EL GOLPE BONSAI
[ Marcelo Gioffré | 6/10/2010 ]
Cuando se estudia Derecho Penal, en la Facultad de Derecho, y se llega a la figura de la sedición, los buenos profesores recuerdan el viejo apotegma según el cual el delito de sedición cuando es en grado de tentativa es delito, pero cuando es consumado es gobierno. Y esta suerte de humorada viene a cuento por los hechos ocurridos en Ecuador, al que el propio presidente Correa y algunos sectores kirchneristas le adjudican el carácter de golpe de Estado fallido, mientras que otros sectores más imparciales llaman revuelta policial.

Es interesante plantearse al menos tres preguntas. Qué fue, un golpe o una revuelta. Segundo: suponiendo que no fuera un golpe, si fue una revuelta totalmente espontánea, incentivada o urdida por Correa. Y tercero: cuando una democracia de origen vulnera ciertos principios republicanos o avasalla ciertas libertades individuales, cómo debe canalizarse la protesta y la resistencia.

Ni bien los hechos surgieron, y al ver el insólito espectáculo, recordé la famosa frase de Perón: “A la marina la corro con los bomberos”. Perón pronunciaba esta frase en un sentido sardónico, intentando señalar que la marina era tan blandita que le bastaba una fuerza represiva muy menor para aplastarla. Sin embargo, en Ecuador se impuso el grotesco: en apariencia la Policía, algo así como los bomberos, se habría complotado para derrocar al Presidente de la Nación. Dejando de lado que esos policías nunca se pronunciaron en el sentido de que deseaban desplazar de su cargo a Correa, parece inimaginable una rebelión articulada sobre la base de fuerzas tan magras, tan nimias, tan vulnerables, que razonablemente deberían enfrentar a las fuerzas leales, por ejemplo el ejército. Es como querer hacer una revolución con pistolas a cebita o con lanzaperfumes.

Si bien esto es uno de los datos más llamativos, no es el único. También fue insólito que el Presidente se hiciera presente frente a los sublevados, ejecutando maniobras histriónicas con su corbata y ofreciendo el pecho para que lo mataran, para luego usar una máscara al estilo de El Eternauta, caer en una silla de ruedas, lucir asfixiado por unos gases y ser llevado a un hospital, donde dijo que había sido retenido, aunque consta que Correa se comunicó innumerables veces con distintos personajes y que, entre otros llamados, entabló uno con nuestra Presidenta. Y más insólito aún: heterodoxos secuestradores estos que le permitieron al "secuestrado" redactar y firmar, en cautiverio, el decreto ordenando la represión de sus captores.

Resulta inimaginable que un Presidente con sus servicios de inteligencia, sus edecanes, su custodia y sus autos blindados caiga primeramente en una celada tan infantil y luego, más absurdo aún, que durante su supuesto cautiverio disponga de total facilidad para comunicarse con Chávez, Cristina y cuantos más interlocutores se le antojaran, y encima pudiera firmar decretos.

Todavía más llamativo resulta que justo el rescate se haya hecho en el momento central de las televisoras de toda América y mientras los Presidentes del continente iban llegando a una reunión a Buenos Aires, convocada de urgencia por la UNASUR, logrando a la vez una máxima audiencia pero evitando que al día siguiente tuvieran que viajar hasta allá los presidentes lationamericanos. Dio la casualidad que el 17 de octubre de 1945 a Perón también lo habían “rescatado” de un hospital militar y que también había hablado a la medianoche desde el balcón. Demasiadas coincidencias: Jean Baudrillard diría que para no haber sido montado como teatralidad salió demasiado bien.

Se abren aquí dos posibilidades: o el presunto golpe de Estado no fue más que un maquiavélico intento de elevar la figura de Correa a líder regional, ya sea como autogolpe o alentando implícitamente a la rebelión, o bien Correa es un Presidente francamente improvisado. El Profesor Roberto Izurieta se inclina por lo segundo (http://www.elagoraonline.com.ar/audio/entrevista/izurieta.mp3). Izurieta, que es Profesor de estrategia política en los Estados Unidos, y es ecuatoriano, sostiene que Correa es temerario y torpe. Por mi parte, me parece irrazonable y audaz descartar sin más la primera hipótesis.

Por último, hay que reflexionar sobre el hecho de que Correa no es un presidente democrático más, sino que es una suerte de acólito de Hugo Chávez, y que además ejerce el poder con poco apego a los rasgos republicanos. En este sentido, hay que advertir que como las elecciones se realizan en los países cada cuatro, cinco o seis años hay entre elección y elección un hiato de silencio de la ciudadanía que, en caso de que se presenten desviaciones autoritarias por parte del gobernante, no pueden esperar el remedio democrático de la renovación periódica, sino que deben encontrar, dentro del marco legal, soluciones más urgentes.

En ese marco, las soluciones pueden ir desde lo más leve, las denuncias de la prensa, hasta lo más grave, el juicio político o, incluso, si todas las vías legales han quedado obturadas, el derecho de resistencia a la opresión.

No digo que sea estrictamente el caso de Ecuador, pero si indico que no se puede hacer una fetichización de las fachadas democráticas, pues entonces terminaríamos defendiendo regímenes como el de Hitler o los de la década infame en la Argentina. Y aquí viene entonces la explicación de por qué el kirchnerismo fue tan tajante, enfático y enjundioso en la condena de algo que parece estar demasiado lejos, fáctica y conceptualmente, de un golpe: lo fue porque se estaba curando en salud.

¿Qué hacer con un gobierno que va colonizando todos los medios de prensa, que ataca al Poder Judicial mediante oportunos esbirros, que coopta legisladores, que martiriza gobernadores e intendentes con el pan y agua de la caja y que vampiriza bulímicamente empresas privadas, articulando un imperio económico con amigos del poder? ¿Qué hacer, esperar pacientemente a la próxima elección, cuando quizás sea tarde, o reaccionar a tiempo? Las democracias no pueden estar inermes, indefensas, desguarnecidas frente a quienes, usando los propios resortes de la democracia, aspiran a anularla en su ejes más íntimos.