JUICIOS PARÓDICOS
[ Marcelo Gioffré | 5/5/2010 ]
El 29 de mayo de 1970 comenzó el juicio que un grupito de jóvenes que rondaban los veintidós años realizaron al ex Presidente Pedro Eugenio Aramburu, después de haberlo secuestrado. Fue el acto fundacional de Montoneros, su bautismo de fuego. Los objetivos eran tres: hacerse notar, desestabilizar las posibilidades de una integración del peronismo a la democracia liberal, que Aramburu prohijaba, y ejercer la justicia revolucionaria. En cuanto a este último punto, los jóvenes secuestradores acusaban al militar básicamente de tres sucesos: el robo del cadáver de Eva Perón, los fusilamientos de José León Suárez (incluyendo el del general contrarevolucionario Valle) y los bombardeos sobre la Plaza de Mayo. Eran todos hechos relativamente anacrónicos, pues se remontaban al 55 y sus aledaños epocales. El juicio paródico terminó previsiblemente con la condena y el asesinato de Aramburu. Se erigieron en jueces populares, se arrogaron capacidades jurisdiccionales y operaron. Con ese acto inaugural comenzó la actuación política y pública de esta generación maldita, que sólo llegó al poder de la mano de los Kirchner. Una generación violenta, intolerante y sobre todo desdeñosa de las instituciones. Cuarenta años después, el 29 de abril de 2010, las madres de aquellos jóvenes volvieron a golpear con otro juicio paródico, esta vez contra periodistas que según ellas habían sido cómplices durante la dictadura militar, más anacrónicos que la primera vez ya que en vez de tres lustros se trata de tres décadas. En lugar de un sótano en Timote, emplearon la histórica Plaza de Mayo. Previsiblemente también terminó con condenas. Así como aquel secuestro de Aramburu fue el sello inaugural de la actuación pública de esa generación, sospecho que este último juicio realizado por ancianas arbitrarias y disparatadas cierra vicariamente, y del peor modo, la actuación de esa generación cuyas notas distintivas son el desprecio por el republicanismo y la inclinación enfermiza hacia lo disolvente y rupturista. Lástima que en estas mujeres no haya prevalecido la cordura: su dolor tenía un valor moral cuando se limitaban a defender los derechos humanos; al usar su prestigio para defender al último gang de setentistas devaluados, se desvalijaron a sí mismas. Al mismo tiempo ejercieron una suerte de justicia poética: con veinte años sus hijos, con ochenta sus madres, ambos ejecutaron actos cuya razón simbólica es el desdén por las instituciones de la república. Por eso, terciando en la polémica entre Guillermo Martínez, que dijo que hay un nuevo gorilismo, en el sentido de que todo lo que hacen los Kirchner está automáticamente sospechado, y Beatriz Sarlo, que sostuvo que con los Kirchner no se puede acordar ni un picnic, debo inclinarme por la última. A los Kirchner no se le puede tender la mano sin enormes precauciones. Forman parte de una generación que se abre y se cierra bajo el peso simbólico de juicios farsescos, paródicos, el primero dramático, el segundo grotesco. Y estos actos trágicamente simétricos no son casuales, hacen a la clave, a la contraseña generacional: para ellos la seguridad jurídica es un prejuicio burgués. No creen en las instituciones. ¿Se entiende ahora por qué vampirizaron todos los resortes jurídicos de la nación? Barrunto, con dolor, que aun en la retirada no habrá grandeza, sino barullos y zozobras. En todo caso, la percepción social irrevocable es que los setentistas perdieron su ocasión histórica.