PARADIGMA
[ Julio Doello | 24/7/2010 ]
A Santiago Urbani, in memoriam El paradigma de los setenta gobierna la actualidad, se mete en los intersticios de nuestras vidas de tal modo que hace que todo acto cotidiano sea medido con la vara de ese período en el cual se asesinaba gente e ideas. Ningún argentino de bien está dispuesto a permitir que ese horror se repita. Pero el terror nos ha sumido en la encerrona de optar por la ausencia de toda autoridad, antes que soportar un Estado que asesine. Sin términos medios. Cada ciudadano adulto incorporó este dato en su subconciencia. Es tan fuerte el recuerdo del Proceso Militar que, hoy por hoy, toda manifestación de autoridad goza de la sospecha de autoritarismo. Todos sabemos que sin disciplina social ninguna sociedad de la tierra tiene posibilidad de progreso sustentable, pero los setenta han quedado inscriptos a fuego en nuestros corazones y hemos metido el pie en la trampa. Toda orden nos resulta repulsiva y antidemocrática y toda sanción es inhumana. Es que nos han convencido de que la democracia es un sistema de vida cuando por naturaleza y origen no es más que una de las posibles formas de gobierno que ha pergeñado el intelecto. Absolutamente mejor que cualquier dictadura pero impura cuando incurrimos en el democratismo. No nos olvidemos que la democracia mató a Sócrates, quien fue condenado a muerte porque 281 ciudadanos ateniences contra 275 votaron a favor de su exterminio por defender ideas de justicia. Pilatos recurrió al voto por aclamación y, si bien no existen estadísticas, la mayoría condenó a muerte a uno de los hombres más excelsos de la historia, Jesús de Nazaret, y liberó a Barrabás, un canalla condenado por homicidio y felonía. Si pudiéramos transportar a través del tiempo a un grupo de psicólogos progresistas de hoy para que evaluaran a Barrabás terminarían convenciéndonos de que no era más que una víctima social producto de la invasión romana, que creció en la intemperie cósmica y desde niño sufrió hambre y abandono lo cual lo transformó en un antisocial y, seguramente, trazarían planes para su reinserción social. Por supuesto que mientras nuestros psico-progres estarían construyendo sus adulterinas conclusiones, Jesús de Nazaret estaría perdiendo su vida en la cruz. Como perdieron la vida por ejemplo, y entre muchas víctimas tan honorables como ellos, que apenas sí ocuparon por un día la tapa de los diarios, Agustín “Coco” Sartori o Santiago Urbani que, si bien no gozaban de la popularidad de Cristo, luchaban cada día por honrar con sus acciones las virtudes que éste propagó a pura carne y sangre hace más de dos mil años. Mi versión de la verdad es que las relaciones humanas no resultan posibles sin estructuras de mando y obediencia. Lo que ocurre es que para poder dar órdenes resulta imprescindible el sacrificio de las tendencias anómalas de uno mismo, en pos de la ejemplaridad, virtud exótica entre políticos, jueces y policías. Quien ordena no puede hacer culto del “haz lo que yo digo pero no lo que yo hago”. Sólo quien hace de su conducta un ejemplo puede pretender que quienes lo rodean le concedan la autoridad de dar órdenes y que éstas sean respetadas. Si una madre divorciada pretende que su hija no sea promiscua no puede presentarle un novio por semana ni intercambiar con ella la ropa interior que va a utilizar en una noche intensa. Si un padre herido por la desocupación que asola al país permanece tirado en la cama deprimido sorbiendo de su tetrabrik, en lugar de encarar la desgracia con los dientes apretados, no se puede esperar que su hijo desarrolle vocación por el esfuerzo en lugar de delinquir. No importa cuánta injusticia haya que enfrentar, la cuestión es no dejarse robar el alma ni corromperse. Y la corrupción es un disvalor que afecta tanto a quien manda como a quien obedece. Hay que levantarse contra las desigualdades y celebrar a quienes luchan sinceramente por desarticularlas por vocación de lucha e identidad ideológica, en lugar de subirse al camión para no perder el subsidio que garantiza el puntero o a cambio de algún “porro” o alguna “tiza” que patentizan nuestra definitiva renuncia a toda resistencia. Toda esta perorata viene a cuento porque sé que Julia Rapazzini, la mamá de Santiago Urbani, un chico que cometió el error de nacer de padres que por puro esfuerzo no necesitaron del subsidio del Estado para desarrollar sus vidas y fue cruelmente asesinado a escopetazos por dos delincuentes menores-adultos, está desolada. Sé que su alma combustiona a solas, sin que le alcancen las palabras de nadie, ni siquiera de sus amigos de Tigre, ni las promesas de apelación de sus abogados, para darle consuelo, hundida en la desesperación de no entender por qué nuestra sociedad carga sobre ella la doble cruz de la desgracia y la impunidad. El Tribunal de Responsabilidad Juvenil Nº 3 de San Isidro ha acatado la letra fría de la ley 22.278 y los delincuentes menores-adultos que apoyaron una escopeta sobre la cabeza de Santiago Urbani de diecinueve años y dispararon gozan de la posibilidad de una evaluación psicológica a lo Barrabás que los libere de una justa condena, por haber sido reclutados por un adulto prófugo y, de última, por su condición de marginales producto del inhumano sistema neoliberal impuesto en los noventa. El problema es que Santiago Urbani no nació por obra y gracia del Espíritu Santo ni goza de la posibilidad de la resurrección y permanecerá frío en su tumba sin que le resulten idóneos los conjuros mágicos de su madre, quien reza con la ilusión de reinsertarlo en la vida Una vez más la turba, a través de los jueces y de la ley, tal cual sucedió con Cristo, eligió a Barrabás.