¿CÓMO NO SE VA A RESPETAR A QUIEN SE ODIA?
[ Marcelo Gioffré | 24/3/2010 ]
En la misma semana en que el “Tigre” Acosta, altanero y provocador, lanzó declaraciones desapacibles, Eduardo Luis Duhalde salió a dar una conferencia de prensa sobre una persona absolutamente ignota, un anciano enfermo, aherrojado en una silla de ruedas, alguien de quien, salvo el periodista Horacio Verbitzky (a quien prefiero pensar menos como “Funes el memorioso” que como un vocero oficioso y promiscuo de una central de inteligencia oficial), nadie sabía nada. El anciano confinado en su domicilio se llama Luis Sarmiento y ahora se sabe que fue coronel del ejército y que, al igual que Santiago de Liniers, fue enviado a la Provincia de Misiones en una misión gubernamental. En el tono aparentemente profesoral y tranquilo de Eduardo Luis Duhalde se esconde, se agazapa el odio. En los malditos años 70 Duhalde y Sarmiento eran enemigos. El primero adhería, desde una izquierda que matizaba el marxismo y un peronismo a la violeta, a un movimiento insurreccional mientras que el segundo, desde una derecha que podríamos llamar “facha”, ejercía funciones dentro de un ejército que pretendía aplastar a esos insurrectos. En los 70, en el heterodoxo campo de batalla, ganó Sarmiento. Siete lustros más tarde aquel perdedor es funcionario, entorchado de insignias y oropeles, mientras que el ganador es un viejo derrotado, procesado y perseguido por haber violado los derechos humanos. ¡Qué vueltas tiene la vida! Alguien que merece tanto de uno, alguien que merece nada menos que una conferencia de prensa exclusiva es alguien muy digno. ¿No lo es mucho más alguien que merece toda la vida de uno? Si se consagra todo el odio a algo es porque ese algo es muy importante para uno. Pero, ¿por qué para el ex derrotado –ahora triunfante- Eduardo Luis Duhalde el ex triunfante –ahora derrotado- coronel Sarmiento es tan digno? Alguna vez lo dijo Alan Pauls, uno de los intelectuales argentinos más sólidos. No se podría explicar mejor: “Si uno piensa, por ejemplo, en la relación de hostilidad y fascinación que tuvo la guerrilla con las Fuerzas Armadas, resulta un horror. Se suponía que los montoneros eran el otro absoluto de las Fuerzas Armadas y de la policía y, sin embargo, reproducían su estructura militar, jerárquica, vertical, la lógica de traiciones y ajusticiamientos, de lealtades y subordinación de aquellas organizaciones a las que se suponía que tenían que destruir”. Es verdad que la orden de captura del coronel Sarmiento debe de haber estado influída (y hasta diseñada) por un oficialismo que pretende escarmentar a la díscola jueza Sarmiento, hija del coronel acusado (de otro modo no se explica la insólita celeridad con un individuo ignoto cuando hay miles de militares imputados cuyas causas no avanzan ni un milímetro, ni mucho menos la espectacularidad del episodio), pero esto, si bien es grave, es anecdótico. Lo que me importa, en cambio, es Duhalde y su odio hacia lo que ama. Ama los 70, porque fueron su consagración. Ama a los montoneros, porque son la contracara íntima que lo dota de una piel, la única que tiene, porque no ha podido recrearse en estos treinta años y sigue siendo un pobre hombre que vive de recuerdos, que vive de odiar, que no puede pensar hacia adelante, que no tiene en la vida ningún otro objetivo que ese revanchismo simbólico y empobrecedor. En una época de disolución de antagonismos, en que las fronteras ideológicas y partidarias se hacen líquidas, en que ya no tiene sentido hablar de gorilismo, ni es adecuado vislumbrar la realidad a lo Laclau (en términos de troquelar un enemigo para poder autodefinirse), en una época en que los conceptos mismos de derecha e izquierda, reaccionarismo y progresismo, han perdido todo espesor, en una época en que establecer polarizaciones simplistas es justamente ser de derecha (en el sentido arcaico del término), la puja virtual del ultimo viernes entre el melancólico funcionario Duhalde, destilando viejos odios, y el coronel Sarmiento, que no tiene quien le escriba en su silla de ruedas, es la exacta imagen de una Argentina que deberíamos erradicar. Fantasmas, go home, deberíamos exclamar. No para olvidar ni para perdonar a los represores y los guerrilleros, que ensangrentaron y traficaron la patria. Sino para que sobre ellos trabaje, burile, talle, apacible e imparcial, la historia, mientras los politicos se dedican a levantar un país moderno. Lo pongo en el idioma de Shakespeare no por cipayo, sino porque es un idioma tan mío como el castellano. Al fin y al cabo soy un ser humano. Al fin y al cabo soy heredero de toda la cultura occidental, de la que más vale que echemos mano si realmente queremos una Argentina próspera. Lo digo en inglés para interpelar a ese repugnante apotegma nazi: “vivir con lo nuestro”, que es uno de nuestros virus. Para que Duhalde y Sarmiento empiecen a ser historia. Para que callen. Para que no vuelvan a dirimir su contienda anacrónica en el primer plano de la consideración pública.