OTRO ROSARIAZO
[ Marcelo Gioffré | 25/5/2008 ]

Este 25 de Mayo de 2008, en Rosario, se produjo la manifestación más importante en contra de un gobierno democrático desde 1983. La pregunta es qué ocurrió para que, a sólo cuatro meses de un acto eleccionario ganado por los Kirchner, se haya operado semejante cambio en el humor social. ¿Puede ser que dos incrementos consecutivos en las retenciones de la soja (del 27 % subieron primero al 35 % y luego al 44 %) y la idea de que fueran móviles (es decir que aumentaran o bajaran siguiendo el precio del producto) haya modificado de cuajo la relación del pueblo con estos gobernantes?

Más que el aumento en sí lo que desempeñó un papel simbólico crucial fue que el gobierno, con estos cambios, “mostró la hilacha”. Estas modificaciones llegaron para anunciar que la tierra no es de sus dueños, sino básicamente del Estado, en la cosmovisión kirchnerista. Algunos dirigentes lo han señalado de modo explícito, por ejemplo Humberto Tumini. Otros como D’Elía sostienen que el Estado tiene derecho a apropiarse de la renta privada. Es la noción setentista de que la tierra es un derecho de propiedad relativo, sometido a limitaciones sociales. Adviértase que ni siquiera dicen a los productores agropecuarios que se quedarán con parte de su ganancia, sino lisa y llanamente de su facturación. No importa ya cuáles son los costos. No interesa si la actividad tiene utilidad. Se amputa una parte de lo que el dueño o arrendatario de la tierra produce. De cada barco que sale con mercadería casi la mitad se la queda el Estado central. La otra mitad debe cubrir los costos y si queda alguna utilidad aún deberán pagar el 35 % de impuesto a las ganancias. En esas condiciones, ¿qué es mejor, ser el empresario o ser el Estado parasitario? Por supuesto que no se garantiza, como contraprestación, que ante una mala cosecha el Estado saldrá a enjugar las pérdidas. Es decir que el Estado opera no ya como un socio en las ganancias, lo que en sí ya sería un escándalo, sino como un arrebatador callejero. Además, el argumento de la redistribución de la riqueza resulta a todas luces increíble, pues mientras aumentan las retenciones en paralelo aumenta la pobreza. Si por lo menos esos impuestos volvieran en caminos o infraestructura, vaya y pase, pero tampoco ese milagro ocurre.

En esas condiciones, el campo advirtió que el paso siguiente podría ser por ejemplo la expropiación de los fundos rurales a precios viles. ¿Qué limite tiene un Estado que se lanza con voracidad sobre el resultado del trabajo ajeno, más allá de los pretextos solidarios que invoca? En un mundo que abandona el colectivismo, Argentina –a contramano de la historia- lo adopta. En rigor, de aceptar el campo este tipo de retenciones, casi sería ridícula la expropiación, pues de quedarse el Estado con las tierras debería asumir riesgos que bajo este esquema de retenciones no tiene.

Pero, ¿qué vio el resto de la sociedad para salir enfurecida a reprobar a quien unos meses antes votó? La sociedad advirtió que quien sustrae a un sector casi la mitad de la facturación no tendrá reparos en seguir sobre otros rubros. Los argentinos, perplejos, se preguntaron cuándo vendrán por nosotros y, anonadados por la ferocidad fiscal de un gobierno cuya legitimidad de origen no impide hablar de ilegitimidad de ejercicio, salieron a la calle. No nos olvidemos que los turcos, alrededor de 1950, cuando quisieron deshacerse de los últimos armenios que quedaban, sólo implantaron un impuesto al patrimonio equivalente al valor de mercado de las propiedades que los armenios poseían. Siempre habrá justificaciones discursivas, aun para las mayores incurias.

El kirchnerismo subestimó al pueblo. Lo consideró tan manso que creyó que podría infligirle cualquier humillación, cualquier crueldad, sin recibir reacción. Los votos, para colmo, lo ensoberbecieron, lo hicieron creer que no le entraban las balas y que estaba provisto de un escudo impermeable a las críticas. Evidentemente se equivocó. El pueblo argentino, en una suerte de emergencia, en una epifanía, entendió que se había traspasado un límite y salió a defenderse, porque entrevió el peligro de que si dejaba pasar esta arbitrariedad quedaría desguarnecido ante un inquietante Leviatán doméstico. La pregunta es cómo sale el kirchnerismo de este laberinto en que voluntariamente se encerró, suponiendo que tenga voluntad de seguir gobernando. Ceder ahora implicaría una derrota que, desde su atalaya, vislumbran como políticamente intolerable; no ceder, implicaría, en cambio, no comprender que faltan más de tres años de mandato. Cristina está en una encrucijada, presa de la soberbia de los votos y el desmedido coraje de su marido. Tanto coraje con una dosis austera de talento suele terminar mal. Los Kirchner apuestan a desgastar a los productores y quizás lo logren. Lástima que en el medio estamos los argentinos.