LA VENGANZA
[ Julio Doello | 5/7/2012 ]
Si Cristina se dejara llevar por sus más íntimos deseos, parodiando la historia del Papa Formoso, desenterraría a Perón, sentaría su cadáver en el sillón presidencial y lo juzgaría por su traición a la juventud maravillosa de la que ella y Néstor formaron parte en los setenta. Todavía recuerda con odio aquel 1 de mayo en que el General eligió quedarse con los rancios líderes sindicales y los políticos reaccionarios que componían una cohorte ortodoxa en la cual se afirmó para intentar su último gobierno, acusando de estúpidos e imberbes a quienes habían puesto los fierros y la sangre para asegurar su regreso, porque soñaban con heredar su liderazgo. Poco después Perón daría aliento a la creación de la Triple A, para terminar con aquellos a los que había calificado de psicópatas, después de instarlos a que, en caso en que tuvieran ideas marxistas ajenas a la doctrina peronista, abandonaran su movimiento y formaran su propio partido. Los expulsados de la Plaza, aprovechando el halo mitológico que causó la muerte temprana de Evita, decidieron divorciarla históricamente del hombre por el cual había dado su vida, y cuyo accionar constituía su única y obediente ideología, gestaron una imagen falsaria y la erigieron post mortem en una líder socialista que la ilustre muerta nunca pretendió ser ni en sueños, pero que por obvias razones ya no podía contradecir. Es por eso que, en este Primero de Julio en que se cumplieron 38 años de la muerte del hombre más importante de la historia del siglo veinte en la Argentina, Cristina castigó su memoria sumiéndolo en el olvido oficial. Es que sueña con desplazar el paradigma del jinete del caballo pinto por el “nestornauta” oculto tras la escafandra para combatir a los enemigos de afuera y de adentro y concretar los sueños de la patria socialista por la cual cayeron miles de militantes que no se resignaron a creer que “el viejo”, como llamaban al General, no los hubiera elegido como sucesores universales de su revolución inconclusa. A ella le queda la consigna de ser una superación de Evita, a la que todavía no niega, pero a la cual poco a poco irá raleando de la liturgia y los discursos para que su esplendorosa cabellera negra, su estilo fashion y el “avanti morocha” vayan reemplazando en la retina memoriosa del pueblo la imagen del “hada rubia” a la que dos ingleses le escribieron una ópera rock que hizo historia. Lo que no consiguieron Aramburu y Rojas bombardeando camiones cargados de obreros y de escolares, en un lejano 1955, lo que no consiguió Onganía sobornando a líderes sindicales corruptos, lo que no consiguió Lanusse con sus invitaciones fatuas a duelos criollos de los cuales el General se rió, lo que no logró Menem hundiendo al peronismo en la impostura de su aventura neoliberal, pueden conseguirlo Cristina y su cofradía de resentidos, unidos a un progresismo compuesto por guerrilleros vencidos, por cierta izquierda caviar que se neutralizó con el estampido de la primera bala y se ocultó durante todo el Proceso Militar tras las inocuas máquinas de escribir de oscuros numerarios y por jóvenes inadvertidos que se autodefinen como peronistas pero que ni siquiera han hojeado los suburbios del pensamiento de Perón. Por eso es que es fácil para ellos batir la coctelera con las ideas de Fidel Castro, con las del Che y las de Perón. Perón fue un ferviente anticapitalista cuando entendió la libertad de mercado como la libertad del zorro en el gallinero, pero también fue un ferviente anticomunista cuando denunció la insectificación a la que condenaba al hombre el estalinismo ruso. El pragmatismo de Perón tenía como sustento un severo análisis de la cuestión política mundial en tiempos del mundo bipolar y los pragmatismos de Menem y de Kirchner constituyen un reduccionismo iletrado de aventureros de coyuntura, sin la solvencia intelectual para entender los mecanismos lógicos de un hombre que se había formado leyendo a Plutarco. Kirchner no nos dejó siquiera un opúsculo en el cual pudiéramos adivinar su verdadera esencia ideológica. Eligió la acción como paradigma de su paso por la tierra apretado por la dificultad de haber llegado al poder con un 22% de votos, menos aún de los que habían obtenido los radicales en 1963. Kirchner fue un gran táctico, pero la intuición estratégica primordial, que es el don de los estrategas, le resultó siempre una materia incomprensible. No estaba preparado para eso. Cristina es la paródica “formación especial” de ese voluntarismo suicida que quiso transformar al viejo líder en un émulo de Fidel Castro, ignorando que cada país crea su propio fenómeno revolucionario para enfrentar el determinismo histórico y que no se puede extrapolar la experiencia entre culturas asincrónicas. Ojalá que Cristina, aprovechando el gramscismo impuesto por el kirchnerato, que hoy gobierna la mitad de los medios culturales y de comunicación, consiga pronto su propósito, y se instale como una negadora definitiva al pensamiento de Perón, para que nos dejen a nosotros, los que creemos verdaderamente en el General sin manos, los que leímos y aprendimos a pie juntillas su Comunidad Organizada, hacer nuestro duelo en paz. Perón soñó con la unión de los trabajadores, las fuerzas armadas y las fuerzas productivas del país para que vivamos una Argentina decente donde existan una sola clase de hombres: los que trabajan. Donde exista un único privilegio: el de los niños. Hablo de esos mismos niños que nos matan en las calles, destruidos por su abandono, su exclusión del sistema y su acceso fácil a la droga barata, mientras el gobierno se autoproclama como la mejor administración de los últimos doscientos años.