ENTREVISTA A PLINIO APULEYO MENDOZA
[ MARCELO GIOFFRE | 13-11-16 ]

 

 

Por Marcelo Gioffré - Para LA GACETA - Tucumán

Hablamos a las nueve de la mañana por teléfono y me dijo que prefería acercarse a mi hotel y hacer la nota allí, después del almuerzo. Al mediodía, se largó una de esas lluvias tropicales que amenazan con el fin del mundo y que tanto han inspirado a Gabriel García Márquez. Temí que no viniera, pensando sobre todo que es un hombre de 84 años. Llegó con diez minutos de retraso y se disculpó, echándole la culpa al famoso trancón, que no es ni más ni menos que el embotellamiento que sufren siempre las calles de Bogotá y que han llevado a implantar el sistema “Pico y placa”, por el cual los automóviles sólo pueden salir a la calle día por medio. Nos fuimos hacia el bar del hotel y a cada paso era interpelado por algún compatriota que quería saludarlo, felicitarlo por sus notas en el diario o, simplemente, darle la mano: no olvidemos que, además de ser un personaje legendario, autor de clásicos como El olor de la guayaba o Manual del perfecto idiota latinoamericano, fue el referente intelectual del “No” en el plebiscito que rechazó el acuerdo de paz con las FARC, e incluso algunos lo sindican como una suerte de oráculo del ex presidente Álvaro Uribe

– ¿En qué momento se jodió Colombia?

– Puedo decirle exactamente no sólo el día sino la hora y el lugar: fue el 9 de abril de 1948, a la una y cinco de la tarde, en la carrera 7ª casi con la avenida Giménez. Yo tenía 16 años pero ya había salido del colegio como bachiller y trabajaba en la oficina de mi padre. Me dijo: vete a almorzar a la casa que yo voy a almorzar con Jorge Eliécer Gaitán (candidato a la presidencia de Colombia para el período 1946-48). Pero una hermana mayor que también estaba ahí me dijo: no, para qué vamos a ir a la casa, mejor comamos aquí en el Monteblanco, que era un restaurante en un segundo piso con ventanas que daban justamente a la carrera 7ª, donde acababa de entrar mi padre. Y estábamos ahí y diez minutos más tarde oímos unos disparos. La carrera 7ª en esa época era peatonal, solamente había tranvías. La gente corrió hacia los cafés que quedaban al otro lado de la calle y vimos que cayó un hombre vestido de negro. Mi hermana gritó: mataron a mi papá. Yo bajé corriendo, me acordé de que mi padre tenía un vestido claro y cuando llegué dos policías tenían al asesino, y el hombre que había caído estaba tendido sobre el andén. Llegué corriendo y era Gaitán. Yo conocía mucho a Gaitán. Tenía la cara muy triste, algo que nunca más olvidé. Se le movían los párpados. Murió media hora después. Por cierto que el 10 de abril fue la primera vez que apareció mi nombre en un periódico, en El Tiempo, al lado del cuerpo del asesinado estaba el jovencito. En el colegio que yo había ido, que era de alto nivel social, a nadie le gustaba Gaitán, le decían el negro Gaitán, porque era un líder liberal de izquierda. Hubo un momento en que hubo un corte horizontal en la sociedad colombiana: la clase popular era toda gaitanista y la clase media alta no era para nada partidaria de Gaitán. Ahí se partió la historia de Colombia. Una de las pruebas de que antes era un país distinto es que a Gaitán nunca se le había ocurrido tener un guardaespaldas, un escolta, nunca. Iba por la calle caminando y saludaba a la gente. Tampoco mi padre, que había sido Ministro de Guerra y era senador. Nada, ningún temor. Fue la primera vez y tenía tanta popularidad Gaitán que la gente se sublevó inmediatamente. 

– ¿Esa muerte desató el “Bogotazo”?

