UNA FRANCESA EN EL PATÍBULO
[ Julio Doello | 10/1/2012 ]
Disparó a la cara de su compañero de vida con resolución. Un tribunal prejuicioso, pleno de atavismos tribales, tal vez la juzgue prescindiendo de las leyes, de las penalidades asignadas por el Código Penal y del inquietante detalle de que ella estaba lúcida cuando abrió el cajón de la mesa de luz, tomó el viejo 38 que dormía amenazante entre pastillas y estuches de anteojos, apuntó a la cabeza del Gobernador y apretó el gatillo. Lo paradojal es que quizás, al apartarse del método científico que requiere el derecho, ese fallo heterodoxo cumplirá con una justicia pantónoma en perspectiva del calvario atemporal de la homicida.

A ella no sólo la cercará el tedioso aparato de justicia y el cacareo de los medios, sino también los fantasmas del primer beso y del primer maltrato, de las noches furibundas en las cuales intercambiaron arañazos, reproches y mordiscos, para hundirse finalmente en un sexo prodigioso y dañino al cabo del cual se sentía vencida ante el fervor de ese hombre descomunal, con modales de cosaco ebrio, que la había cautivado en la adolescencia.
Todo francés lleva dentro de su corazón un estratega, un asesino y un emperador. Pero si hay algo que no resiste es ser esclavo. Y Susana es de ascendencia francesa, una aristócrata natural, cuyos antepasados acompañaron a Roca en su campaña de exterminio. El Gobernador era un gallego enjundioso, conquistador y calentón, que navegó ileso por los meandros endemoniados del peronismo y entre otras cosas condujo la famosa SIDE.

Lo primero que hace un jefe de espías cuando tiene los medios es investigar a su propia familia. Así descubrió que tenía un hijo homosexual y que en una época ella se rindió a un amante ocasional, cuando no pudo soportar más el desamparo de sus largas ausencias. Dos esbirros enviados por él lo persuadieron de la conveniencia de esfumarse. El Gobernador fue célebre en la noche de Buenos Aires. Los floristas lo esperaban a la madrugada para que les comprara las rosas que le regalaría a la elegida de ocasión a la salida de un tugurio árabe del cual escapaban los rumores sensuales de un derbake.

Como una esclava liberada de la mazmorra, ella narró los vejámenes que sufrió desde un tiempo inmemorial y el último tormento. El Gobernador era un hombre entrado en años pero aún buen mozo, con voz ronca de minero, y además no hay nada más sexy que el poder. Le espantó dos o tres reinas de la manzana que cayeron seducidas por los ojos claros, la billetera dispendiosa, las ostras y el champán que les ofreció. Pero la última tenía 24 años, era políglota y bailaba raggetón como una sacerdotisa desquiciada. El Gobernador en pocos días más se trasladaría a la capital de la provincia y ocuparía la mansión destinada a los que mandan. La noche fatídica de fin de año, cuando todos habían abandonado la fiesta y ellos entraron al dormitorio, él se desnudó, tambaleante por el alcohol, mostró obscenamente su vientre abultado y se trasladó hasta el baño con su miembro oscilante como el badajo de una campana a punto de estallar. Ella no se animó a quitarse la enagua. Había parido cuatro hijos, sabía que las mujeres envejecían naturalmente más rápido que los hombres y su conciencia del ridículo la paralizó. Oyó en silencio el largo chorro de orina contra el inodoro y aprovechó para meterse en la boca un puñado de tranquilizantes. Cuando volvió a la cama, le acarició los vellos del pecho y se mostró insinuante, pero él, incómodo, la apartó suavemente con una mano y lanzó un suspiro hondo. Se sintió abandonada y con la voz quebrada por la indignación hizo una pregunta de la cual ya sabía la respuesta: “¿Cuándo nos vamos para la capital?”

Él le había dado la espalda y fingía una modorra que le volvía la voz aguardentosa: “No. Vos no venís. Vos te quedás acá cuidando todo”.
Ni siquiera le contestó. Sabía que en la reyerta siempre terminaría vencida. Se preguntó si su largo calvario no estaba inscripto desde el minuto cero de la relación, si no era en definitiva una elección que ella misma había hecho y que quizás, si tuviera que repetir la vida, volvería a hacer. Pero era francesa; así que se levantó de la cama, abrió el cajón de la mesa de luz, sacó el revolver y disparó.

La última imagen que recuerda son los brazos extendidos, las manos oscilando como abanicos y la boca entreabierta del Gobernador que, en un último arresto político, le gritó algo que tal vez no era estrictamente falso: “¡No hagas eso. Te amo!”

Y al destello lo siguió la oscuridad.