BIOY CASARES, EL DANDY DESPAREJO
[ Marcelo Gioffré | 21-9-2014 ]


(Reflexiones sobre la vejez, la muerte y la inteligencia)

Crédito: Expuesto en las Jornadas Bioy en Las Flores, en el Salón Rojo de la Municipalidad el 19/9/2014, y publicado en tapa del Suplemento Literario de La Gaceta de Tucumán.

 

El domingo 29 de diciembre de 1985, cuando el diario La Nación publicó en la tapa de su suplemento literario, con ilustración de Silvina Ocampo, el relato “Planes para una fuga al Carmelo”, Adolfo Bioy Casares tenía 71 años y era feliz. Aún no había muerto Borges. Aún Silvina no había iniciado su largo proceso de declinación. Cinco años después Bioy recibiría el Premio Cervantes. Pero siete años después, a fines de 1992, se desató la catástrofe: en un accidente casero el fémur se le incrustó en la pelvis, la muerte de Silvina el 14 de diciembre del 93 y, tres semanas después, la prematura muerte de Marta Bioy, la hija que había tenido con otra mujer y que Silvina había adoptado como propia, en un absurdo accidente de tránsito, inauguraron la larga sesión de desdichas.

 

Ese cuento plantea cuestiones considerables en la narrativa de Bioy: la muerte, la vejez, los desafíos de la inteligencia y el amor.  En una tercera etapa de la civilización, entre la Argentina y el Uruguay se dividen el mundo. En una primera etapa había habido un predominio de lo religioso; en la segunda, de lo político; en esta tercera, de lo médico. La Argentina había logrado suprimir las enfermedades pero no la muerte: en cierto momento un médico visitaba a cada persona y, si corroboraba que no estaba del todo lúcida, la sentenciaba a muerte. Así, se vivía en un ambiente sano, entre gente jovial. En cambio el Uruguay logró desterrar la muerte pero no las enfermedades y naturalmente tampoco la vejez, razón por la cual se iba convirtiendo en un gran depósito de viejos. ¿Qué es mejor: eliminar las enfermedades o eliminar la muerte? Tanto las enfermedades como la muerte constituyen enormes desafíos para la inteligencia humana. Bioy lo dijo en una entrevista en diciembre de 1986: “No es porque me interese la medicina particularmente, sino porque me interesa, a veces, ver cómo podría uno franquear esos límites que pone la naturaleza”. Diríamos que en Bioy había una triple tensión: por un lado tenía la superstición de que, como dice el tango, no se puede ir contra el destino, pero a la vez no era una persona de fe, y en tercera instancia tenía la convicción de que la inteligencia con el tiempo, si le dieran milenios para que trabajara, podría vencer todo, incluso la muerte. Pero en una nueva vuelta de tuerca sentía que esas victorias de la inteligencia quizás fueran precarias, poco satisfactorias.

 

Quizás más que la inmortalidad, por la que opta el personaje de “Planes…” (diciendo que el todo es mayor que las partes), Bioy prefería algo así como la eterna juventud, lo que intenta el personaje de “Historia desaforada”, cuento publicado también en tapa del suplemento literario del diario La Nación, el domingo 6 de julio de 1986, un mes después de la muerte de Borges. En “Historia desaforada” el profesor Haeckel ensaya un tratamiento sobre un hombre para devolverle la juventud. La operación consiste en aislar hormonas de organismos que crecen (por ejemplo de un niño de dos años), que dejan de actuar fuera del período de crecimiento, e inyectarlas en el cuerpo de un hombre viejo. El paciente en efecto recuperó la juventud pero también, como todo niño, creció, se expandió, adquiriendo dimensiones sobrehumanas (aquí Bioy emplea una frase genial para describir la desgracia que aquejaba al paciente: “cierto gigantismo equivale al destierro”, lo que se concatena con aquella historia de Vargas Llosa en la cual un africano con un miembro descomunal se mutila para ser menos incómodo a sus amores).