– Inmediatamente. La acompañé a mi hermana, que estaba llorando, la subí a un tranvía que bajaba hacia nuestra casa y el chofer del tranvía me preguntó: “¿Qué pasó allá?” Le contesté: Mataron a Gaitán. Frenó en seco, bajó, botó la gorra al suelo, la pisó y dijo: Esta vaina no se mueve de aquí. Y la gente enloquecida, que no sabía qué hacer, empezó a asaltar las oficinas públicas. Arrojaban las máquinas de escribir por las ventanas. Y al día siguiente llegó la tropa que trajo el gobierno de afuera y comenzaron a disparar contra la gente. Hubo 4.000 muertos. Frente a mi casa, en el centro de Bogotá, muy cerca de un cine, esa noche hubo 19 cadáveres tendidos en la calle. A partir de entonces la violencia fue el factor determinante y a partir de ahí se dividió el país.

– La última elección mostró que la sociedad colombiana sigue muy dividida. 

– Todos queremos la paz pero el acuerdo abre concesiones a la guerrilla que son muy peligrosas y abre la puerta a una alternativa parecida a la de Venezuela. El gobierno cometió errores muy grandes: si hace un plebiscito es para preguntarle a la gente si acepta o rechaza el acuerdo, con lo cual se supone que el acuerdo se firma después del resultado popular, pero no cinco días antes firmar el acuerdo y convocar a los mandatarios de los otros países, eso es absurdo. Y luego, cuando uno mira ese documento de 297 páginas, uno encuentra cosas muy peligrosas, como una jurisdicción especial. 

– ¿Qué opina de las notas de Héctor Abad Faciolince y Mario Vargas Llosa a favor del “sí”?

– Algo divertido es que Abad Faciolince terminó votando por el “no”. Lo que pasa es que hay una visión doméstica, con los horrores, los atentados, secuestros, reclutamientos de niños, hechos típicos del terrorismo, pero hacia fuera el gobierno se encargó de presentar esto como si fuera una guerra civil, en pie de igualdad la guerrilla y el Estado. Aparte de la impunidad para los terroristas, que no habrá castigos, que eso podría ser aceptable, hay un capítulo que se llama “La justicia transicional”, y en ella la justicia colombiana es reemplazada por magistrados extranjeros con poderes absolutos, incluso para revisar casos terminados con absolución. Para responder lo de Vargas Llosa, hacia el exterior se ha planteado como el fin de un conflicto, sin ver más cosas que la paz o la guerra. 

– Vargas Llosa sostuvo en los diarios que Timochenko no puede llegar al poder, de modo que no existe el peligro de venezualización, porque en toda Latinoamérica el populismo está en retroceso.

–Hay una cantidad de beneficios para la guerrilla: sueldos, zonas de reclusión, curules sin necesidad de votos. Cuando uno mira el mapa de Colombia, hay que hacer una U para ver donde ganó el sí: zonas selváticas, costa del Pacífico, zona amazónica, llanuras de Arauca, donde la guerrilla es fuerte, donde aún tiene control de las zonas. Ahí la guerrilla manda en las comunidades indígenas y de afrodescendientes. La razón es especial: en esa zona se cultiva la coca y da mucho dinero, que lo maneja la guerrilla. Cuando llegué de Europa, después de veinte años en París, propuse al diario El Tiempo trabajar como reportero. Aceptaron y me puse a conocer las regiones más terribles de Colombia. Quise ir a un sitio que se llamaba Remolinos del Caguan, donde se llega por lancha, no hay carretera. Traté de alquilar una lancha hasta que un coronel me dijo: Lo siento, no puede alquilar la lancha porque o lo secuestran o lo matan. Fui entonces a hablar con el presidente Uribe y le dije: hay una zona dominada por el Frente 14 donde no pude llegar, se llama Remolinos del Caguan. Me dijo: Espera, ya llegaremos. A los cuatro meses me llamó Uribe y me dijo: Ya puedes ir, no hay más guerrilla allá. Me fui en un helicóptero militar y encontré un coronel desesperado que me atajó: No, aquí no hay guerrilla pero están sus agentes políticos, las milicias bolivarianas que dominan a la población. Ya no son las armas, ahora están las milicias bolivarianas que compran las fincas para cultivar la coca, y los campesinos reciben una suma grande por cosecharla, entonces están felices y le dan el apoyo. Volví, se lo dije a Uribe y nunca lo entendió. Sí, está el Ejército pero no puede hacer nada. Llegaban y le decían: quiero comprar su finca, y si el propietario rehusaba los guerrilleros le respondían Piénselo bien, si no nos va a tocar comprársela a la viuda..., pero le vamos a pagar muy bien y usted va a ser el administrador de la finca. Después fui a otras regiones y descubrí lo mismo, la guerrilla había cambiado la estrategia por influencia de Chávez, que tuvo relaciones con Alfonso Cano, jefe político de las FARC por entonces: ya no querían llegar al poder por la vía armada sino por la vía política. Aprovechando el descontento hacia los políticos había que ofrecerle prebendas y ventajas inmediatas a los campesinos. Y además infiltraron los sindicatos, las universidades y, lo que es peor, la Justicia.

