EL CHAMPAGNE DERRAMADO, ¿SERÁ NEGOCIADO?
[ Marcelo Gioffré | 26/2/2010 ]
Todo parece indicar que en los primeros días de marzo el kirchnerismo tropezará con un nuevo fracaso: el rechazo por el Senado del Decreto innecesario y postergable que instrumenta el llamado Fondo del Bicentenario. Trátase de un fondo cuyo objetivo verbalizado y aparente apunta a refinanciar deuda externa, mas las malas lenguas indican, con notable verosimilitud, que la verdadera necesidad de su articulación estriba en aumentar el gasto electoralista de cara al 2011. Ante anteriores fracasos, el gobierno ha actuado huyendo hacia delante. Ante la derrota electoral en Misiones, a manos del cura Piña, entregó las reelecciones de Fellner y Solá, pero pergeñó a nivel nacional el sistema de reelección matrimonial, que elude con picardía la cláusula constitucional que veda la reelección indefinida. Ante el voto “no positivo” de Cobos y la caída de la famosa Resolución 125, que los privaba de las divisas provenientes de los exportadores, no vaciló en echar mano a otros recursos, incluso más cuantiosos: los ahorros de las A.F.J.P. Frente a este nuevo escenario de derrota, ¿qué hará? Al serle esquivos esos milloncitos de dólares acumulados en el Banco Central, ¿qué otra caja atacará? Si el tema fuera sólo pagar deuda, sería simple: pagarían una mayor tasa de interés para refinanciar y se acabó. Pero no es el tema. El verdadero tema que anida detrás del Fondo del Bicentenario es que necesitan fondos para repartir en los cordones bonaerenses en que De Narváez le hizo morder el piso del cuadrilátero. Creen, con o sin razón, que pueden revertir su mala imagen con dádivas graciosas. El gasto público revienta. No puede bajar sueldos ni jubilaciones, porque la ley no lo permite y porque sería una medida impopular. No puede ajustar, porque no es progresista. No puede quitar subsidios a los piqueteros, porque se queda sin el control de la calle. No puede volver atrás con el “fútbol para todos”, porque acaba de incrementar el presupuesto para ese cometido populista. No puede largarle la mano a Aerolíneas Argentinas, porque allí está el abogado laboralista Recalde (un delfín de Moyano) y además porque es una empresa fetiche, una huella digital de su sistema de absurdo capitalismo de invernadero, es decir sin quiebras. ¿Podrá quizás quitar los subsidios a los transportes? No parece probable, porque como es sabido el valor real de un pasaje de colectivo en el mundo ronda el dólar y medio (más de 5 pesos), lo que provocaría un impacto fuerte en las clases medias bajas. ¿Qué le queda? Quedan a Kirchner alternativas disparatadas: incautar bienes a ciertos sectores de la sociedad lanzando acusaciones contra las víctimas (¿no lo hizo Hitler con los judíos o los turcos con los armenios?). O directamente podría expropiar empresas cuyo flujo de ingresos frescos pueda usarse para la campaña proselitista, tal como las A.R.T., las empresas telefónicas o las autopistas, invocando borrosos incumplimientos. O podría intentar allanar las cajas de seguridad, aduciendo que allí anidan los grandes evasores, pero esto sería el final del kirchnerismo: nadie da la vida por las A.F.J.P., pero si por los ahorros de la vida. En tren de barajar hipótesis, a alguien se le puede ocurrir que la solución es una devaluación. Una jubilación de 1.000 pesos, que implica hoy poco más de 260 dólares, con un dólar a 5 pesos sería de 200 dólares. Lo mismo ocurriría con los salarios públicos. Al mismo tiempo los ingresos por retenciones subirían por un mejor tipo de cambio y por un aumento cuantitativo de la exportación. Con una devaluación, el gobierno licuaría el gasto y mejoraría su situación fiscal. Algunos podrán argüir que eso traerá inflación, por efecto del mayor valor de los bienes exportables y de los bienes importados. Y es así. Pero los Kirchner tienen solución para todo: para los bienes que se exportan cuentan con Moreno, que obligaría a vender internamente a precios distintos de los internacionales, lo que las empresas se avendrían a hacer, aun a pérdida, para no dilapidar años de trabajo en la consolidación de las marcas del mercado doméstico. En cuanto al aumento de los bienes importados, nuevamente impulsarían la sustitución de importaciones. El mayor ingreso de divisas, al aumentar el superávit comercial, no obligaría a emitir para evitar la caída del dólar, pues si cundiera la desconfianza (como sucederá) la fuga de capitales sería tan grande que compensaría el mayor saldo de dólares, claro que con derivaciones imprevisibles. Algunos se asustan ante la posibilidad de que la devaluación alimente la inflación por remarcaciones preventivas, pero hay analistas que prefieren pensar que la falta de demanda interna (por ausencia de dinero en los bolsillos) operará como un eficaz antidoto. Otros se intimidan ante la perspectiva de que aumenten las presiones salariales, pero para disipar ese malestar cuenta Kirchner con sus fluidas relaciones con el camionero más afamado. La probable derrota en el Congreso dejará el gobierno en una situación terminal. El rey ahogado propone tablas, pero la soberbia del matrimonio difícilmente se avenga a la humillación de un empate sin gloria; antes, tal vez, patearían el tablero. ¿Echarán mano los Kirchner a alguna de las delirantes hipótesis que planteamos o se irán culpabilizando a la oposición y tirándole al hereje mendocino la papa caliente? El gobierno derramó champagne durante seis años; el champagne derramado, ¿será negociado?