SIN PIE NI CABEZA
[ Julio Doello | 2/3/2010 ]
El esfuerzo por salir del atolladero político en el cual estamos metidos hace que algunos políticos, ansiosos por neutralizar la hegemonía de los Kirchner y volver a ocupar el centro de la escena, incurran en blasfemias de difícil comprensión. La ladina maniobra de resucitación de Menem en la última sesión del Senado, que no ha hecho más que mantener con respiración artificial a ese enfermo terminal que es el kirchnerismo, ha ocupado la tapa de todos los diarios y ha relegado a segundo plano las últimas declaraciones que ha hecho el ex presidente Eduardo Duhalde, pese a la magnitud conceptual de las mismas. Tal como puede leerse en el diario Crítica de Argentina del día 26 de febrero, pareciera que el famoso “piloto de tormentas”, en su afán de juntar voluntades -provengan de donde provengan- para dar batalla al oficialismo, no le hace asco a nada, y hasta le sacó el corcho al agujero de su propio bote, arriesgándose a su propio naufragio político. Concretamente, ha llamado a los argentinos “a parir en el 2011 un gobierno para todos los argentinos, para los comunistas, socialistas, para el que quiera a Videla y para el que no lo quiera”. La inmoralidad que encierra esta frase sin pie ni cabeza, es insalvable. Nadie que quiera a Videla, más allá de su familia y sus amigos, y lo proyecte como una alternativa política, puede convivir entre nosotros, los argentinos que queremos la paz y la democracia en un orden justo. No se puede reivindicar el golpismo, los pozos de tortura, la desaparición de personas y el robo de bebés. No se puede reivindicar el atropello y la usurpación del poder por la fuerza bajo ninguna circunstancia. Tampoco podemos aceptar en las filas de quienes queremos realmente cambiar la historia luctuosa de nuestro país a quienes reivindican a Firmenich, a Gorriarán Merlo y a todos aquellos que, so pretexto de ideales y voluntad revolucionaria, mutilaron y asesinaron a cientos de personas con sus bombas, mataron a adolescentes y niños por el solo hecho de ser hijos de militares y los contabilizaron como daños colaterales. Algunos de ellos secuestraron al coronel Larrabure y lo torturaron hasta su muerte, otros terminaron pergeñando la famosa contraofensiva de 1978 que le costó la vida a miles de militantes lanzados a las fauces de la bestia represora. Otros, lejos de actuar contra una dictadura, operaron durante el primer período de restauración de la democracia, durante el gobierno de Alfonsín, y condujeron el ataque al Regimiento de la Tablada, que cercenó la existencia de soldados conscriptos sorprendidos en su tiempo de descanso. Es aceptable que de pura veleidad nos permitamos algunas excrecencias impuras en plena democracia, como Hebe de Bonafini o D’Elía, quienes se han transformado en una suerte de Eusebios de la Santa Federación de los “restauradores del sur”. A veces hasta nos arrancan una sonrisa con sus bufonadas. Pero es inadmisible que, con tal de derrotar al pingüinismo seudo progresista, el ajedrecista de la gran cabeza nos proponga que aceptemos en nuestras filas, por ejemplo, a Cecilia Pando, esa suerte de Biondini con faldas que pulula a los gritos los tribunales donde se juzga a los asesinos de unos de los bandos. Así como existe una ley que prohíbe la exhibición de símbolos nazis y castiga a quienes reivindiquen la matanza por cuestiones raciales durante el III Reich, nuestros parlamentarios deberían plantearse la posibilidad, en nombre de los derechos humanos, de prohibir por ley cualquier símbolo que reivindique el Proceso Militar de 1976 y a cualquiera de sus líderes, así como cualquier intento de panegirizar los símbolos de la guerrilla setentista o de la imagen pública y el proyecto violento de cualquiera de sus líderes. Por lo tanto, el ex presidente Eduardo Duhalde, después de estas abominables declaraciones –para decirlo de un modo elegante- ha orinado fuera de la bacinilla y ha reducido su imagen política a la de un mero traficante de consensos a cualquier costo. Sería bueno que los verdaderos peronistas repudiaran públicamente este exabrupto intolerable que ensucia la memoria de tanto militante desaparecido. La Argentina del futuro no se va a construir con videlistas, ni erpianos, ni montoneros, ni con nadie que siga justificando los procedimientos violentos que nos hundieron en el período más monstruoso de nuestra historia. Solamente podrán sumarse quienes hayan abjurado definitivamente no de sus ideales, sino de la cultura de “los fierros”, la tortura, la bomba o el fragote como modo de resolver los desencuentros políticos. Sería bueno que alguien más lúcido, menos especulador y menos inescrupuloso que Eduardo Duhalde nos propusiera parir en el 2011 un gobierno para los ciudadanos de cualquier ideología que hayan dejado atrás cualquier idea violenta y que no quieran ni a Videla ni a nadie que sea corresponsable con él de la desaparición y muerte de tanta gente en un período que, aún hoy, mantiene cautivas nuestras mentes y condiciona nuestro tránsito hacia el futuro.