– Si no hubiera acuerdo, porque la FARC no aceptara hacer más concesiones, ¿cuál sería la solución?

– No creo que la guerrilla vuelva al monte. Están muy golpeados. Y además muy cómodos en La Habana tomando mojitos. Pero, al mismo tiempo, tienen una alianza con el Gobierno después de seis años negociando. El Gobierno está contento con el acuerdo, y lo más que ofrece es ser el mensajero del “no”. Van a llevarle a la guerrilla las propuestas del no y la guerrilla no las va a aceptar.

– ¿Y entonces?

– No va a haber guerra. Van a hacer unos pequeños retoques cosméticos al acuerdo y lo van a pasar como proyecto de ley por el Congreso, donde el Gobierno tiene mayoría. Y así lo van a aprobar a libro cerrado. Y la guerrilla, que además de dominar zonas del país tiene mucho dinero, va a armar un partido de izquierda, con un candidato outsider, que intente capitalizar el descontento. 

– Se dice que Uribe lo que quiere es que, en la renegociación del acuerdo, se introduzca la posibilidad de reforma constitucional con reelección para él.

– No lo creo. 

La amistad con Gabo

– ¿Cuál fue su relación con García Márquez?

– Tuvimos una relación muy estrecha. Somos compadres, soy padrino de su hijo Rodrigo, el cineasta. La última vez que lo vi fue en Barcelona y me di cuenta de que la memoria inmediata estaba muy lesionada porque me preguntaba siempre lo mismo: ¿cuándo llegaste? ¿dónde estás alojado? Mercedes se sintió apenada y resolvió que almorzáramos Gabo y yo solos, porque ella tenía que ir a una peluquería, y ahí hablamos de recuerdos antiguos muy numerosos, en eso sí tenía la memoria intacta. Y cuando nos despedimos me dijo: Tienes que venir a México y nos tomamos unos vinos y tal. Y ya no pude verlo. Mercedes se sentía muy molesta porque no quería que viejos amigos vieran el deterioro de Gabo. 

– ¿Cuándo se conocieron?

