla, un cartabón ético universalmente válido podría sostenerse que hay un patrón moral irrenunciable. Pero como ese modelo, ese patrón, esos mandamientos no existen (¿o alguien cree tener “la justa” para cada situación?) la única forma de hacer es actuando: equivocándose y acertando. Por eso Sartre dice que con cada acción, con cada decisión el hombre compromete a la humanidad entera, porque añade un matiz para moldear la esencia de hombre. En tal contexto, la pregunta es qué hacer si estamos perplejos en un laberinto sin valores fijos. Lo que hay que hacer es probar. Los seguros nos han traído demasiados problemas, probemos pues con los que tienen la humildad de reconocer que “no tienen la justa” y que la única forma de acertar es ir probando en un juego de prueba y error. Los que caen furibundamente sobre Macri, ¿no recuerdan acaso cuando Menem nombró a Bordón como Ministro de Obras Públicas y lo sacó antes de que asumiera? ¿No recuerdan tampoco el affaire de Menem al nombrar por poco tiempo al mismísimo Jorge Asís al frente de la Secretaría de Cultura, de la que debió salir a raíz de una declaraciones públicas sobre los extranjerismos y el idioma? Y creo que nadie, más allá de gustar o no el personaje, se animaría a decir que Menem era dubitativo. Los políticos seguros y tercos nos han arruinado la vida. Dejemos por una vez gobernar a los que al menos tienen la modestia de reconocer lo obvio: que nadie tiene la justa y que la única forma de acertar es probando. La Argentina necesita dos partidos, no uno. Uno ya está en plena formación en derredor de la figura fulgurante de Cobos: un neoradicalismo con grandes posibilidades electorales, dentro del cual hay como siempre dos corrientes, una más de centroizquierda o irigoyenista, representada quizás por Margarita Stolbizer y el senador Morales, y otra más de centroderecha o alvearista, encarnada por el propio Cobos y por el senador Sanz. Del otro lado, ¿qué hay? El peronismo plantea posibilidades extremas dentro de su vasto menú: el kirchnerismo de un lado; la derecha cavernícola, del otro. El kirchnerismo, que es “caja”, desaparecerá una vez que deje el poder. La pregunta entonces es si es atinado dejar el peronismo en manos de esa derecha cavernícola y reaccionaria. Posse, mal que le pese, encarna ese escenario: desconoce por ejemplo que, en ciertos sectores sociales, el rock cumple una función inclusiva en la educación de los jóvenes; desconoce que la justicia vale más que el orden. Macri evidentemente está pensando en otra perspectiva. El problema del liberalismo en la Argentina es que ha sido liberal en lo económico y conservador en lo político. El ejemplo típico fue Alsogaray. Creen en la libertad de mercado, pero no en la libertad en la sociedad. Rechazan las vanguardias en arte, en idioma, en música, en literatura, en costumbres. ¿No fue la familia Alsogaray la que blanqueó a la cal el mural de Siqueiros en la quinta de Botana, cuando ellos eran los dueños? ¿No coincide eso con el primer peronismo, que hizo quitar un premio oficial a Emilio Pettoruti, por considerar que su arte abstracto era subversivo? Están en contra de los homosexuales. Rechazan los tatuajes y el piercing. Rechazan el rock. Creen que la droga se combate a palos. Los asusta el pelo largo. Los asustan las manifestaciones. Piensan que a la delincuencia se la erradica barriendo con las villas y vulnerando los derechos humanos. Muchos incluso son antisemitas. Se desgarran las vestiduras por las Islas Malvinas. A tal punto llega la locura que algunos son al mismo tiempo liberales y nacionalistas, y suelen cantar el himno con fervor desfogado, poniéndose la mano derecha sobre el corazón. El intento más terrible de transformar el peronismo en ese amasijo promiscuo fue Onganía: cuando asumió, allí estaban mezclados los sindicalistas peronistas, Krieger Vasena, los militares “fachos” y Mariano Grondona. Y más tarde volvió a intentarlo el Almirante Massera desde la ESMA. El gran desconcierto que está provocando Macri consiste en que, por segunda vez en la Argentina, nace una centroderecha liberal y progresista. Reglas de mercado, sí, por supuesto, pero también respeto por los derechos humanos y respeto por las vanguardias. Enseñanza libre y laica. Rechazo de la discriminación. Libertad para que florezcan las nuevas ideas, por disparatadas que sean. Piñera gana no a pesar de haberse desprendido de los resabios pinochetistas, como parece pensar el octogenario Mariano Grondona, sino precisamente por eso. El error está en pensar que la clase media en paquete ha sido cooptada por Gramsci y que tiene infiltrado el socialismo en el alma. No, la clase media simplemente no es “facha”, cree en el liberalismo y lo probó al votar a Macri y al salir a las calles en contra del dirigismo de Kirchner, pero no quiere más dictadura, ni palos, ni trogloditas, ni homilías. La centroderecha argentina debe entender esto, aunque desconcierte: debe ser liberal y progresista. Mucho más contradictorio que ser liberal y progresista es, desde luego, ser liberal y nacionalista, como Grondona. O liberal y discriminador, como Roberto García. Estos periodistas no hacen más que hacerle el juego a los José Pablo Feinmann que, con astucia, con malicia deliberada, ponen en una misma bolsa a todos e intentan decir que Posse es lo que piensa toda la centroderecha. Para desmentir al sofista (en el sentido estricto del término: filósofo a sueldo), hay que ayudar a construir un mapa político sin talibanes. El gran desafío de Macri es, pues, ayudar a reinventar el peronismo. En el camino se equivocará y acertará, bajará o subirá su imagen positiva. Perderá algunos soldados fundamentalistas. No importa lo coyuntural. Lo importante es ser poroso a ese espíritu de la clase media, estar abierto, no poner un techo. Suele decirse que el que mucho abarca poco aprieta, pero, el que abarca poco ¿aprieta acaso mucho? En su momento ya lo había intentado Arturo Frondizi: unir la intelectualidad, la pequeña burguesía doméstica y las masas peronistas. Abrió el país a las inversiones extranjeras. Lo tumbó el nacionalismo. No puede ser que uno de los dos grandes partidos de la Argentina sea autoritario, nacionalista y “facho”. Ambos partidos deben ser, en un punto, más o menos parecidos: ambos deben ser liberales, uno más progresista y el otro menos. Como demócratas y republicanos. Pero que el peronismo sea un poco menos progresista no quiere decir que deba abroquelarse en un conservadurismo cerril y espantarse del rock, los aritos, las tribus urbanas o el arte conceptual. La tarea es homérica, pero vale la pena abordar la epopeya.