LA SOMBRA DE POMPEYA
[ Julio Doello | 17/2/2010 ]
Al revés que en las demás facetas de la vida humana, en política sólo el hábito hace al monje. Plutarco cuenta que César repudió a su esposa, Pompeya, porque Publio Pulcro, un ciudadano afortunado y elocuente, estaba enamorado de ella hasta tal grado que, disfrazado de ejecutante de lira, se introdujo clandestinamente en una fiesta religiosa reservada a mujeres. El escándalo fue tan grande que César sepultó a Publio Pulcro en las mazmorras y, pese a saber que su mujer no había cometido ningún hecho indecoroso, la desplazó de su vida. Un emperador no podía permitir que sobre su esposa cayera la más leve sospecha de infidelidad. ”No basta con que la mujer del Cesar sea honesta; también tiene que parecerlo.” Con el tiempo, la expresión se extendió para todos aquellos casos en que alguien es sospechado de ilicitudes, aun cuando no se pueda probar que las ha cometido. Perón se jactaba de haber abrevado en los clásicos y sentía predilección por Plutarco. Quizás por eso en algunos manuales de mitología peronista se cuenta que, estando ya en el exilio, un periodista se interesó por saber qué hacía con su vida nocturna, cuando ya viudo de Eva Perón cumplía con su trajín diario de llegar a la Casa de Gobierno a las 7 de la mañana y hundirse en su residencia a las 9 de la noche. “Me gustaba salir a manejar el auto. También había algunas peñas a las que concurría… Había algunas señoritas que las protegía con y a otras sin… Pero trataba de ser discreto, de que nadie me viera. ¿Sabe por qué? Porque yo era el Presidente de la República y tenía el deber de cuidarme, porque si no la gente comienza a decir: ¿Cómo? ¿Tiene cuatro patas, tiene bigotes, maúlla, pero no es gato?”, respondió entre guiños y sonrisas, mientras acariciaba a Canela, su perra favorita. Esta larga introducción viene a cuento ante los últimos acontecimientos que han puesto al desnudo la considerable fortuna de los Kirchner, sus compras millonarias de dólares y las cuantiosas inversiones inmobiliarias que han realizado en el Calafate. En este reino del disparate que es la política argentina, los Kirchner, quienes incrementaron de manera obscena su patrimonio durante veinte años de función pública, son sin embargo los líderes de una centro izquierda difusa, que pretende reivindicar los derechos de los más pobres. O sea que, mientras las villas miseria se extienden ominosamente y los marginados duermen entre cartones bajo los aleros de los edificios públicos, ellos hacen pingües negocios inmobiliarios comprando hoteles en el Calafate. Y a pesar de ello se enronquecen gritando que han optado por los que menos tienen. Todos sabemos que Mauricio Macri, heredero de una cuantiosa fortuna, representa claramente a un ángulo de centro derecha en la Argentina. O sea que representa, en primer lugar, los intereses de una clase media acomodada y quizás de otros sectores de privilegio en la sociedad a cuyo segmento él mismo pertenece. Y es sincero, porque es simplemente lo que parece. Nadie le creería si se dejara la barba como el Ché y jurara fidelidad a la revolución cubana. Su origen, su historia y su fortuna pondrían en evidencia la grosera impostura. Por lo tanto Macri se comporta como un hombre honesto, coincidamos o no con sus ideas. Sin embargo, el transversalismo progresista ideado por Néstor Kirchner ha producido una novedad. Uno puede hacerse rico e incrementar su fortuna en el ejercicio de la función pública, llegando a estamentos económicos superiores enancado en la estructura del partido más caro a los sentimientos de los más postergados, recibir el apoyo directo de grupos de piqueteros que enarbolan legendarias banderas rojas con las fotos de Guevara y dar soporte intelectual a este esquema a través de intelectuales de izquierda como Horacio Verbitsky. Entre tanto, la sociedad en su conjunto sigue esperando la llegada de alguien que rompa con eficacia con una desigualdad que irrita, que gobierne para terminar con una pobreza que mata y una corrupción que avergüenza y, sobre todo, que se anime a ser y parecer, para que los principios que dice defender estén avalados por una ejemplaridad que nos permita recuperar la confianza perdida. Hasta el momento, queridos amigos, Plutarco y el General Perón permanecen aletargados en libros flamantes -sin que nadie se haya atrevido a despertarlos-, en la vasta biblioteca de la Residencia de Olivos.