FICCIONES DE SEPTIEMBRE*
[ Julio Doello | 19/9/2010 ]

El Presidente Kirchner está subido a una tarima, hablándole a una multitud, denunciando que la corporación mediática y los que siempre estuvieron aliados con la antipatria se han conjurado para evitar que se profundice la revolución que encabezan él y su mujer. De pronto empalidece, comienza a transpirar copiosamente, trastabilla y no alcanza a caer, porque dos de sus custodios lo sostienen y lo depositan en el piso. Un médico corre hacia él, le desajusta la corbata, pone el estetoscopio sobre su pecho y comienza a realizar maniobras de resucitación. A una orden casi imperceptible, dos corpulentos camilleros lo suben a una angarilla y se abren paso hacia una ambulancia que espera. La multitud entra en estupor, algunos lloran, otros dan gritos de aliento. Unos muchachos comienzan a clamar por venganza y lanzan gritos de ira. La ambulancia que traslada al Presidente, después de una marcha caótica y desenfrenada, precedida por un escuadrón de patrulleros de la Policía Federal, ingresa a la Clínica Los Arcos. El país se congela. Los móviles de la televisión se agolpan frente a la puerta y algunos cronistas aventuran hipótesis y comienzan a pergeñar versiones siniestras. Son las diez de la noche, la Presidente llega desencajada y entra a la clínica sin hacer declaraciones. Las horas pasan lentas. Los chicos de la Cámpora y algunos otros grupos adictos se movilizan hacia el lugar en silencio, con sus banderas desplegadas que dicen FUERZA JEFE. Algunos adolescentes de escuelas secundarias, pertenecientes a una agrupación trotkista, despliegan un pasacalle, que atraviesa toda la Avenida Juan B. Justo, en el cual se lee: NO PASARAN. Los líderes de la oposición hacen declaraciones vacuas deseándole un pronto restablecimiento al convaleciente en emergencia. A las doce de la noche un escueto parte difundido por la Secretaría de Prensa y Difusión de la Nación informa por cadena oficial que el Presidente Néstor Kirchner ha pasado a la inmortalidad a las 23 y 45. Un silencio opresivo flota en el aire de todo el país. La televisión comienza a emitir imágenes del desamparo que gana a algunos vecinos autoconvocados de La Matanza, que comienzan a levantar un altar con la foto del ex presidente y depositan ofrendas. A las dos de la mañana la Presidente difunde un mensaje para todo el país. Contrariando su estilo, su imagen es la de una mujer que no tuvo tiempo de elegir mejores atuendos, con ojeras pronunciadas y un rostro al que la ausencia de maquillaje confiere un matiz inusualmente humano. Con la voz quebrada y enronquecida dice: Es mi deber como presidenta de todos los argentinos informar al pueblo de la Nación que a las 23 y 45 del día de ayer mi esposo, mi compañero de toda la vida, el Presidente Néstor Carlos Kirchner ha entrado en la inmortalidad, dejando este mundo para recorrer los caminos de la gloria eterna. Tal como deseó toda la vida, murió en plena batalla por sus ideales, acompañado por un pueblo que siempre le fue leal y en medio de la incomprensión de quienes, asediándolo con sus embates destituyentes, contribuyeron a apresurar su partida. Una lágrima le surca la mejilla y se detiene. Un edecán le sirve un vaso de agua y se lo alcanza. Bebe y parece recomponerse. Quiero asegurar a todos y a todas -continúa- que esta Presidenta, aún en medio del dolor, cuenta con la fuerza suficiente para sostener en alto las banderas que nos ha legado el Presidente muerto, mi compañero, quien nos deja un ejemplo de lucha por los ideales de las mayorías siempre oprimidas de este país, por las cuales decidió entregar su vida, tal cual lo hicieron en tiempos de dictadura los miembros de la juventud maravillosa de los setenta, quienes lo estarán acogiendo con los brazos abiertos y con los dedos de la mano haciendo la V de la victoria. Todos ellos, al igual que Néstor, cayeron luchando contra los mismos enemigos. Sepa el pueblo honrar su memoria.

