LA IMPORTANCIA DE LLAMARSE MARTÍNEZ
[ Marcelo Gioffré | 25/5/2010 ]
Uno puede ser recordado por Radiografía de la Patria si se llama Ezequiel Martínez Estrada, o por Santa Evita, ese fabuloso non fiction, si su nombre es Tomás Eloy Martínez, o por Crímenes imperceptibles si es Guillermo Martínez, o por los desaguisados que cometió como presidenta si se llama María Estela Martínez, o por haber sido un oscuro vicepresidente de Raúl Alfonsín, si es Víctor Martínez, o por aquel slogan de una campaña proselitista que decía “Ezequiel Martínez, presidente joven”, o por la actuación en Peligrosa obsesión si es el actor Mariano Martínez, o por aquella inolvidable personificación de uno de los hijos de Alterio en La Tregua, si es Oscar Martínez. Pero si uno, en cambio, se llama José Alfredo Martínez de Hoz condensa rápida y simbólicamente todo un significante negativo: es el Diablo personificado, con sus emblemáticas orejas pantalla erectas como si fueran antenas parabólicas. Césare Lombroso, el famoso criminalista del positivismo, se hubiera hecho un festín con semejante personaje. Haber sido el todopoderoso Ministro de Economía del dictador Videla no es ser el “Budú” de Cristina. Martínez de Hoz hacía y deshacía a piaccere y elaboró un plan que podrá discutirse, pero que era un plan como el de cualquier otro Ministro, eso no está en la polémica. Lo que sí lo convierte en un símbolo de lo indefendible es el contexto en el que actuó: ¿es imaginable que Joe no estuviera al tanto de lo que ocurría en los turbios traspatios de los campos de concentración? ¿Es siquiera atendible el argumento de que él se concentraba en la cartera de Economía e ignoraba la existencia de las mazmorras procesistas? ¿Se puede ser liberal en economía y autoritario en política sin recibir el condigno castigo histórico? La presencia de un hombre refinado y culto en el gabinete de un gobierno de asesinos lo convierte en cómplice automático. La condena pública apunta a su indisimulable condición de Ministro de una dictadura feroz, no a su carácter de economista que hizo un plan determinado. Sólo los torpes repiten el argumento de que el golpe del 76 fue hecho para que Martínez de Hoz implantara una política antipopular. El imaginario colectivo ya lo ha condenado por el primer motivo, su asordinada complicidad. Esto está fuera de discusión. El problema es que Martínez de Hoz contagia, es que su halo pestilente impregna como en el juego de la mancha venenosa a todo aquél que osa acercarse a defenderlo. Sin ir más lejos, en la edición dominical del boletín K llamado Página/12, el lobbista Horacio Verbitsky emprendió en tapa una caza de brujas acrítica contra todos los que insinuaron una defensa de Martínez de Hoz. El gran escrache verbitskiano es una version light del gran plumero de Videla: va por los hijos, luego por los abogados, después por los amigos y simpatizantes y por fin por cualquiera que alguna vez haya siquiera sonreído ante la presencia de Martínez de Hoz. Y Verbitsky remata su guerra florida setentista, para justificar la cárcel común a Martínez de Hoz, con la siguiente observación: el lunes 17 el Tribunal Europeo de Derechos Humanos ratificó una condena por crímenes de guerra cometidos en 1944 por un ex militar soviético que hoy tiene 87 años y dijo que esos delitos ya eran imprescriptibles entonces. Martínez de Hoz ha ido preso por una decision politica: es la presa K del Bicentenario. Paradójico destino de un hombre afecto a la caza, que solía matar elefantes en el África. Es el cazador cazado. Es la cabeza de antílope en la pared de los setentistas vengativos. Dos normas jurídicas parecen obstar a semejante resolución. La cárcel común tropieza con la edad del justiciable, en primer lugar. La cosa juzgada, con el juzgamiento mismo, en segundo lugar. Son dos principios que hacen a los derechos humanos, lo que no es poco. Que un tribunal europeo se equivoque, siguiendo un dudoso criterio jusnaturalista ya cuestionado por el propio Hans Kelsen en Nüremberg, no es un argumento sólido para replicar y agravar el error en nuestras tierras. Martínez de Hoz es un ser abominable al que se le niega la justicia de cualquier ciudadano. Los que se comen al canibal, ¿qué son sino caníbales elevados a la segunda potencia? Oyarbide es la mano ejecutora de esa discriminación arquetípica: ¿puede esperarse otra cosa de un petitero de night club disfrazado de juez? Duele la patria en este Bicentenario. Duele un país tan lleno de iniquidades, con este trotskysmo de bazar que lleva a que la ley sea letra muerta o letra viva según la cara del cliente.