HIJOS PUTATIVOS DEL MASSERISMO
[ Marcelo Gioffré | 17/3/2012 ]
El kirchnerismo, cuya aparente matriz descansa en la defensa de los derechos humanos y la condena de los crímenes de la dictadura, parece a priori la antítesis del masserismo, proyecto político que cundió en el segundo lustro de los 70. Pero es posible una mirada menos ingenua. Para su cometido, Massera echó mano a una serie de instrumentos, uno de los cuales fue –justamente– la reivindicación internacional de los derechos humanos, tratando de desmarcar a su fuerza de las atrocidades, para lo cual diseñó el Centro Piloto de París y tendió puentes hacia la organización Montoneros. Claro que este intento era completamente cínico. Pero, ¿no será también, en el caso de los Kirchner, una postura táctica el alineamiento con las organizaciones de derechos humanos? Al fin y al cabo, ¿cuántas condenas consiguieron? ¿Tuvo algún efecto concreto la reapertura de los juicios o fue meramente una sobreactuación? ¿Fueron contra alguien con poder o sólo contra curas, policías y ancianos moribundos, fichas de bajo valor? Si hubieran estado los Kirchner tan convencidos del tema de los derechos humanos, ¿por qué motivo no lo habían enarbolado antes? También Massera, como los Kirchner, se sintió heredero de Perón (que fue quien lo ungió como comandante) y entabló una alianza con los montoneros: con Galimberti, Perdía y Firmenich habría tenido frecuentes encuentros en Europa. Muchos militantes de los 70, como Horacio Verbitsky, Carlos Bettini, Eduardo Anguita o Eduardo Luis Duhalde gozan de neta centralidad en el kirchnerismo. El Mundial 78 fue capital en la estrategia de Massera (el manejo efectivo recayó en una persona de su entorno: el capitán Carlos A. Lacoste, y se rumorea que el asesinato del primer presidente del EAM 78, el general Carlos Actis, obedeció a que dicha persona quería imponer una austeridad que contrastaba con los deseos de la Armada). Hoy, Fútbol para todos es instrumento neurálgico de los Kirchner. Malvinas, qué duda cabe, también los une. Para Massera fue aparentemente una obsesión, como lo es ahora este súbito reflotamiento del tema por parte del kirchnerismo. En rigor, es un viejo anhelo de los montoneros, quienes habrían entusiasmado a Massera en la idea de esa epopeya disparatada. No es casual que Dardo Cabo, justamente un montonero, fue quien hizo un primer desembarco en las islas en la época del general Onganía. ¿No se parecen Tiempo Argentino y el periódico masserista Convicción, incluso en su estética? Es más: la misma ideología de Massera, en materia económica, era lo más parecido que se puede conocer a Guillermo Moreno: dirigista, estatista y nacionalista. De ello da cuenta la búsqueda de alianzas políticas: no tendió puentes hacia Alvaro Alsogaray, sino que intentó acercarse al Partido Intransigente, liderado por entonces por Oscar Alende, una suerte de Sabbatella de la época. Hasta la iconografía pública tiene algo en común: así como el kirchnerismo imanta a intelectuales que creen ver en él ciertas verdades inefables, el masserismo llegó a seducir a uno de los máximos rebeldes de nuestra literatura, el underground por excelencia: Osvaldo Lamborghini, quien creyó sentir una epifanía al entrar en contacto con el partido masserista. Es verdad que el destino de los enemigos políticos resultó muy distinto y en esto se diferencian drásticamente: Elena Holmberg, Marcelo Dupont, el embajador Héctor Hidalgo Solá, el abogado Miguel Padilla o el periodista Horacio Agulla, para citar pocos ejemplos, fueron asesinados. Y Guillermo W. Klein y Juan Alemann sufrieron graves atentados. En cambio, el ensañamiento con Ernestina Herrera y el Grupo Clarín (que incluyó la denuncia por la presunta apropiación de los hijos, la quita del negocio del fútbol, los intentos fallidos de sacarle Fibertel y cambiar la grilla del cable y la perversa cláusula de desinversión en la Ley de Medios), la persecución al juez Otilio Romano, casualmente unos días después de que fallara contra la Ley de Medios, y al embajador Eduardo Sadous no bien denunció la embajada paralela en Venezuela, las falsas querellas contra Enrique Olivera por una cuenta inexistente y contra Francisco De Narváez antes de las elecciones, el ataque a Gerónimo Venegas y a Uatre, o incluso las causas que mantienen en vilo a Hugo Moyano, son operaciones graves pero, al menos, incruentas desde el punto de vista físico. No es poco, pero también es cierto que hoy en día el autoritarismo tropieza con la globalización y la tecnología que lo mantienen a raya: son épocas distintas. Lo importante es saber que en el kirchnerismo anida una tradición antiliberal que, para simplificar, llamaremos montonera. Por sí sola no llega al poder, es minoritaria, tiene que hacer entrismo: se mimetiza y solapa en los pliegues de otros grupos con los que comparte bajamente la historia.