EQUILIBRIOS
[ Julio Doello | 7/3/2011 ]

Diana Conti, fiel a su cultura estalinista, soñó en voz alta una Cristina Eterna. Pero Cristina en la apertura del Congreso se apresuró a decirle: dejá, así no me defiendas más. Es que hay gente que la defiende mal, como Horacio González, quien se queja de que el último premio Nobel de literatura, Mario Vargas Llosa, haga la apertura de la Feria del Libro en Buenos Aires. Cristina se da cuenta de que a nivel mundial todas las exageraciones son condenables. Es que a veces la mayor dificultad de un político audaz es contradecir a las fuerzas que él mismo procreó. Pueden controlarse las críticas de la oposición pero Dios nos libre de las alcahueterías de los aliados, 6,7,8 mediante. A veces hace más daño un elogio de la tropa propia que mil diatribas de los adversarios. Este es el caso.

Es que la izquierda se siente dueña de la inteligencia y el talento, aunque la contradigan miles de ejemplos y, en su apresuramiento por instalarse como único faro ideológico, suele meter la pata. Por ventura, la inteligencia y el talento no son hermanos gemelos y democráticamente suelen posarse libremente en cabezas diferentes y en las personas menos indicadas sin tener en cuenta sus preferencias ideológicas. De ahí lo divertida de la vida.

Qué drama, por ejemplo, para el progresismo K, que el insigne aliado Chávez, amigo de Khadafi, se ofrezca como mediador en la guerra civil de Libia. Libia es una especie de segunda caída del muro, construido en otra circunstancia y con otras esencias. Sobran muertos en las calles y egolatría y fanatismo en el “Hermano guía de la revolución”. Pareciera ser que el Libro Verde de Khadafi se enverdeció aún más por el moho con que la historia acostumbra a colorear el paso del tiempo. Este hombre está en el poder desde la época en que aquí estaba Onganía. Para dar una idea (y de paso reflexionar sobre la necesaria periodicidad de los mandatos), mientras Khadafi permaneció incólume en el poder, en Libia, en la Argentina pasaron diecisiete presidentes, la mitad de los cuales ya han muerto. Es que los dictadores son eso, tipos que pretenden eternizarse controlando el tiempo que es sólo arena circulando en el reloj, y Cristina puede ser frívola pero no tonta, y no guarda en su alma los rencores comprensibles de su marido. A ella le decían “La hermosa” y al él “Lupín”, por un personaje de historieta que conducía aviones riesgosos con sus ojos averiados. Sin rencor por los caprichos de la naturaleza, la mente está más abierta. La Presidenta entiende que los idus imponen el equilibrio y está dispuesta, por conveniencia, a deslizarse en el trineo de la moderación.

Así que preparémonos para que en el tiempo que resta hasta el próximo acto electoral nos encontremos con una Cristina que morigere y hasta niegue los principios que juró defender. Táctica y estrategia. Apariencia y secreto. La democracia exige ciertas traiciones para que los partidos aseguren su permanencia en el poder. Así como Cristina no habló de la inflación, tampoco hablará de Libia (aunque secretamente admira al dictador), y comenzará a hablar un poco de la inseguridad, para que la medrosa clase media piense que, si la votan, los homicidios y los robos cesarán (mientras, Nilda Garré es la encargada de robarle las banderas a Scioli en la Provincia de Buenos Aires, y todos los cristinistas están lanzados a terminar con su Ministro de Seguridad, Ricardo Casal, simplemente porque denota algo de eficiencia en su función, lo que revela la manía conspirativa de la candidata). Tampoco habrá piedra libre para que los piquetes corten las calles descontroladamente y siembren el caos (aunque seguirá aliada a Pérsico, D’Elía, etc., lo que también exhibe la contradicción). La Presidenta sufrirá algunos sacudones internos y echará paños fríos sobre la cabeza de los que se sientan más traicionados, para anular cualquier posibilidad de rebelión que amenace su plan electoral. En la oposición no hay nadie que la iguale en voracidad y, en última instancia, cuenta con una caja inconmensurable que le legó su extinto marido, para que las voluntades remisas vayan cediendo. La imagen de la viuda que resiste con los ojos llorosos es difícil de desinstalar. Pero si llegara a ganar: ¿gobernará con la táctica o con la estrategia, con la apariencia electoralista de la moderación o con el secreto ideológico de la radicalización? Por lo pronto, sabemos que no forma parte de su carácter la revelación de este misterio, si implica el sacrificio de sus posibilidades de triunfar.