LA TRAGEDIA DE HEBE
[ Julio Doello | 7/6/2011 ]


Hebe va hasta la heladera, la abre y sólo encuentra un blister de yogurt y un pedazo de dulce de batata. Se caga en el médico hijo de remilputas que la caga de hambre y corta un pedazo de dulce de batata que mastica con rabia. Que se cague la glucemia y que los médicos se metan sus dietas en el culo. Ella está en guerra a contratiempo, está sola y se siente una vieja pelotuda. Sergio la cagó como se caga a una sirvienta. ¿Por qué le pareció que en esos ojos desesperados tras los barrotes de la cárcel de Caseros estaban los ojos de sus hijos? Tal vez la cegó su odio por el famoso Zero, ese almirante tenebroso que soñaba con construir poder con los torturados que se pusieran de su lado, con esos quebrados que imprimían falsas consignas de los Montoneros. Quizás creyó la historia de que Sergio y Pablo no mataron a fierrazos a sus padres mientras dormían, sino que un grupo de tareas de la ESMA armó la escena del crimen y los obligó a fingir un parricidio que no cometieron y que la aceptación de sus responsabilidades les salvaba la vida porque los tentáculos de la represión atravesaban los barrotes de la cárcel y amenazaban sus vidas. Sólo eso explica que tuviera tanta piedad por esos chicos condenados por matar a sus padres. Por un Sergio Schoklender que siempre dominó a puro carácter a su hermano Pablo, un secuaz secundario que nunca termina de aparecer en escena y prefirió la huida a Bolivia con sus secretos en el pecho hasta que fue capturado por Interpol. Hebe los adoptó porque los sintió víctimas del sistema como sus hijos. Foucault sostiene que los asesinos son más revolucionarios que los revolucionarios: chicos violentos que pensaban bien en un mundo que pensaba mal y aniquilaba a los que resistían. Quizás hasta creyó descifrar la clave de la violencia justa que domina a las almas torturadas y los absolvió pegándolos a su corazón de madre desolada para alimentarlos con sus pechos abundosos de la leche del resentimiento. Quizás, Hebe de Bonafini siempre soñó en el fondo con hijos que manejaran Ferraris frente a los ojos de los poderosos, que surcaran los cielos en aviones propios mirando desde arriba a los que la habían condenado a ser nada más que una mujer mirando el cielo de La Plata. Quizás soñó con mares que sólo podían ser surcados por barcos importantes en los cuales sus hijos putativos le trazarían un derrotero hasta arribar a la isla de la justicia absoluta. Tal vez en el fondo consintió la ofensa a la memoria de tanto muerto insepulto para que sus hijos adoptivos fueran felices en la Argentina de la resurrección y de la justicia revolucionaria como no lo pudieron ser sus propios hijos. Les dijo mil veces que no se cebaran. Que hicieran la suya, que medraran sin traicionar la historia de miles de mujeres que deambulaban en busca de esqueletos a los cuales ponerles un nombre y cerrar el trágico periplo de su duelo. Pero ellos no escucharon sus palabras. Schoklender creó Meldorek para hacer casas para los pobres con el dinero que Néstor y Cristina le derramaban para transformar un grito de dolor en una empresa que cumpliera con los sueños de los desaparecidos, y ella se lo creyó. No se dio cuenta que el pañuelo blanco no la cubría de la lluvia de la insidia, que los mercaderes de Venecia vendrían por ella y que más temprano que tarde debería entregar la libra de carne más cercana a su corazón para pagar las deudas de su propio naufragio. Mientras mastica el pedazo de dulce de batata piensa que no hay abogado que la libre de su papel de partícipe necesaria de un delito de lesa humanidad: haber destruido por pura soberbia la sacralidad que las Madres de Plaza de Mayo ocupan en el corazón de todos los argentinos de bien, es otro delito tan imprescriptible como el de haber asesinado a adolescentes ebrios de utopia y haberse apoderado de sus hijos como botín de guerra.