YA NO HAY NEUTRALIDAD POSIBLE
[ Marcelo Gioffré | 2/11/2012 ]
Ha resultado muy oportuno el reestreno del mítico film Casablanca. Recordemos que en 1941, con París ocupada por los nazis, muchos ciudadanos que intentaban escapar a los Estados Unidos tenían que cruzar el Mediterráneo, desembarcar en las costas africanas, ir por tierra hasta Casablanca y, consiguiendo un visado especial, partir hacia Lisboa para tomar allí el avión a Nueva York. Pero algunos quedaban varados en Casablanca, tal el caso de Rick, el personaje que encarna el inolvidable Humphrey Bogart, a quien se le plantea una encrucijada ética muy terrible frente a la reaparición sorpresiva de una amante de la que se había separado cuando huyó de París. ¿Qué vale más: el amor o los ideales políticos? ¿Es lo individual más importante que lo sociológico? En el supuesto de Casablanca lo que estaba en juego era la lucha contra el fascismo: si triunfaba Hitler se perdía totalmente la libertad, de manera tal que el ideal político debía prevalecer sobre lo individual. Esto significa que la respuesta depende del grado de peligro. En la Argentina de los últimos años las relaciones afectivas, laborales y hasta amorosas han quedado atravesadas por el eje estereotipado entre quienes defienden y quienes fustigan al kirchnerismo. ¿Cuál es aquí el grado de peligro? Frente a un Estado poderoso y un individuo pequeño, dos remedios corrigen esa asimetría: la fragmentación del poder y una barrera llamada derechos individuales. En cuanto a la fragmentación, a su vez, tiene dos vertientes: la división de funciones (de poderes) y la división en el tiempo (la alternancia). La división de poderes se fue desdibujando hasta desaparecer: basta ver las presiones impúdicas del oficialismo sobre los jueces federales, la Corte Suprema y el Consejo de la Magistratura. Hay incluso amenazas personales como en el caso del juez Raúl Tettamanti. Ni hablar de la transformación del Congreso en una escribanía automática. En cuanto a la alternancia, un matrimonio ya lleva nueve años en el poder, en 2015 llegaría a 12 y pretende aún más. Dictadores feroces como Hitler llegaron a la misma cantidad: 12 años. Y ahora van hacia la anulación de los derechos individuales, última barrera que puede alzar el ciudadano. Desde la libertad de prensa hasta la libertad de circulación están gravemente amenazadas. Es inquietante advertir que el Gobierno acusa a los otros exactamente de lo que ellos quieren perpetrar: para anular toda voz disidente sostienen que vienen a “democratizar la palabra”. La tergiversación verbal llega a la apoteosis de argüir que la Justicia no debería ejercer su papel de custodio de la legalidad o que la minoría del Consejo de la Magistratura no debería cumplir su rol de contralor en el nombramiento de los jueces. Pero el intento de silenciamiento llamado 7D no es un fin en sí mismo, sino la herramienta para implantar derechamente el despotismo: cuando toda la prensa sea un inmenso Indec los ciudadanos recibirán información falsificada y ya no serán libres para votar. Bajo esta perspectiva, ¿no es razonable pensar que los ideales políticos están en la Argentina de hoy por arriba de la amistad y hasta del amor, como lo estaban en la Casablanca de 1941? Ya no hay golpes de Estado porque los populismos son ahora el nombre amable pero fatídico del despotismo latinoamericano. Casablanca vuelve para interpelarnos en momentos en que lo que está en juego no es la encrucijada entre el Gobierno y un grupo económico, ni mucho menos entre el kirchnerismo y la oposición, sino entre república o tiranía. No hay hoy neutralidad posible: los tibios, los distraídos y los cautos son colaboracionistas. Los matices, que suelen ser muy ricos en épocas normales, han perdido todo espesor simbólico en este cruce de caminos.