LA iPAD Y CRISTINA
[ Marcelo Gioffré | 14/4/2010 ]

Dio la casualidad de que el sábado 3 de abril, cuando la empresa Apple lanzó su nuevo producto, la iPad o tableta electrónica, yo me encontraba en Nueva York. La posmoderna tienda Mac de la avenida 5ª y la calle 59, frente al edificio del ex hotel Plaza y con la juguetería F & S de fondo, con su cubo vidriado y su manzana blanca mordida, lucía completamente anormal: una enorme fila de expectantes clientes pugnaba por entrar para obtener el producto que hacía ya varios meses habían reservado. La versión más económica vale 500 dólares. Observé a un niño de unos diez años, en la vereda, fascinado ante la pantalla electrónica, que era filmado por las cámaras de T.V. La compañía presidida por Steve Jobs vendió más de 300.000 iPad y 250.000 libros electrónicos sólo el primer día. The New York Times ya ofrece su programa para leer el diario en la iPad, y revistas como GQ, Vanity Fair y Wired empezarán a vender suscripciones de sus ediciones de iPad dentro de dos meses.

En otras épocas, un descubrimiento era colosal en sentido estricto: Galileo o Copérnico o Einstein revolucionando la física, o bien Colón descubriendo un continente. Hoy los avances son tan sutiles que casi parecen descubrir lo obvio. Y sin embargo revolucionan. Julio Verne pronosticó casi todos los inventos del siglo XX, menos la Internet, que quizás es uno de los más revolucionarios. Estos lanzamientos de hoy, ¿son meros artificios capitalistas para que la gente compre más o podrían equipararse a la imprenta de Guttemberg?

La nueva iPad no es una notebook, porque no se puede escribir ni leer en ella con la comodidad que se lo hace en una notebook, ni es un iPhone, porque pesa mucho más, está en el medio, entre la notebook y el iPhone. Es más pesada que el iPhone y más liviana que la notebook, se puede en ella leer y escribir mejor que en el iPhone y peor que en la notebook. La diferencia es sutil. Se puede en la iPad leer un libro estando sentado en un sillón, lo que es difícil en un iPhone, por el pequeño tamaño, y también difícil en la notebook, por su excesivo peso. Se puede en la iPad ver películas, videos o escribir con mucha más comodidad que en el teléfono.

Es la iPad un enorme avance en el terreno del libro electronico, de la T.V. digital y de la Internet generalizada y totalmente portable. Y estos progresos pueden tener impacto politico en la medida en que sea más dificultoso a los tiranos destruir bibliotecas u ocultar información. Es verdad que el vértigo tecnológico también puede conspirar en la desaparición de bibliotecas digitales por simple evaporación de los programas que sostienen el libro, pero siempre resultará difícil hacer desaparecer todo. De hecho, aún hoy se puede seguir leyendo en D.O.S., con lo cual más allá de la obsolescencia de los productos fabricados para ese sostén, siempre sería posible copiar un texto de ese programa a otro nuevo. Y copiarlo, ¿no es más fácil que escribirlo? En cambio el fuego quemaba las bibliotecas sostenidas en papel y con ellas todo registro de la obra, tornando inviable la copia. La tecnología puede ser un recurso contra los tiranos. La blogueras cubanas lo prueban.

Pero dio también la casualidad de que tres días más tarde nuestra presidenta Cristina anunció que el Estado regalará a estudiantes de escuelas técnicas 250.000 netbooks en el curso de los próximos seis meses. Las netbooks son notebooks pequeñas y baratas. Sí, regalará en seis meses la misma cantidad (o menos, en rigor) de netbooks que Apple vendió de iPad en un solo día. Pero además el anuncio de Cristina del 6 de abril no hizo sino reproducir otro idéntico que ya había hecho el 17 de febrero, sólo diferían su trajecito y su color de pelo. Y además el producto es justamente muy atrasado, porque tiene todas las desventajas del iPad y ninguna de sus ventajas.

Es verdad que “a caballo regalado no se le miran los dientes”, pero ¿es regalado? ¿O lo pagaremos con impuestos? Muy probablemente (dado el principio de inducción que nos obliga a desconfiar de nuestros politicos) no sólo pagaremos el producto sino también jugosas comisiones, por llamarlas de algún modo. El populismo tecnológico de Cristina es francamente repugnante, pero más allá de eso la comparación de un gran mercado mundial dispuesto a absorber con ansiedad la última tecnología disponible contra esta política barrial (en el doble sentido de barrio y barro) en la que se entrega como limosna lo que ya el mundo desecha (en noviembre estuve en Japón y allí las netbooks son tan consideradas como aquí un Siam Di Tella) es una evidencia de nuestra posición marginal y excéntrica.

No estoy diciendo que debamos creernos primer mundo. Sólo anunció la necesidad de que no se haga demagogia con tecnologías vetustas, que no se compre al primer mundo lo que de otro modo ellos tirarían y que no nos prestemos, bajo el pretexto de una mejora educacional, a negocios poco transparentes de nuestros politicos. Mucho mejor sería que nuestro mercado se fuera movilizando, gracias a la inversión y el trabajo, para ser tan tenso y poroso como el mundial ante la aparición de las novedades. No en tanto consumistas histéricos y vanos, sino más bien en nombre del verdadero progresismo. Y el verdadero progresismo hoy día tiene un único nombre: capitalismo liberal. El resto es puro macaneo.