 

La misma tentativa de paralizar el tiempo y con él la vejez es la que ensayan algunos personajes de Diario de la guerra del cerdo, libro del año 1969, cuando aún Bioy no tenía porqué preocuparse por la decadencia física: se ponen dientes postizos, peluquines, se tiñen, se visten como jóvenes. Tratan, en fin, de esconder su decrepitud detrás de variadas prótesis. En Descanso de caminante, al referirse al suicidio de Martha Lynch, en la noche del 8 al 9 de octubre de 1985, Bioy muestra otra vez su preocupación por el tema: “…el paso del tiempo la entristecía y la vejez la asustaba. Se había hecho numerosas operaciones de cirugía estética, sin buen resultado”. En rigor, la inquietud de Bioy viene de muy atrás, ya en 1949 escribió Las vísperas de Fausto, cuyo cuento homónimo plantea previsiblemente el problema del pacto. Y en Historias desaforadas vuelve sobre la cuestión con “El relojero de Fausto”. Allí se lee: “Creí siempre que alguna vez encontraría a un médico que atrasara mi reloj biológico y me alargara la vida cincuenta o cien años”.


Como se advierte, Bioy cree fervorosamente en el poder de la inteligencia, lo que se sintetiza en aquella frase memorable: “En cualquier situación, aun en las que no tienen salida, la inteligencia encuentra el agujerito por donde podemos escapar”, y en este sentido sería una suerte de sustituto de las religiones (que postulan que el hombre es como es por disposición divina), pero al mismo tiempo desconfía cruelmente de esas escapatorias: en “Historia desaforada” el científico logra aislar e implantar la hormona de la juventud en un hombre mayor pero no puede evitar que, junto con el rejuvenecimiento, el hombre crezca y se expanda como crecen los niños; en la Argentina de “Planes…” consiguen renovar la juventud pero no evitar la muerte que, autoritaria y fatal, irrumpe; en el Uruguay de “Planes…” dan con la inmortalidad pero no pueden eludir la acumulación de viejos achacosos. Es decir que la escapatoria, la solución llega siempre pegoteada de efectos no queridos que la desdibujan, del mismo modo que el avance tecnológico a la vez que clausura plagas abre las puertas a nuevas desgracias. Aun con estas prevenciones, a las que Bioy no era en absoluto ajeno, él tenía una suerte de fe ciega en la inteligencia humana, estaba a la espera, a la expectativa de algún nuevo invento de Morel que revolucionara la existencia. En este sentido, es pertinente afirmar que Bioy, siendo un escritor básicamente de la segunda mitad del siglo XX, cumplió cabalmente con el cometido de todo gran artista: fue testigo de su época. Fue iconográfico. Dejó huellas de un tiempo signado por sucesivas revoluciones tecnológicas. Y ¿qué otra cosa es el viagra que una revolución tecnológica, una forma de renovar la juventud, devolviendo la erección a hombres cuya sangre fatigada se resiste a fluir, sobre todo en el caso de Bioy, un gran mujeriego que a los 75 años se declaró un ex hombre? Lástima que el viagra estuvo disponible en 1998, como una trágica burla, sólo un año antes de su muerte.

 

La vida suele darnos estas lecciones. Es que, como dice el tango de Gardel que Bioy repetía con amargura: Adiós muchachos, ya me voy y me resigno  / Contra el destino nadie la talla… / Se terminaron para mi todas las farras, / Mi cuerpo enfermo no resiste más…” A veces, más que lecciones. son palizas, tundas tremendas que nos llevan a pensar hasta qué punto vale la pena mover un dedo. Bioy a lo largo de su vida tuvo todo: hijo único de una familia adinerada, talento para escribir, la potencia creativa para llegar a hacer una obra extraordinaria, premios como el Cervantes, respeto y admiración de muchos lectores, el casamiento con una mujer de fortuna y brillante como Silvina Ocampo, una vida completamente acomodada, buena salud (a pesar del lumbago) que le permitía jugar al tenis, un físico privilegiado, una elegancia y un porte únicos que lo hacían uno de los hombres más buenosmozos y codiciados de la ciudad, el talante de un donjuan, que lo llevaba a tener cientos de amoríos (algunos memorables y apasionados como el que tuvo con Elena Garro, la mujer de Octavio Paz, y otros triviales, por mero afán de coleccionista sexual, de lo que dan cuentas las infinitas cartas en las que más o menos repetía las mismas cosas a sus amantes circunstanciales, como una suerte de copy y paste en épocas en que no existía la computación), y amigos fuera de lo común como Borges, con quien regularmente se divertía mucho, o Francis Korn, con quien compartía almuerzos en La Biela.  Y súbitamente, en los últimos años, como si todas las plagas cayeran juntas, pierde a Borges, Silvina se enferma de Alzheimer, la salud le empieza a jugar malas pasadas empezando por esa terrible caída en su casa y la consecuente fractura, pierde a Silvina, pierde a su hija Marta en un absurdo accidente de tránsito, sus capacidades amatorias y deportivas lo abandonan, deja de ir al cine y, como si fuera poco, presa de un litigio judicial entablado por Alberto Frank, el segundo marido de Marta y padre de Lucila, sufre amenazas económicas y hasta corre riesgos de tener que irse del piso de la calle Posadas 1650.

