ARCO 2014
[ Marcelo Gioffré | 9/3/2014 ]

 

La 33ª edición de ARCO en Madrid abrió con un debate no justamente artístico, sino fiscal: ¿cuál era realmente el IVA aplicable a las obras de arte? El gobierno había decidido rebajar el IVA para obras de arte, como una forma de aliento frente a la crisis, del 21 al 10%, lo que despertó gran entusiasmo entre los galeristas. Pero, cuando leyeron la letra chica, advirtieron que esa disminución era exclusivamente para la venta del artista al coleccionista, lo que llevó a una notable confusión dado que, del precio que paga el adquirente, una parte va para el artista (normalmente el 60%) pero otra parte va para el galerista, a quien no alcanzaba la rebaja. Algunos expositores pensaron en concretar directamente las ventas del artista al coleccionista y que luego el artista le pagara la comisión, pero esto traía nuevas complicaciones, ya que en tal caso el galerista debía facturar al artista la comisión con el 21%. Frente a semejante perplejidad, el Director de ARCO, Carlos Urroz, zanjó el asunto salomónicamente: decidió aplicar 15,5 % de impuesto.

En cuanto a la faz artística, una de las presentaciones más impactantes correspondió al argentino Diego Bianchi, que realizó una peculiar performance: un actor estaba enganchado por distintas partes del cuerpo mediante tensores de alambre y, al irse desplazando en movimientos leves, funcionaba como una polea humana que movía distintos elementos que había en la sala conectados a los tensores. Las otras propuestas de expositores argentinos consistieron en el stand de Del infinito, que llevó exclusivamente obras del artista cinético radicado en Francia Julio Le Parc, el siempre activo Ignacio Liprandi que, luego de su excelente paso por Zona Maco México (donde logró vender al Jumex una videoinstalación de Ana Galardo), presentó en Madrid unas potentes esculturas de Claudia Fontes, artista argentina radicada en Londres, ex mujer de Jorge Macchi, y unos dibujos de la joven artista peruana Rita Ponce de León, y la propuesta siempre más conservadora de la galería de Jorge Mara. 

Resultaron particularmente interesantes los trabajos de gran tamaño del fotógrafo alemán Wolfgang Tillmans, en la emblemática galería Juana de Aizpurú; la caja lumínica del chileno Alfredo Jaar, que rescató y adquirió los derechos de la foto de Lucio Fontana volviendo en 1946 a su estudio destruido en Milán, en la Galerie Thomas Schulte; la obra de la mexicana Teresa Margolles (de quien también podía verse la obra Recados póstumos –mensajes de suicidas en las marquesinas de viejos cines–, en la colección de la propia ARCO en el museo de Alcobendas), consistente en la foto de una casa demolida en Ciudad Juárez, para tapar evidencias de delito, complementada con un sillón rescatado de debajo de los escombros en ese mismo lugar, presentada por Mor-Charpentier (galería que este año ira por primera vez a ArteBA); las dos instalaciones conceptuales de Daniel Canogar (quien con su aspecto de Quijote moderno me recibió un domingo a la mañana en su taller), llevadas a la feria por la galería española Max Estrella: una estructura helicoidal con leds, de unos 50 kilogramos, colgada, con leyendas que van pasando en distintos colores, y un teclado de computadora cuyas letras se rebelan; las esculturas llamadas nubes, que parecen telarañas dentro de una caja, del artista tucumano radicado en Berlín Tomás Saraceno, presentadas por la galería dinamarquesa Andersen’s; y la caja fuerte deforme de Elmgreen & Dragset, llamada Safe, del año 2009, presentada por Galleri Nicolai Wallner. Eugenio Merino, que en 2012 provocó gran revuelo con la figura de Franco en una nevera, en esta edición volvió con “V de Verdugos”, un tríptico de máscaras (similares a las de “V for Vendetta”, popularizadas por el grupo Anonymous), con incrustaciones de Swarovski, glamorizando irónicamente un símbolo anárquico.

Galerías tradicionales como Lelong, que llevó a tanques como Joan Miró, Helio Hoiticica, Jaime Plensa y Antoni Tapies, o Marc Doménech, con Miquel Barceló, Georges Braque, Eduardo Chillida, Pablo Picasso y Salvador Dalí, o Marlborough, con Juan Genovés o el colombiano Fernando Botero, no hicieron apuestas arriesgadas. Más allá de lo comercial, ¿qué sentido, qué consistencia tiene llevar consagrados de los años 40 o 50 a una feria de arte contemporáneo? 

Vale la pena mencionar otro aporte argentino, que incluso despertó el interés de la crítica del diario El País: en la galería Espacio Mínimo la artista Liliana Porter imaginó una sombras pintadas en la pared que replicaban a los galeristas y a ella misma. Daba la impresión de que se trataba de fantasmagorías que se despejarían cuando alguien, el proyectado, saliera del foco de luz y, sin embargo, era una obra fija, una obra prodigiosa. 

Para finalizar, la presencia de Finlandia como país invitado, salvando alguna excepción, fue decepcionante.