ESPÍRITU ARGENTINO
[ JULIO DOELLO | 9/11/2007 ]
Gorra al revés, pantalón a media pierna de turista en Miami, zapatillas de colores estruendosos y remera con el dibujo de la lengua afuera de los Rolling Stones en el pecho. Así lucía este morocho argentino que tiraba de su maltrecho carro cargado de cartones, por la Avenida José María Moreno, el miércoles 7 a eso de las 20,30 horas. Yo salía de un supermercado chino en el cual había hecho algunas compras y, como llovía, el cartonero había subido su carro a la vereda para resguardar su mercadería bajo la fronda de un árbol añoso que no alcanzaba a cubrir la pila de cartones que sobresalían por los costados del catafalco. Liu Song, el dueño del negocio que observaba los esfuerzos que hacía el hombre para salvaguardar su pequeño capital, se internó en el depósito y volvió con un plástico grande, que le ofreció con una sonrisa amplia.

El morocho argentino lo miró con cierto desprecio, agradeció con una frase entrecortada la ayuda que se le brindaba y comenzó a estirar la improvisada cubierta sobre los diarios, cartones y algunos otros elementos en desuso que había recogido a lo largo de la jornada y con cuya venta afrontaría sus necesidades del día. No se por qué me detuve a mirar la escena. Lo vi hacer esfuerzos para estirar el polietileno demasiado corto, que no alcanzaba a cubrir la montaña desordenada que se erigía desde el carro, y lo escuché mascullar una serie de maldiciones. Me acerqué con la intención de ayudarlo y me descerrajó a quemarropa:
-Qué chabones pelotudos son estos chinos. Con todos los plásticos que debe tener guardados y el miserable me da esta mierda que no me sirve para nada. Y encima le matamo el hambre a estos giles.

No me pareció prudente contestarle. Estaba enojado y sus yugulares inflamadas parecían dos anacondas enroscadas en su cuello cobrizo. Me dijo “gracias fiera”, con una sonrisa ladeada se acomodó un mechón de pelo negro empapado por la llovizna y se alejó, tironeando de su carro de buhonero en desgracia. Antes de perderse en la oscuridad, me levantó el pulgar con gesto cómplice y me gritó: ¡Aguante Cristina!

Me quedé con ganas de hablarle de Confucio, de Mao, del general Sun Tzu y de otros chinos relevantes. Camino a casa, me acometieron ideas deprimentes con referencia al espíritu argentino. ¿Cómo hacer, por ejemplo, para que nuestro morocho cartonero, sumido en una lucha conmovedora por llevarle comida a su familia, entienda que su calidad de argentino no lo autoriza a sentirse superior y descalificar a un congénere que esa noche de lluvia no se mojaba en las calles y podía compartir una comida caliente con su familia, trabajando a destajo en un supermercado a miles de kilómetros de su patria? No comprender que los gringos no son unos tipos que te roban, o bien giles que vienen a matarse el hambre y a rapiñarnos el trabajo, es parte de nuestra desgracia. Los grandes países han entendido que el proceso de globalización no alcanza solamente a lo económico y que el multiculturalismo es un proceso indetenible y enriquecedor, que dota a los países receptores de mano de obra de la posibilidad de superar la estrechez mental de los nacionalismos balcanizantes, madre de todos los escollos en nuestro intento de progreso como especie. El dilema evolutivo no implica el abandono de nuestra identidad cultural. Incorporar la visión de Lao Tsé a nuestra cosmovisión no va en detrimento de nuestro Martín Fierro, sino que completa y supera el pensamiento de Hernández, de Scalabrini Ortiz y de tanto otro argentino de ley que se atrincheró en el ser nacional cuando sintió lo foráneo como una amenaza, en otra realidad histórica y en otras circunstancias. Pero han ocurrido algunos fenómenos desde entonces y hoy surfeamos sobre la tercera ola que adelantó Alvin Toffler. Cualquier cosa puede hacerse con la realidad, menos ignorarla. La identidad cultural es un concepto dinámico y no una imagen estática que yace momificada en un socavón del tiempo. Depende de cada uno de nosotros enfrentar con valentía la retroalimentación que nos propone la posmodernidad sin dejar que se diluya nuestra esencia como Nación.

La muestra más estremecedora de ignominia institucional es fusionar ignorancia con racismo. Uno de los instrumentos que emplean nuestras agencias estatales para conseguir este resultado brutal es el déficit educacional.

Antes de llegar a casa, compré unos sahumerios para Lucía, mi hija, adicta al feng shui, quien está abocada al estudio de las Bases de Alberdi, porque rinde final de Constitucional I y no puede concentrarse si no siente aroma a sándalo. Este fin de semana volveré a ver Blade Runner, para no desactualizarme.