– Yo tenía 15 años y él, 20, antes del “Bogotazo”. Un amigo que había sido compañero de él me lo presentó en un café y me pareció un personaje terrible. Éramos muy distintos porque yo soy bogotano, del altiplano, y él era costeño; a los bogotanos nos pusieron la corbata con el pañal, en cambio él venía vestido como un cantante de rumba. Se sentó a la mesa, pidió una cerveza y empezó a acosar a la camarera. Y ella le dijo que no la molestara. Entonces le puso la mano en el trasero y la camarera lo reprendió: Suelte. Y cuando la camarera se fue nos dijo: ¿Sabes lo que pasa? Debe tener la regla. Me pareció horrible. Cuando Gabo se fue el compañero me aclaró: Está en la universidad, es pésimo estudiante, no asiste, se la pasa metido en los burdeles, lo que sí es un buen cuentista pero no tiene porvenir alguno porque es un tipo muy desbaratado, es un caso perdido. Nos hicimos amigos unos años más tarde en París. Llegó ya convertido en un periodista muy conocido, había publicado algunos libros y ya venía más formal. Con otros amigos colombianos teníamos críticas que hacerle a La Hojarasca y nos reunimos con él, le dijimos que tenía excesiva influencia de Faulkner. Él nos miró y nos dijo: Eso no me lo han dicho en Colombia. Era un 24 de diciembre, estaba alojado en el Hotel de Flande, en la Rue Cujas, y yo vivía enfrente. Como él no conocía a nadie, le propuse que viniera a festejar con nosotros a la casa de un arquitecto colombiano. Y recuerdo que la esposa del anfitrión, que era una americana, me dijo: Plinio, ¿por qué trajiste un tipo tan horrible que apaga los cigarros con la suela del zapato? 

– ¿Cómo se consolidó la amistad?

– A los tres días nos hicimos amigos gracias a la nieve. Lo invité a comer a un restaurante y cuando salimos estaba todo nevado. Él nunca había visto la nieve. Todo el Boulevard Saint Michel estaba blanco, los árboles, los carros. Mierda, dijo. Y yo pensé: sí, puede ser amigo. Ya me cayó bien. Tuvimos una vida de muchos años con él pobre, no aceptaba que le prestáramos dinero, pero lo llevábamos a comer.

– Ese libro de García Márquez titulado De viaje por Europa del Este es más o menos de esa época. 

– Sí, hicimos el viaje juntos. Yo lo invité, fuimos en mi automóvil con una hermana mía. Íbamos a visitar a un amigo que estaba en Leipzig. Después de tres horas de discusión nos dejaron pasar por la frontera y comenzamos a ver imágenes sombrías, tristes, unas colas muy largas, afiches por todas partes, seguí manejando, no nos detuvimos en ningún pueblo, me acuerdo que él se había dormido al lado, paré el automóvil al amanecer para caminar un poco porque me estaba durmiendo, y él se bajó y me dijo: Oiga, maestro, soñé una cosa horrible: soñé que el comunismo no funciona. Y ese libro tiene todas las críticas a esos sistemas. En el libro a mí me puso como un periodista italiano y a mi hermana como una programadora indochina; lo hizo para protegernos. 

– ¿Cómo fue cuando él adhirió al castrismo?

