DESDOBLAR
[ Marcelo Gioffré | 23/2/2011 ]
El espectador poco advertido se pregunta cómo puede ser que el kirchnerismo, en tanto expresión de un nacionalismo izquierdizante que en la Argentina no encuentra arraigo en más de un 15 % de la población, consiga ganar elecciones con el 40 ó 45 % de los votos.

En las elecciones del 73, la fórmula claramente peronista Juan Perón-Isabel Perón consiguió 7,3 millones de votos (un 61,85 %) dentro de los cuales se contabilizaron 900.000 votos (aproximadamente un 12 ó 13 %) obtenidos por un nacionalista de izquierda: Jorge Abelardo Ramos, que operó con una lista colectora al estilo de la que quieren hacer ahora con el polizón moronense: Sabbatella.

Pero en la anterior elección de marzo del 73 (siete meses antes) la formula Cámpora-Solano Lima logró 5,9 millones de votos mientras que Abelardo Ramos, con su FIP, yendo solo y no con los peronistas, consiguió menos de 50.000 votos, es decir nada. Esto quiere decir que la izquierda peronista ayuda, pero el verdadero peronismo es de centroderecha, conservador como son los habitantes del conurbano y de las provincias norteñas.

A su vez, Jorge Abelardo Ramos, como ahora Sabbatella, pueden sacar votos “colgados” de la boleta peronista, haciendo entrismo. De lo contrario, son candidatos inexistentes. Pero lo mismo ocurrió con Héctor Cámpora, los votos del ondontólogo cuyo nombre ha adoptado la organización manejada por Máximo K no eran votos propios sino de Perón, eran prestados.

El nacionalismo de izquierda en la Argentina, ese que pueden representar Sabbatella, Ramos, John William Cooke, Rodolfo Walsh o Arturo Jauretche, no representa más del 15 % de los votos, el 85 % de los argentinos lo rechaza, pero logra adueñarse del poder usando el peronismo como palanca.

Se produce así una falsificación, una tergiversación de la voluntad popular, pues muchos peronistas terminan de este modo votando a un grupito sectario que, empero, por su potencia simbólica conquista posiciones relevantes. No deberían llamarse listas colectoras sino simplemente listas tramposas.

A veces esos personajes son meros opurtunistas, como Ramos, que terminó de Embajador en México, premio al que quizás aspire también el no menos oportunista Sabbatella. Pero a veces, como en el caso de Garre, Zannini, Kunkel, Verbitzky, Taina, Bonafini, D’Elía o Tomada, logran enquistarse en el entramado del poder e influir crucialmente en las decisiones.

Hoy en la Argentina ese grupo de falsificadores que se ha apropiado abusivamente del sello peronista obtura la clarificación del tablero politico. El núcleo duro del peronismo que es de centroderecha (Scioli y sus intendentes, y muchos gobernadores del interior) le brinda una inesperada apoyatura logística a ese grupito minúsculo de nacionalistas de izquierda y, por ende, ese grupito que no representa más que el 10 ó 15 % de la voluntad popular, se alza con el poder a través de los Kirchner. Es una impostura, una patraña contra el pueblo. En rigor, ese grupito de los Garre y Verbitzky debería estar no con el peronismo sino del otro lado.

La solución para que se produzca el realineamiento es que Scioli diga la verdad: que diga que él no está con los Kirchner y que los Kunkel, los Garré, los Zannini, etc. están en la otra vereda, que él está con el peronismo real, la centroderecha, y no con los entristas de centroizquierda.

No lo hizo hasta ahora. Pero Sabbatella, “colgado” de la fórmula de Cristina K, podría robarle los mismos votos que sacó Ramos en la segunda elección del 73, entre un 10 y un 15 %, la cantidad suficiente para que un De Narváez o un buen candidato radical le arrebaten a Scioli la Provincia, o como mínimo para debilitarlo en su futuro político.

Pero, ¿qué ocurriría si Scioli desdoblara las elecciones en la Provincia de Buenos Aires, adelantándolas? Dejaría a Sabbatella huérfano de la ortopedia cristinista: con una boleta que no llevara arriba el nombre Kirchner ¿cuántos votos podría sacar?

Si esto llegara a suceder, y a su vez Macri no desdoblara la elecciones en Capital Federal (para que su candidatura a Presidente y la de Michetti a gobernadora se repotencien mutuamente), no sólo Scioli conjuraría la operación de la perversa colectora sino que heriría de muerte a Cristina al quitarle los nombres de Scioli y de los intendentes bonaerenses en las boletas.

Así, los intendentes, liberados de su responsabilidad distrital, razonablemente podrían trabajar en octubre para la candidatura más “peronista” de Macri, Solá y Duhalde (de quienes se sienten más cerca), condenándola a una segunda vuelta en la que difícilmente podría ganar.

¿De qué depende que Scioli se decida a dar el salto? A mi juicio, de lo que digan las encuestas sobre la reelección de Cristina: si su intención de voto cae por debajo de 30 puntos, Scioli no tendrá más remedio que jugar su carta del desdoblamiento.

Del mismo modo que los bancos le prestan plata a quien prueba que tiene plata, Scioli ayudará a Cristina a ganar (no desdoblando) sólo si las encuestas indican que Cristina va a ganar. Así, las encuestas primero y Scioli después se convertirán en los dos grandes electores.