 

Y es aquí donde quiero interceptar la vida de Bioy con una teoría de cuño personal. Un día, en los años 90, yo esperaba para cruzar Cerrito y de pronto vi que un Volvo de esos cuadrados, más bien viejo, frenaba, obligado por el tránsito. Adentro estaba Bioy, manejando, solo. No bien el tránsito se alivió, el coche arrancó y desapareció. En ese momento tuve un impulso: me senté a la mesa de un bar y escribí la teoría de las compensaciones de las dichas y desdichas. Si un hombre tiene todo, salud, dinero, amores, fama, ¿puede no acostumbrarse a esas ventajas y delicias de la vida? Una cosa es publicar un artículo en un diario para alguien que jamás lo ha hecho y otra para alguien que lo hace todas las semanas. Y si uno se acostumbra a la felicidad, la felicidad se va aguando, pierde espesor, uno vive cada uno de esos episodios como si estuvieran diluidos: a mayor número de felicidades menos intensidad de esas felicidades. Y, para colmo, al estar desacostumbrado a las desgracias, no bien le caen algunas las sufre con una intensidad furiosa: a menor cantidad de infelicidades mayor intensidad de esas infelicidades. ¿Cuán abrumado habrá estado Bioy cuando la vejez, las muertes cercanas, las incapacidades y hasta la amenaza no digamos de la pobreza pero si de alguna estrechez lo rodearon? Él, tan ajeno a las penurias, ¿cuánto las habrá sufrido? Y el caso aparentemente excepcional de Bioy me llevó a pensar en su reverso, alguien que siempre tiene desdichas, que desde niño vive en medio de desgracias y pobreza, para quien un minima felicidad puede ser, por la potencia de su originalidad, perfectamente compensatoria. Y así fui pensando que quizás, si se ponderaba cantidad y calidad de felicidades y penurias, de todos los seres humanos daba una cifra idéntica por efecto de la compensación entre cantidad y calidad. Sófocles lo dice en el final de Edipo Rey:  “Considerad que aquel Edipo que adivinó los famosos enigmas y fue el hombre más poderoso, a quien no había ciudadano que no envidiara al verle en la dicha, en qué borrasca de terribles desgracias está envuelto. Así que, siendo mortal, debe pensar con la consideración puesta siempre en el último día, y no juzgar feliz a nadie antes de que llegue al término de su vida sin haber sufrido ninguna desgracia”. Siempre temí la divulgación de esta teoría, pues en el fondo sustenta la idea de que nada que uno haga puede torcer ese destino de cifras igualadas, de compensaciones esterilizantes, de modo tal que es una invitación no sólo a la haraganería sino también a la inmoralidad. ¿A qué esforzarse si todos los caminos conducen al mismo punto? Hoy aquí la expongo, en la creencia de que es una teoría completamente metafísica en la que, en el fondo, nadie creerá a pie juntillas. Pero la expongo además como una forma de mostrar cuán inspirador es Bioy, no importa que los inventos de Morel sean eficaces o no, lo que importa es que remuevan las aguas estancadas, que sean revulsivos. En este sentido, lejos de ser un conservador cabría pensar a Bioy como un verdadero vanguardista.

 

Por suerte, Bioy nos dejó no sólo una gran obra sino un ejemplo de optimismo. Optimismo que incluso está presente después de la catástrofe, como en esos héroes anónimos que después de un terremoto siguen acomodando las pequeñas cositas de su casa destruida. En 1997 le pedí a María Esther Vázquez que lo entrevistara para El Mirador, una efímera revista literaria que yo dirigía. Bioy acababa de salir del CEMIC y estaba convaleciente. La atendió enfundado en una bata pero con una corbata de pintitas, contento de que un zorzal, desde uno de los árboles del parque, lo hubiera despertado, y sobre el final de la nota declaró: “Agradezco al destino, que me ha dado tantas cosas, muchas más de las que pude merecer”.