INFORME SOBRE PORTEROS
[ Marcelo Gioffré | 5/11/2007 ]
Sabida es la simpatía por el kirchnerismo que profesa el sindicato de los porteros y, en especial, su mandamás, un señor cuyo apellido remite a extrañas santidades femeninas. A raíz de este entretejido amistoso, parece ser que han intervenido en las últimas elecciones con operaciones de limpieza de telegramas. Muchas personas, que habitualmente recibían las comunicaciones para presentarse como autoridades de mesa, esta vez no recibieron nada, con lo cual comenzó a rodar la sospecha de que los telegramas eran enviados pero los porteros, movidos por una indicación superior, los vampirizaban en las fauces arcanas de los incineradores. De ese modo, se habría facilitado la posibilidad de que muchos presidentes de mesa fueran ni más ni menos que adeptos al oficialismo: les bastaba con llegar temprano y, ante la ausencia previsible de quien no había sido notificado, ocupar el puesto, para luego ser negligentes frente a escruchantes con mochilas, o bien participar activamente en los recuentos amañados de sufragios. De modo tal que la culpa de que en la provincia de Buenos Aires el recuento haya arrojado 142.000 votantes más para presidente que para el resto de los cargos podría ser imputado a estos estoicos cuidadores de puertas, sin cuya bienhechora desmesura los electores habrían tenido boletas y los recuentos habrían sido guiados por humildes principios aritméticos. En la película La vida de los otros se observa la forma en que los intelectuales de la RDA eran espiados de modo constante por la policía secreta, la STASI. ¿Serán los porteros argentinos la nueva policía secreta que nos toque en los años venideros? Hay muchas señoras mayores que ya malician la catástrofe en ciernes y no abren las ventanas sino cuando les resulta absolutamente indispensable para purificar los ambientes. Lo mismo ocurre con los teléfonos, de cuya porosidad se ha comenzado a hablar en distintos corrillos: detrás de cada conversación estará agazapado el oído atento de cada portero, escuchando y tratando de detectar alguna confabulación contra el kirchnerismo o, quizás, identificando las tendencias políticas de los habitantes del edificio, o simplemente anotando al interlocutor del vecino espiado, para efectuar de inmediato las correspondientes denuncias o informes ante las autoridades competentes del cristinismo gobernante. Tales servicios serían, según insinúan fuentes claramente viperinas, beneficiados por alzas escalafonarias en las filas protogremiales. Les resultará fácil la tarea pues, como buenos reptiles, disponen de sótanos en los cuales hay cables telefónicos que distribuyen las comunicaciones a cada unidad, de modo que desde esas catacumbas secretas los porteros dominarán las urbes donde el voto les ha sido esquivo o, incluso podríamos decir, siguiendo al lenguaraz Alberto, francamente equivocado. Ahora entiendo por qué a algunos de mis porteros les veía miradas torvas, angustiosas y quizás reconcentradas. Estaban adiestrándose para ser buchones, soplones, espías, policías secretos. Desde luego que podrán saber a la perfección quién nos visita, quién entra o sale del edificio, con quién nos juntamos, a quién votamos, qué libros leemos, si estamos cortos de dinero o nos sobra, o si andamos comprándonos ropa nueva o emprendemos viajes. Llevarán sin duda un registro exhaustivo de nuestros movimientos. Toda esta información, sistematizada y volcada en categóricos legajos personales, permitirá sin duda al Estado de Bienestar Cristinista tener un adecuado control de todos los ademanes del disidente, de modo de no verse sorprendidos en momento alguno por actitudes imprevistas o conspirativas. El Estado, a través del sindicalista de nombre beatífico, y éste por medio de sus múltiples brazos armados, sabrá todo, como en un Gran Hermano global y monstruoso. Nada quedará fuera de la estricta vigilancia de los porteros. Así debe ser en un Estado de Bienestar, pues qué sentido tiene justificar la libertad de los zorros en el gallinero, como tantas veces se ha considerado, con impecable lógica socialista. De ahora en más los porteros serán los garantes de que no haya desviaciones burguesas y de que nadie pretenda insinuar distorsiones disolventes, que sólo harían hacernos perder el tiempo y desviarnos del éxito final del Cristinismo. El problema es que cuando pienso en porteros concretos, por ejemplo en el portero del edificio de la calle Junín donde vivía de joven, un morocho llamado Segundo, tan bueno como el pan, me resulta difícil mimetizarlo con la idea de un miserable alcahuete. Mucho menos cuando acude a mi mente la encargada de mi oficina, de cuya fidelidad no puedo dudar. Pero... no dudar podría ser mortal. “Si nos han hecho la trastada de los telegramas”, sintetizó un opositor de mil batallas, “vendrán otras, no te fíes”, y agregó: “Están poseídos”. Cuando le pregunté por quién, cometí un lapsus: la respuesta era una obviedad.