– Compartíamos completamente nuestras vidas. Trabajábamos en Prensa Latina, éramos solidarios y amigos con un paisano suyo, Jorge Masetti, que era el director de Prensa Latina. ¿Qué pasó? Yo manejaba la agencia aquí en Bogotá y Gabo en Nueva York. Y a Masetti le molestó que hubiera un grupo de periodistas que pertenecían al Partido Comunista cubano que se reunían aparte. Entonces Masetti los despidió por conspiradores, pero el Ministerio de Trabajo, que estaba dominado por ellos, ordenó reengancharlos. Masetti presentó su renuncia convencido de que Fidel no la aceptaría. Me hizo ir a La Habana y le dije que creía que Fidel lo respaldaría. Los comunistas ocuparon todos los puestos directivos de la agencia y nombraron un nuevo director. Yo también renuncio, le dije, y Gabo estoy seguro de que también lo hará. Le propuse: hablemos con Dorticos. No me recibió pero sí un comisario que me dijo: ¿Sabes? A la revolución no se renuncia, el que renuncia es un contrarrevolucionario. Me fui entonces a Nueva York a ver a Gabo, cuando llegué él ya había renunciado también. No le mandaron dinero para regresar a Colombia, se tuvo que ir a México, pero ni siquiera tenía la plata suficiente de modo que llegó a Nueva Orleans, y yo, que regresé a Colombia, le mandé 150 dólares a poste restante para que pudiera llegar a México. Y durante muchos años, ya Gabo se hizo famoso, compartíamos las mismas inquietudes, pensábamos que la revolución se estaba desviando. Tiempo después, yo estaba a cargo de la revista Libre, donde escribían todos los escritores del boom, y sucedió el caso de Heberto Padilla. Lo detuvieron y Mario Vargas Llosa me dijo: Esto es algo que deben haber hecho a espaldas de Fidel, escribámosle una carta manifestando la inquietud. Comencé a buscar a Gabo pero él estaba visitando su tierra natal, andaba por Macondo. Entonces yo dije: Pongan la firma de Gabo, bajo mi responsabilidad. Y la carta salió así, con la firma de Gabo. Gabo no rectificó. Fidel nos trató muy mal, nos trató de escritores burgueses. Pero después Gabo me mandó una carta privada en la que me decía que él no quería firmar porque Padilla era un tipo conflictivo y tal. Entonces me tocó ir a Prensa Latina. El director era un brasileño. Le dije: Te voy a hacer un regalo del carajo, vas a saltar en una pata de alegría: Gabo no firmó. Pero no le echen la culpa ni a Vargas Llosa ni a Goytisolo, la culpa es mía. Y ahí fue donde Fidel Castro le puso el ojo, lo invitó y se hicieron muy amigos. Yo después le hacía chistes: Todavía andas con el barbucha ese. Y él me retrucaba: Tú te estás haciendo de derecha. Pero descubrí una cosa maravillosa, un truco, y es que cada vez que había que firmar una solicitada por algún preso siempre hacíamos un enlace con Gabo para que él hablara con Fidel y así pudiéramos salvar al prisionero, sacarlo fuera. 

Epílogo

– ¿Usted conoció a Perón?

– Yo dirigía una revista que se llamaba Élite, muy conocida en Venezuela. Hablé con el secretario de Perón en un hotel y como yo le hacía preguntas que él no podía responder me dijo: vamos a las fuentes. Me llevó a un apartamento cerca de la avenida Andrés Bello, en Madrid. Perón estaba en pantuflas. Y le hice una rápida entrevista pero, como no estaba preparado, quedé muy descontento. Entonces, como ya sabía adonde encontrarlo, al día siguiente volví y me llevé un fotógrafo, Leo Matiz. Le dije que quería completar la entrevista y aceptó. Le pregunté que qué opinaba de un peronismo sin Perón. Echó un discurso diciendo que sí, que él era partidario de eso. Pero lo divertido es que en un momento entró una mujer, que a mí no me vio porque el respaldar de mi silla era alto, y le dijo: Juan Domingo, no sacaste los perritos a la calle y se han hecho caca en la alfombra por tu culpa. Perón, que había quedado como un marido regañado, me dijo: La señorita Martínez, mi secretaria

– Para cerrarlo como empezamos, como en una aporía eleática, Juan Gabriel Vásquez recientemente sacó un libro que se llama La forma de las ruinas, donde insinúa la posibilidad de que, en el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán, haya habido un segundo tirador que nunca fue detenido. ¿Qué opina usted de esa posibilidad?

–No leí el libro. Pero puedo decirle algo: después del atentado un hombre salió del café, tomó al asesino, Roa Sierra, lo desarmó sin ninguna resistencia y se lo entregó a la policía. Algo muy extraño. Mi padre se murió diciendo que ese hombre, que se llamaba Pablo Potes, estaba involucrado, tenía que ver. Hace tres meses recibí un correo electrónico de alguien que me decía: Mire, mi padre era muy amigo de un tipo que se llamaba Potes, que estaba en la ruina y enfermo y que, antes de morir, le confesó que estaba muy arrepentido porque había tenido que ver en la muerte de Gaitán