La bandera nacional se despliega sobre la pantalla, marcando el fin del escueto discurso. Luis D’Elía marcha ya sobre la Avenida Rivadavia acompañado por una multitud que porta la bandera argentina atravesada por un pendón negro. ¡TE VENGAREMOS NÉSTOR!, reza una pancarta. En otra puede leerse: ¡MUERA CLARIN. MUERA LA PUTA OLIGARQUÍA! El Fútbol para todos detiene súbitamente sus transmisiones ubicuas. Víctor Hugo Morales desde Radio Continental ha comenzado a emitir un programa especial, trazando una semblanza del ex Presidente muerto y destacando sus méritos políticos. 6,7,8 realiza un programa de emergencia desde La Televisión Pública. Sandra Russo luce demudada y denuncia, con sus ojos cargados de furor, que en algunas mansiones de Barrio Parque los ricos se han reunido y están descorchando champagne, mientras las mucamas lloran en las cocinas. Orlando Barone pretende ser más reflexivo y pregunta: ¿Estarán contentos ahora Magneto y la Sociedad Rural? ¿Se sienten felices aquellos que contribuyeron a ponerle palos en la rueda al proyecto de un líder que toda su vida estuvo empeñado en terminar con los monopolios, con las desigualdades obscenas y que tuvo entre sus más grandes obsesiones la de meter en la cárcel a los represores que terminaron con la vida de treinta mil argentinos por el solo hecho de tener ideales? ¿Estarán gritando “viva el infarto”, como ayer gritaron “viva el cáncer”, cuando Eva Perón languidecía?

Hebe de Bonafini es lacónica y contundente: “Seguramente esos hijos de puta deben estar brindando, pero que no se confundan: ahora más que nunca vamos a terminar con ellos. Vamos a apoyar a la compañera Cristina para que reviente las urnas en el 2011 y vamos a prender fuego todos los nidos de víboras que encontremos, para que Néstor sonría contento desde el cielo, junto a nuestros hijos”.

Mientras especialistas preparan los rigores que impone el rito mortuorio, las noticias se suceden vertiginosamente. Milagro Sala marcha en una caravana desde Jujuy para sumarse a las honras fúnebres, acusando de inmoral al otro Morales, el senador. Desde el sur una columna enmascarada, portando palos amenazantes, encabezada por Emilio Pérsico y su hijo, comete a su paso algunos desmanes y esparce sobre el aire un picante aroma a marihuana.

A las ocho de la mañana una amenaza de bomba en la sede de diario Clarín obliga a los bomberos a desplazar autobombas y a desalojar el edificio. El país permanece inerte. Casi no hay policía en las calles. Los líderes de la oposición han resuelto desaparecer de todos los medios y los cronistas sólo consiguen arrancar palabras desleídas a algunos políticos de segunda línea, que tratan de hacer equilibrio en medio de la tragedia, para no retroalimentar la ira.

El único Ministro que se presta a todas las declaraciones dice a bocajarro que el mejor modo de honrar la memoria del líder desaparecido, a quien llama “nuestro mártir”, es reventar las urnas con votos a favor de su heroica viuda: la doctora Cristina Fernández de Kirchner, a quien considera heredera universal del bastón de mariscal que metafóricamente detentaba el muerto. Es la voz del enfático y verborrágico Aníbal Fernández.

El 30 de octubre de 2011 está allí nomás, oculto tras un recodo del tiempo. Las calles se llenan alquímicamente de afiches con el rostro del líder malogrado y replican sus frases más célebres. En una gigantografía, digitalizada, desplegada sobre la avenida 9 de Julio, Néstor Carlos Kirchner sonríe. Su imagen aparece y desaparece dando lugar a la de Cristina, vestida de negro, con trajecito entallado, con su mirada severa, enfocada hacia un horizonte indefinido. Por debajo de las imágenes circula una leyenda que pregunta: ¿QUÉ PASA? ¿ESTÁN NERVIOSOS?, así, límpida, ya sin la “h” maledicente que solían añadir los contreras detrás de la “s”, con la insidia venenosa que los caracteriza, para mofarse abusivamente de un defecto de dicción.

El rumor que corre es que la Presidenta sigue durmiendo en Olivos y que, reunida con sus colaboradores más fieles y sus asesores de imagen, planea un acto monumental en el cual difundirá el legado póstumo que su esposo le ha dejado por escrito. En las paredes de toda la República se pegan carteles con su rostro doliente. Su cuerpo etéreo, su pecho atravesado por la banda presidencial y el bastón de mando en su mano derecha la hacen lucir frágil y temible. Debajo, con signos de admiración se lee solamente un vocablo: ¡LEALTAD! Aparentemente, la suerte de la patria está echada.

*Relato ficticio del autor.