AGUSTIN “COCO” SARTORI: UNA BAJA INACEPTABLE
[ Julio Doello | 28/6/2010 ]


En el lenguaje militar, las bajas aceptables son las muertes de tropa propia que en ocasión de guerra resultan tolerables al tiempo de medir los resultados de una operación. Agustín “el Coco” Sartori, de dieciocho años, no admite esta calificación, pero cometió el error de nacer culpable. Era hijo de un teniente coronel del ejército, tenía una modesta vida burguesa, no se drogaba, cursaba con éxito el secundario, era un excelente jugador de rugby, deporte que practicaba en el Centro Naval, y había obtenido el cariño y el reconocimiento de sus compañeros del Instituto Dámaso Centeno por su buen corazón. El día 23 de junio de 2010 unos delincuentes, que huían en una motocicleta después de perpetrar un delito, lo atropellaron y mataron en la intersección de las calles Luís María Campos y Matienzo, en Capital Federal.

El día 26 una multitud, que portaba velas encendidas, se reunió bajo la llovizna en el lugar del hecho, para honrarlo y pedir justicia, puesto que los delincuentes que lo asesinaron, de acuerdo a la calificación legal, pueden obtener la excarcelación y volver a las calles. Los medios se hicieron presentes y un periodista progre descerrajó la pregunta canalla: “¿Cree usted que si el muerto fuera un niño pobre de La Matanza este hecho tendría tanta repercusión?”

Estas líneas pretenden dar una respuesta. Por supuesto que todas las muertes duelen. Duelen las muertes de los delincuentes que matan y son muertos, porque ninguna muerte trae alegría al corazón de los justos. Duelen también las muertes de los policías asesinados. Y los asesinatos de niños marginales y de personas inocentes en manos del abuso policial y del gatillo fácil. Pero debemos ser honestos: duelen mucho más las muertes de los seres pobres, ricos o de clase media como Coco que no tienen nada que ver ni con los abusos policiales ni con los delincuentes, que no optaron por drogarse ni delinquir. Pareciera que la realidad social los castiga por el solo hecho de ser “caretas”, por haber elegido no hundirse en el liberador humo de la marihuana y ser exponentes de una estirpe que no se mide por la cantidad de dinero que porta en sus faltriqueras, sino por la calidad de sus almas, ajenas a toda vulgaridad. Porque es mentira que no hay opción. Es mentira que un chico, por desangelado que esté, solo pueda aspirar a borrarse de la vida con la cabeza hundida en la bolsa de pegamento. Es mentira que a los pobres que ha producido una sucesión de gobiernos falsarios y oportunistas que han acentuado las desigualdades sociales les cabe el derecho de transformarse en delincuentes y salir a cobrar venganza contra aquellos que pudieron emerger del espanto. Hay una dialéctica vesánica que ha instalado el neomontonerismo de utilería que nos gobierna: parece ser que para ellos toda la sociedad es culpable de que un amplio sector de marginales haya optado por la delincuencia como sistema de vida y nos maten al tiempo de robarnos. Jodernos, por haber votado por Menem y haber aceptado en silencio el neoliberalismo y las privatizaciones que arrojaron obreros a la calle. Jodernos por haber tenido miedo y no haber resistido con las armas en la mano a la dictadura militar. Ahora tenemos que aceptar calladitos la boca que, por culpa de nuestras decisiones equívocas, un pibe chorro nos meta un tiro para robarnos las zapatillas. El delincuente es el emergente de nuestras defecciones del pasado. Es una víctima de nuestras erráticas decisiones políticas, es un desesperado que sale a ajustar cuentas por nuestra traición “al campo popular”. Los generamos nosotros mismos por no haber apoyado a los montoneros en los setenta, por no darnos cuenta de que miles de militantes desaparecían y por no haber acompañado en la ronda de los jueves a las Madres de Plaza de Mayo.

Así que el cínico “por algo será” con el cual cierto sector de la burguesía justificaba la desaparición repentina de un militante político en los setenta ahora se dio vuelta: si te compraste un coche nuevo o vivís en un country, jodete si te matan. “Por algo será”. Seguramente fuiste un carnicero, un panadero o un empleado público que “pensaste feo” y prosperaste durante el Proceso.

Y ni se te ocurra defenderte con armas del ataque de delincuentes letales. Si les pegás un tiro en la cabeza dirán que sos un hábil tirador que cometió exceso de legítima defensa y tus archivos personales denunciarán tus antecedentes fascistas. Si el arma con la cual el delincuente te disparó tiene limado el número de serie y fue robada a un policía asesinado, pero el tipo tiene quince años, bueno, mala suerte, vos vas al cementerio y el pibe a su casa. ¡No es cuestión de negarle a un niño la oportunidad de volver al seno de su hogar para que, merced a un régimen de contención psicosocial (que fracasará irremediablemente), pueda volver a recordarte, pistola en mano, que su problema sos vos, porque tenés aquello de lo que él carece!

Al Estado no le hacen falta más policías, le hace falta más sinceridad. Ningún partido político ignora que si no se lleva a cabo una distribución más equitativa de la riqueza, que si no se brinda oportunidad real a los que no tienen nada, el futuro de la Nación no será diferente al dilema que hoy nos plantea Bariloche y los bandos estarán claramente definidos, radicalizados, enfrentados: el resultado será la catástrofe.

Nuestros políticos, y sobre todo los peronistas, tendrán que dejar de considerar la pobreza como oportunidad electoral y atreverse a erradicarla definitivamente, aun cuando su desaparición prenuncie un futuro fracaso en las urnas. A veces es necesario dejar las decisiones en manos del adversario para acentuar nuestra propia identidad. Perón y Evita tuvieron la utopía de soñar un país sin pobres. Querían ser amados por aquellos que emergieran de la miseria y la abandonaran para siempre y no como hoy, que se medra con la miseria para enarbolarse y enquistarse en el poder.

Por lo pronto, me quedo con la imagen del Coquito Sartori, un pibe de bien que cruzó la calle por última vez un 23 de junio a las 20,30, con su mochila al hombro cargada de sueños, con su remera transpirada de esfuerzo. Su cerebro se desparramó sobre el pavimento porque los dados del destino fueron echados bajo las ruedas de la moto que montaban dos “víctimas sociales”.

Suene como suene, el Coco Sartori no tendrá otra oportunidad más que permanecer hermosamente helado bajo su mortaja, amado por todos los que lo conocieron, lejano al vientre de su madre, tan solo, tan ausente, tan injustamente muerto que hasta Dios, en el cual él tanto creía, llorará de impotencia.